lunes, 30 de noviembre de 2015

Adormecer a los felices


Demipage cumple con el objetivo anunciado, sirve de vehículo para autores latinoamericanos que de otra manera no podrían llegar a España. Pero esta editorial redobla su arriesgada apuesta al elegir en ocasiones el ingrato género del relato.

La literatura peruana ocupa ya un lugar preferencial en su catálogo. A Carlos Yushimito y Richard Parra, se les suma Diego Trelles Paz, conocido en España por su novela policiaca Bioy, galardonada con el Premio de Novela Francisco Casavella y finalista del Rómulo Gallegos. En ella, al igual que sucede con este libro de cuentos, Trelles Paz, como otros autores del continente, elige no cerrar los ojos ante la violencia, generada bien por el régimen político o por los entresijos de una sociedad que es la constante perdedora desde hace demasiado tiempo. 

Trelles Paz centra además la acción de varios de ellos en el mundo literario. En sus páginas hay talleres de escritura, egos infinitos, mediocridad a raudales. Sorprende en positivo el retrato de varios popes de las letras. Pero al volver una y otra vez sobre las mismas reflexiones desgasta la fórmula que se convierte en un arma de doble filo.

Hace gala de un humor inteligente, necesario para analizar con una profundidad disimulada un país tan convulso. Pero es en sus relatos de exilio, en los que toma como protagonistas a extranjeros o que están situados en tierra de gringos, cuando redondea no solo las tramas sino el estilo.

En Sección surrealista en el Harry Ransom Center un vigilante nocturno de Texas descubre los libros y con ellos de paso la locura. Su mujer le repite que la lectura es blasfema y su mundo se tambalea. Este cuento borgiano confirma su agudeza y su capacidad para crear personajes llenos de humor y tristeza a partes iguales.

¿Cómo se encuentra hoy, Madame Arnaux? habla de una francesa entrada en años y en carnes que despliega los restos de sus encantos frente a un grupo de inmigrantes a quienes desprecia. A estos inmigrantes, al contrario que a los miembros del Boom, no se les permite delirios de grandeza, solo el síndrome de Ulises.

Trelles Paz logra en esta obra presentar un buen muestrario de sus armas como narrador, su variedad de registros. Sin embargo, la sensación que deja es de una cierta irregularidad. Habría acertado al deshacerse de varios relatos cojos.

Adormecer a los felices, Diego Trelles Paz
Demipage, 2015






jueves, 26 de noviembre de 2015

Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill.


Los decorados de cartón piedra de la sociedad estadounidense existían mucho antes de que unas anodinas letras adornaran las áridas colinas de Los Ángeles. Con objeto de subrayar su insólita y breve historia Estados Unidos multiplica las hazañas de los personajes de leyenda y esconde sus pecados y derrotas.

Hoy en día Buffalo Bill parece tan solo formar parte del imaginario infantil pero hace un siglo William Frederick Cody recorría el mundo con un irreal espectáculo, el Wild West Show, con el que deseaba perpetuar una fama ya en decadencia. Escenificaba pasadas batallas entre él mismo y los indios que fueron borrados de su territorio y de una historia oficial que habla sobre todo de motines de barcos y ceremonias de Acción de Gracias. Cody se acompañó en esas representaciones de algunos de los indios que sobrevivieron a sus ataques multiplicando de ese modo el esperpento. Todo valía para Buffalo Bill cuando se trataba de dar brillo a su mejor personaje, él mismo.

Pero Vuillard no solo se detiene en ese triste episodio sino que acompaña a Buffalo Bill hasta su verdadero declive, envejecido, trabajando para otros, cuando ya no le queda a nadie a quien contar anécdotas. Se pasa de la Exposición Universal a la barraca de feria, de las luces de neón al polvo de las calles sin asfaltar. Un ejemplo más de la desigualdad de esa sociedad.

Tristeza de la tierra ha sido aplaudida unánimemente en Francia que ha alabado que Vuillard haya podido no solo contar una historia tan “americana” sino hacerla universal. Con una prosa medida y precisión milimétrica narra los hechos pero al mismo tiempo potencia la melancolía y una sensación gélida de soledad. El ocaso de Buffalo Bill no se borra con los años, es un recordatorio de lo que se repite día tras día doloroso y necesario.


Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill, Éric Vuillard
Traducción: Regina López Muñoz
Errata Naturae, 2015



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Míster Witt en el Cantón


La revolución de rostro humano. El alma del pueblo hecha grito, hecha unión. La ira de cientos de hombres, que crece despacio, como sombra difusa e incierta, hasta que estalla y se hace clamor .

Ramón J. Sender, al igual que muchos de los «intelectuales comprometidos» de los años 30, tenía una idea fija: la Revolución. Los escritos de su primera etapa están marcados por la obsesión literaria por romper con el orden establecido. Una ruptura que es primero radical, como en O.P. y Siete domingos rojos, e incluso sangrienta, en La noche de las cien cabezas, pero que se humanizará después con Míster Witt en el Cantón. Como explica el profesor José María Jover, en su excepcional edición de esta novela, cobran mayor importancia la vida y a la dignidad humanas en un Sender que siente ya la proximidad de la violencia y la guerra.

Con la mirada puesta en el pasado pero proyectada hacia el futuro, el libro rescata uno de los episodios más originales de la Historia de España: la sublevación del Cantón de Cartagena entre 1873 y 1874. A partir de los hechos históricos, explora las razones de su éxito y su fracaso, al tiempo que bucea en el alma del pueblo sublevado. Y, de paso, recuerda que en la guerra cantonalista prestó su asistencia el primer buque hospital de la Cruz Roja. O que los revolucionarios se vieron obligados a izar una bandera turca por no tener otra de color rojo, pero que después -preciosa metáfora histórica- taparían con su sangre el blanco de la media luna y la estrella.

Por eso creo que, frente a lo que sugiere el título, el verdadero protagonista del libro no es Míster Witt sino el Cantón. El pueblo de Cartagena. Y de ahí que Sender alcance su mejor expresión cuando habla de los niños y los viejos que asoman por las calles encaladas; de las mujeres con ojos anegados de tracoma; de los marinos, obreros y presidiarios que conspiran en las fábricas o de las masas de desharrapados que arrastran, cansados, sus pies por el puerto.

Hay infinidad de personajes secundarios que son cuentos en sí mismos; miles de historias dentro de la Historia. Es insuperable la atmósfera de los burdeles, tabernas y fiestas populares. La descripción de la ira colectiva, del ideal revolucionario y la fuerza aglutinadora (cuasi erótica) del líder.
En medio de esta historia, míster Witt y su mujer, Milagritos, son, en realidad, actores secundarios. Su vida y sentimientos se entrelazan con la revolución que estalla en la calle. Él es decadencia y egoísmo. Ella, lozanía desbordante, juventud y generosidad.

Hay tantos libros dentro de Míster Witt en el Cantón que a veces es difícil abarcarlo en su conjunto. De la novela histórica pasa al relato psicológico, del reportaje a la lírica. Quizá sea éste su principal defecto: la excesiva ambición de su autor. Pero, así y todo, tiene demasiados momentos extraordinarios como para perdérselo.

Míster Witt en el Cantón ganó el Premio Nacional de Literatura en 1935, con un jurado en el que figuran nombres como los de Pío Baroja o Antonio Machado. Poco tiempo después, en abril de 1936, salieron a la venta 3.000 ejemplares. A los tres meses estallaba en España la Guerra Civil y el libro quedaría relegado al olvido. Muchos de sus pasajes quedaron como negras profecías de lo que habría de venir.

Hoy es difícil de encontrar. Descatalogado y vuelto a olvidar, hace falta rastrear en las librerías de viejo para dar con él. Pero la búsqueda merece la pena. Además, quién sabe si podremos contar en el futuro una nueva edición. Por si alguien recoge el guante -soñar siempre fue gratis-, aquí va un dato simbólico: hoy, 25 de noviembre de 2015, se cumplen 80 años de la fecha en que Ramón J. Sender terminó de escribir Míster Witt en el Cantón. Qué buena ocasión para recuperar este libro que es historia. Nuestra Historia.

MÍSTER WITT EN EL CANTÓN, de Ramón J. Sender

(Edición de José María Jover en Clásicos Castalia, 1987)


GEORGINA BARRIE 

jueves, 19 de noviembre de 2015

Paradoja del interventor


Cuando hoy en día se discute sobre las luchas que se libran para alcanzar el inestable trono de las letras españolas sorprende que “reputados” periodistas olviden a Gonzalo Hidalgo Bayal. Su nombre parece estar destinado a susurrarse como si se tratara de una contraseña entre lectores.

Tusquets, enfocada en perder el rumbo y en mimar a Grandes y Murakami, opaca títulos de primera fila de su catálogo. Varios de los libros de Hidalgo Bayal, editados hace no tantos años, son imposibles de encontrar y contribuyen a la idea de que este es un escritor de culto pero minoritario. Flaco favor le hace Tusquets a la literatura española contemporánea, que no está precisamente sobrada de talentos de esta talla.

En Paradoja del interventor Hidalgo Bayal vuelve al mundo que mejor conoce, al de esas ciudades de provincias en que pasa apenas nada. En Campo de amapolas blancas toma los recuerdos de una juventud que sueña con una vida llena de emociones. La ciudad se convierte en una suerte de trampa mortal en la que no compensa ni tachar días del calendario.

En esta novela un pasajero baja brevemente durante una parada en su trayecto. El tren parte sin él dejándole en esa agonizante estación sin dinero, documentos, sin tan siquiera un abrigo. Comienza a deambular por una ciudad sin nombre en la que ya no se detiene transporte alguno. Se convierte en espectador y, en ocasiones, protagonista de las anécdotas de varios de sus habitantes. Un afilador sordo, un barquillero vocacional, un camarero que hace continuas cabriolas con la bicicleta… Una insólita población de la que el pasajero acaba por convertirse en miembro destacado.

Una vez más Hidalgo Bayal hace un brillante despliegue de estilo. El lector se reencuentra con la riqueza de su prosa, poética, lacónica, poderosa siempre, que homenajea la riqueza del castellano. Pero no solo hay Castilla en este libro, Paradoja del interventor nos hace viajar también hasta Centroeuropa, a su literatura, a los libros de Kafka o de Hrabal. Una joya.

Paradoja del interventor, Gonzalo Hidalgo Bayal
Tusquets, 2006



lunes, 16 de noviembre de 2015

Vidas de santos


Antonio Lucas conjuga en este singular “santoral” sus dos facetas: la de poeta y la de periodista. La contra hace pensar en muertos que hicieron suya aquella frase atribuida erróneamente a James Dean: “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Aunque Lucas se detiene en las biografías de personajes tan conocidos como Rimbaud, Basquiat, Jayne Mansfield -otra rubia intelectual- o Sid Vicious, rescata también los semblantes de otros jóvenes con talento que murieron sin el reconocimiento merecido, “promesas quebradas” para Lucas.

Félix Francisco Casanova, autor precoz que parecía destinado a revolucionar a su manera el mundo de las letras se encuentra con Chusé Izuel, compañero del alma de Félix Romeo, a quien habló tras su suicidio en Amarillo, o con Marga Gil Roësset, que parece poco a poco desligarse de la sombra de Juan Ramón Jiménez para alcanzar la fama como escultora. Lucas une de esta manera, invisible y efectiva, distintos retratos. A Izuel lo relaciona con Annemarie Schwarzenbach y a ésta con Carson McCullers, formando un mapa que atrapa desde sus primeras páginas. Es inevitable tomar continuas notas para conocer, después de esas breves y potentes introducciones, la obra de cada uno de esos personajes.

Vidas de santos se divide además en Heterodoxas y Vidas revueltas. Heterodoxas selecciona un grupo de mujeres de rompe y rasga. En ella no podían faltar Gala Dalí o Billie Holiday, pero Lucas acierta al incluir a Anne Carson, y obviar a la sobreexpuesta Sylvia Plath, o al contar la historia de una trabajadora húngara de una fábrica suiza que escribía en francés llamada Agota Kristof.

En este volumen no solo se encuentra crónica o narrativa. Lucas no juzga a ninguno de los retratados y juega en sus páginas con dosis de poesía y datos. Pero donde brilla especialmente es en su última parte, Vidas revueltas, donde toma una galería de personajes fascinantes con los que tuvo contacto de primera mano. Es en ellos donde redondea el arte del retrato, casi pictórico, y el lector queda con ganas de conocer más ejemplos de seres “revueltos”. Fascina la filosofía vital del cantaor Manuel Agujetas, la singularidad del menos mediático de los Panero, Juan Luis, la libertad de la incombustible actriz Margarita Lozano o la gallardía del artista sin obra Isidoro Valcárcel Medina. Esta última parte hace único este libro y los voyeurs no pueden dejar de sentir más próximos a estos últimos retratados y también a Lucas, quien se convierte en testigo privilegiado de una historia no oficial de la cultura española.

Vidas de santos, Antonio Lucas
Círculo de Tiza, 2015