miércoles, 17 de febrero de 2016

Las cosas que perdimos en el fuego



Debemos confesar que Jorge Herralde nos ha sorprendido gratamente en este 2016 con dos buenas apuestas por el apestado género del relato. A la espera de que Alfaguara publique Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, cuyas críticas entusiastas se cuentan por decenas, abrimos boca con dos volúmenes escritos por dos mujeres que tienen trayectoria y calidad suficientemente probadas. Sara Mesa, apenas un año después de la aparición de Cicatriz, ha publicado Mala letra. Mientras que de Argentina llega al fin una de sus escritoras más interesantes que no se había sumado todavía al desembarco iniciado por Schweblin, Harwicz y Selva Almada.

Las cosas que perdimos en el fuego parecía haberse convertido en un éxito fulgurante antes de su llegada a la mesa de novedades. Su venta a varios países y diferentes idiomas sorprendió hace meses, pero también causó cierto miedo.

Después de leer su convincente y distinta biografía sobre Silvina Ocampo, La hermana menor, publicada por la chilena Universidad Diego Portales, la edición de este volumen de cuentos era uno de los acontecimientos literarios más reseñables de este 2016. En él Enríquez confirma el interés de las autoras de su generación por temas inquietantes, terroríficos, que recuerdan en su atmósfera a ciertos relatos de Oates o de Shirley Jackson. Los temas y personajes elegidos en estos once relatos componen un interesante fresco de la historia de Argentina. En ellos hay espacio para, entre otros, la dictadura, la pobreza, el psicoanálisis y misterios de carretera. 

Enríquez construye escenarios vívidos y convence con las voces de los narradores y protagonistas. Juega acertadamente con la estructura de manera que agudice el terror o la impresión final del relato. Sin embargo, como es lógico, no todos los cuentos brillan de igual modo, pero consigue ofrecer, en un género en el que siempre existe el riesgo de que todo suene a repetición, distintas perspectivas del terror. 

Es un motivo de alegría que ya no haya que conseguir la obra de Enríquez casi de contrabando. El resultado global es ciertamente interesante y hace que el lector desee adentrarse más en su imaginario.

Acierta Enríquez al cerrar este volumen con el cuento que le da título. En él toma la terrible historia de tantas mujeres en Latinoamérica –y en otras partes del mundo- y le da una inquietante vuelta de tuerca. Una maquiavélica venganza después de miles de casos de mujeres devoradas por el fuego o el ácido. Este relato es una aguda y necesaria aproximación a un drama que precisa una solución urgente.

Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enríquez
Anagrama, 2016





martes, 16 de febrero de 2016

La tierra de los abetos puntiagudos


La tierra de los abetos puntiagudos fue una de los primeros libros escritos por una mujer que retrataban a la vieja Nueva Inglaterra, que había sido vista hasta entonces como tierra de soldados, pescadores y comerciantes. Sarah Orne Jewett elige como protagonista a una mujer de mediana edad que es huésped en una casa de un pequeño pueblo de la costa de Maine. Durante ese verano, momento álgido de un estado que tras el otoño se recluye durante meses, la narradora no solo se deja embriagar por una naturaleza apabullante sino por unos lugareños que forman un microcosmos único.

En La tierra de los abetos puntiagudos no hay mensajes políticos o sociales tan marcados como en El despertar, de Kate Chopin, o en El papel pintado amarillo, de Charlotte Perkins Gilman. Pero sí hay mujeres fuertes, guardianas de las tradiciones, y, sobre todo, hay en sus páginas un delicioso retrato costumbrista. A través de breves encuentros con los distintos habitantes Orne Jewett recrea la moral imperante, las relaciones sociales, la soledad y el aislamiento en ese lugar recóndito y casi olvidado de la geografía estadounidense. Antiguos marinos que viajan con la imaginación, rudos pescadores que cuidan de sus casas y sus recuerdos con una delicadeza única, ancianas que disfrutan de sus últimos días sin prestar atención al qué dirán… son solo algunos de sus atractivos personajes.

La narradora, que se refugia en ese lugar para poder escribir en una vieja escuela que alquila durante su estancia, deja de lado su propia obra para sumergirse, con cierta poética, en una comunidad hermética. Una comunidad que recuerda a la de Moby Dick; no olvidemos que Melville fue otro habitante ilustre de Nueva Inglaterra.

Al igual que su contemporánea Louisa May Alcott, que compartió muchas de sus coordenadas vitales, Orne Jewett vio en sus vecinos y su estado natal la inspiración para su obra. Sobre todo deseaba convertir a esta protagonista en testigo de una forma de vida destinada a desaparecer y que luchaba por conservar al menos en algunos de sus libros.

Esta lectura se convierte en un delicioso paseo de casa en casa, de rincón en rincón, disfrutando de inigualables vistas. Cuando la narradora se aleja de la costa se percibe su dolorosa sensación de vacío.

Más de un siglo después Orne Jewett encontró en su amado Maine a su mejor sucesora, Elizabeth Strout, y los personajes de La tierra de los abetos puntiagudos a sus descendientes en los habitantes del pequeño pueblo pesquero en el que vivía la inolvidable Olive Kitteridge.

La tierra de los abetos puntiagudos, Sarah Orne Jewett
Traducción: Raquel G. Rojas
Dos Bigotes, 2015