martes, 16 de febrero de 2016

La tierra de los abetos puntiagudos


La tierra de los abetos puntiagudos fue una de los primeros libros escritos por una mujer que retrataban a la vieja Nueva Inglaterra, que había sido vista hasta entonces como tierra de soldados, pescadores y comerciantes. Sarah Orne Jewett elige como protagonista a una mujer de mediana edad que es huésped en una casa de un pequeño pueblo de la costa de Maine. Durante ese verano, momento álgido de un estado que tras el otoño se recluye durante meses, la narradora no solo se deja embriagar por una naturaleza apabullante sino por unos lugareños que forman un microcosmos único.

En La tierra de los abetos puntiagudos no hay mensajes políticos o sociales tan marcados como en El despertar, de Kate Chopin, o en El papel pintado amarillo, de Charlotte Perkins Gilman. Pero sí hay mujeres fuertes, guardianas de las tradiciones, y, sobre todo, hay en sus páginas un delicioso retrato costumbrista. A través de breves encuentros con los distintos habitantes Orne Jewett recrea la moral imperante, las relaciones sociales, la soledad y el aislamiento en ese lugar recóndito y casi olvidado de la geografía estadounidense. Antiguos marinos que viajan con la imaginación, rudos pescadores que cuidan de sus casas y sus recuerdos con una delicadeza única, ancianas que disfrutan de sus últimos días sin prestar atención al qué dirán… son solo algunos de sus atractivos personajes.

La narradora, que se refugia en ese lugar para poder escribir en una vieja escuela que alquila durante su estancia, deja de lado su propia obra para sumergirse, con cierta poética, en una comunidad hermética. Una comunidad que recuerda a la de Moby Dick; no olvidemos que Melville fue otro habitante ilustre de Nueva Inglaterra.

Al igual que su contemporánea Louisa May Alcott, que compartió muchas de sus coordenadas vitales, Orne Jewett vio en sus vecinos y su estado natal la inspiración para su obra. Sobre todo deseaba convertir a esta protagonista en testigo de una forma de vida destinada a desaparecer y que luchaba por conservar al menos en algunos de sus libros.

Esta lectura se convierte en un delicioso paseo de casa en casa, de rincón en rincón, disfrutando de inigualables vistas. Cuando la narradora se aleja de la costa se percibe su dolorosa sensación de vacío.

Más de un siglo después Orne Jewett encontró en su amado Maine a su mejor sucesora, Elizabeth Strout, y los personajes de La tierra de los abetos puntiagudos a sus descendientes en los habitantes del pequeño pueblo pesquero en el que vivía la inolvidable Olive Kitteridge.

La tierra de los abetos puntiagudos, Sarah Orne Jewett
Traducción: Raquel G. Rojas
Dos Bigotes, 2015


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