martes, 8 de marzo de 2016

El castillo de Gripsholm


Los rescates editoriales conllevan, además de bondades, también numerosos peligros. Acantilado, que resucitó a numerosos autores europeos olvidados, en ocasiones parece tener ya que buscar entre los rincones nuevos títulos con los que llenar su catálogo.

Este 2016 ha recuperado El castillo de Gripsholm, de Kurt Tucholsky, publicada hace unos años por Nevsky, edición de la que misteriosamente no queda ni rastro. Tucholsky siguió el paso marcado por sus contemporáneos y toma como protagonista a una pareja que pasa sus vacaciones en un castillo en Suecia. El amante debe cumplir durante su viaje un encargo, escribir una novela ligera que reporte grandes ventas. Además, en las inmediaciones del castillo hay un internado femenino y en él una misteriosa alumna a la que los protagonistas desean proteger de su directora.

Peter y Lydia disfrutan de la banalidad y el dolce far niente. Beben, ríen, bailan, como en un verano eterno en el que no alcanzan a imaginar la hecatombe que provocará el nazismo. De esta trama que incorpora distintos giros, casi imposibles, siempre se ha resaltado la importancia del uso de los dialectos y de la sátira. No se puede acusar al traductor de no saber transmitir con fidelidad el espíritu de la novela, pero es cierto que lo que funciona en alemán en castellano empobrece el texto. La sátira, utilizada hasta la extenuación, perjudica el desarrollo de los personajes. No hay originalidad en la construcción ni en su planteamiento.

Tucholsky no está a la altura de otros autores puramente clásicos como Joseph Roth o Stefan Zweig y está lejos de la verdadera experimentación de Arno Schmidt o Robert Walser. La etiqueta de clásico se utiliza hoy en día peligrosamente.


El castillo de Gripsholm, Kurt Tucholsky
Traducción: Jorge Seca Gil

Acantilado, 2016

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