lunes, 26 de octubre de 2015

H de halcón


Tras la sacudida que produce una muerte en nuestro entorno llega el momento de tener que volver a aferrarnos a la vida. No se trata de reencontrar el norte o un nuevo propósito sino quizá de multiplicar la importancia de algo que ya estaba con nosotros y de esa manera rellenar un vacío que se hace insoportablemente doloroso.

No siempre es fácil encontrar ese asidero y menos lo es sentarse un día a relatar todo ese proceso. Con distancia, poniendo a raya a las lágrimas, desechando las mentiras.

Tras la muerte repentina de su padre Helen Macdonald se agarra con más fuerza si cabe a uno de los ejes de su vida. De niña sintió fascinación por la cetrería, un mundo masculino y centenario, y encontró en su padre, que buscaba el rastro de aviones por el cielo, su mejor aliado.

Helen compra una cría de azor para lograr adiestrarla, para preparar a ese ave de presa para un mundo del que ella misma desea alejarse. El reto hace que pueda paralizar el resto de su vida y que toda su energía se enfoque en hacer que la simbiosis entre Mabel y ella sea absolutamente perfecta. De algún modo reproduciendo la mágica relación que tenía con su padre que le enseñó, entre otras cosas, lo que era la paciencia.

El azor tenía muchas de las características que buscaba para ella misma: solitario e inmune al dolor del ser humano. Desde el primer encuentro entre ellas, en una suerte de episodio de contrabando, el lector aprecia la inmediata comunión entre Helen y Mabel y cómo desde entonces será el azor quien marque las pulsiones vitales de ambas. Su encierro con Mabel en su casa es también el reencuentro de ella misma con un mundo que ya no es como conocía hasta entonces. Los primeros vuelos fallidos parecen derrumbarla y cree ver en la ausencia de su padre la causa de sus repetidos errores. 

Especial atractivo tiene también la constante mención al escritor T.H. White y a su obra El azor. Tras las iniciales críticas sobre la manera de White de enfocar la cetrería Helen comprende no solo la singular relación de este con su ave de presa sino que entiende qué le llevó a cometer lo que para otros eran temeridades. Vio en él el mismo intento por encontrar en el adiestramiento de esos animales un refugio que le pusiera a salvo de sí mismo y de su propia vida.

Macdonald logra plasmar unas imágenes bellísimas con un manejo del lenguaje, de la cadencia, que solo logran los poetas. Incorpora términos de la cetrería que, a pesar de lo inicialmente temido, potencia la musicalidad de sus escenas. Esta arriesgada apuesta puede generar a priori cierto rechazo en muchos lectores pero si siguieran sus instintos perderían una de las obras más profundas y originales que se han publicado en los últimos tiempos. Entre tanto libro sobre duelo, entre tantos autores que se proclaman herederos de Joan Didion, esta rara joya da una lección magistral sobre muchos aspectos de la naturaleza y el ser humano.

Si otras culturas han visto en el azor un mensajero para otros mundos, Helen parece desear emprender el vuelo junto a su amada Mabel y traer a su padre de regreso.


H de halcón, Helen Macdonald
Traducción: Joan Eloi Roca
Ático de los libros, 2015





jueves, 22 de octubre de 2015

El Automóvil Club de Egipto


Tras una breve incursión por Estados Unidos, Alaa Al-Aswany recupera El Cairo como protagonista de un nuevo ejemplo de vidas cruzadas. Si en El edificio Yacobián convirtió en personajes a diferentes vecinos y logró plasmar un fresco vivo y bien acabado de la sociedad egipcia, en su último libro visita una institución mítica, el Automóvil Club de Egipto, en donde se entretenían el último rey, sus más fieles súbditos y los extranjeros que eran instigadores y cómplices de ese régimen autoritario y corrupto.

Al-Aswany reafirma su compromiso político no solo con el Egipto contemporáneo; desea descubrir ejemplos de compatriotas que fueron los precursores de los activistas que lideraron la Primavera Árabe. Al ingrediente revolucionario se le suma todo un abanico de distintas pasiones. Hay lugar para hombres que dejan de lado la vergüenza cuando descienden de clase social, mujeres solas que buscan la compañía de jóvenes, la ruptura con las tradiciones, primeros amores, envidias y traiciones. Al-Aswany no es un escritor de estilo y su valor reside en la construcción de la Historia con mayúsculas a través de vidas aparentemente secundarias.

Arranca esta novela con un breve “relato” sobre Karl Benz y el origen del automóvil, y con la extraña visita que cuenta haber recibido Al-Aswany de dos de sus protagonistas. Es tal vez este recurso el que hace que el lector titubee en las primeras páginas. Cuando las subtramas finalmente se sitúan logra perfilar con acierto sus personajes. Pero tras haber recuperado el pulso en el desarrollo del libro pareciera que deseara privar al lector de conocer el verdadero desenlace, precipita el cierre y deja  tras de sí una sensación de desconcierto.

Al-Aswany es sin duda una de las mentes más cabales en el país árabe pero su compromiso trasciende su vida personal y política e inunda cada una de sus libros. Muchos autores repiten siempre las mismas coordenadas geográficas e históricas pero esta reiteración crea duras comparaciones entre sus obras. Ojalá Al-Aswany recupere en su próxima novela su habitual tono narrativo que permita una narración más equilibrada.  


El Automóvil Club de Egipto, Alaa Al-Aswany
Traducción: Álvaro Abella Villar
Literatura Random House, 2015



miércoles, 21 de octubre de 2015

La saga de los Forsyte


Después de una larga ausencia Georgina Barrie vuelve a A Cubierta. Sofía Castellanos le da el relevo para que nos hable una vez más de un mundo que tan bien conoce: los clásicos. En esta ocasión, nos presenta a los hipnóticos Forsyte. No se lo pierdan: 



Lo maravilloso de las grandes sagas familiares, lo que las hace irrepetibles, es que con ellas se empieza abriendo un libro y se termina ganando experiencia. Habiendo vivido un poco más. Porque al final forman parte de nuestras vidas; son herencia que recibimos, acervo de historias que conservamos.

Es lo que sucede con La Saga de los Forsyte, una historia familiar que retrata íntimamente a la alta burguesía británica en el tránsito de los siglos XIX a XX y que le valió a su autor, John Galsworthy, el premio Nobel de literatura en 1932. El libro, que aburrió al Grupo Bloombsbury y fue desdeñado por Virginia Woolf, cayó en el olvido durante años, hasta que la historia fue rehabilitada por la BBC en una serie inolvidable que llenó la vida de los hogares ingleses en la década de los sesenta. Ahora lo recupera Reino de Cordelia para saldar la deuda que su ausencia había dejado en el panorama editorial español.

La Academia sueca dijo premiar a Galsworthy por "su depurada técnica en la narración, que cobra su mayor altura en 'La saga de los Forsyte'". Y es que, en efecto, la narración es casi perfecta en algunas partes de la novela, con una trama irresistible, imposible de dejar; unos diálogos llenos de ingenio y unas descripciones casi pictóricas del ambiente londinense de clubes privados, fiestas de sociedad, juzgados y salones victorianos.

Pero si hay algo que de verdad sobresale en esta saga son sus personajes. A Galsworthy le debió de pasar con los Forsyte lo mismo que a Miguel Ángel con su Moisés; uno se lo imagina gritándoles "¡hablad!, ¡vivid!". Porque lejos de los análisis estereotipados y académicos que suelen hacerse de esta novela, creo que lo más interesante, lo más conmovedor, es la evolución que experimenta el autor hacia sus personajes. Lo que empieza como crítica y caricatura ácida de una clase social, poco a poco se transforma en una intensa trama familiar en la que pasan a primer plano las personas, con sus virtudes y defectos, en una perfecta escala de grises tomada del natural. El juicio se suaviza y la mirada se tiñe de ternura hacia esos Forsyte de ojos grises y barbilla prominente; trabajadores, pragmáticos, conservadores y tan típicamente ingleses, que inevitablemente la ironía se transforma en burla cariñosa. Nadie refleja mejor esta evolución que Soames Forsyte, el "man of property", abogado, burgués, convencional, antipático casi siempre, pero que encorsetado en la tradición sufre, duda y es capaz de perder la cabeza de amor paternal.

Pero con La Saga de los Forsyte, John Galsworthy consigue además algo reservado a los grandes escritores: reflejar sutilmente el paso del tiempo. Sitúa la trama sobre un trasfondo político y social que va moviéndose con los personajes, lentamente y sin grandes sobresaltos. Las berlinas dan paso a los coches de caballos y a la luz eléctrica. Se suceden la Guerra de los Bóer, la muerte de la Reina Victoria y la Huelga General de 1926. Por entre las rendijas de la trama se filtra el ambiente de una moral social que se relaja con el fin de la era victoriana y la Primera Guerra Mundial, hasta transformarse por completo con los locos años 20. Sobrevuelan a los personajes las utopías políticas, el sufragismo y los últimos coletazos del imperialismo. Y no se esconden duras críticas a la cuestión social, la situación de la mujer o al sistema legal inglés que tan bien conocía Galsworthy, abogado de profesión. Especialmente intensa es su preocupación por el divorcio, donde describe agriamente el cinismo en el trato a la mujer y el artificio de unas trabas legales en cuya denuncia hay mucho de autobiográfico.

En fin, termino con una confidencia que ustedes me perdonarán. He leído este verano La Saga de los Forsyte, junto a su continuación, los tres libros que Galsworthy agrupó posteriormente bajo el título de Una comedia moderna (El Mono Blanco, La cuchara de plata y El canto del cisne, también traducidos al español por Reino de Cordelia). Cuando terminé le pasé los tomos a mi madre y desde entonces la miro con profunda envidia. Le quedan tantas horas de disfrute con esta auténtica obra maestra...

La saga de los Forsyte, John Galsworthy
Traducción: Susana Corral 
Reino de Cordelia, 2014


GEORGINA BARRIE 



viernes, 16 de octubre de 2015

Cita en Samarra



Muchos editores buscan hoy en día figuras de segunda fila que puedan ser presentadas como joyas olvidadas. Entre tanta novedad los lectores descuidamos autores no tan conocidos que ya están editados en España. Parecen no merecer nuestra atención si no están en los suplementos o en la mesa de los recién llegados.

John O’Hara escribió una de las novelas de debut más redondas de la literatura estadounidense. Apadrinado por Dorothy Parker y reverenciado por Hemingway y Scott Fitzgerald en Cita en Samarra creó un protagonista poderosísimo e insólito para la época.

En apenas 48 horas Julian English, niño bien del club de campo de Gibbsville, concluye su particular proceso de autodestrucción. En una fiesta de Navidad English, ejemplo de la mejor tradición wasp, arroja un vaso de whisky al nuevo rico local con quien cada una de las familias tradicionales parece estar en deuda. A la mañana siguiente despierta pensando que sus actos no tienen consecuencias y antes de que siquiera pueda plantearse pedir perdón el pueblo entero ya ha dictado sentencia. Julian aprovecha su condena para hacer tambalear los cimientos de su hogar y de la alta sociedad.

En esta novela situada casi al principio de la Gran Depresión hay lugar hasta para la mafia y amas de casa sexualmente activas, que causaron más de una crítica al mordaz e irreverente O’Hara, quien buscaba de esta manera vengarse y romper con su pueblo natal.

El gran Gatsby tiene un punto ñoño si se la compara con Cita en Samarra. Su impecable despliegue de estilo casa a la perfección con la trama, avanzada a su tiempo y crítica con toda la sociedad americana. O’Hara, vividor y periodista sin éxito que escribió más de cien artículos para The New Yorker, merece un lugar privilegiado en las letras estadounidenses. Cita en Samarra es más que un clásico, es una novela valiente, rompedora, con una calidad sorprendente.

Cita en Samarra, John O’Hara
Traducción: Miguel Temprano García
DeBolsillo, 2010





lunes, 12 de octubre de 2015

El reverso de los demás


Kaouther Adimi regresa al mundo de las azoteas, de las pequeñas tiendas, de las ventanas, que hace décadas descubrió Naguib Mahfuz al mundo occidental. El Cairo es sustituido por Argel, ciudad agresivamente blanca a la que sus propios habitantes ya no encuentran encanto alguno, quienes tan solo sueñan con viajes en barco que les alejen de ese lado del Mediterráneo.

La columna vertebral de este breve libro son tres hermanos que viven sus particulares catarsis aislados unos de otros pero encerrados en los mismos escasos metros cuadrados. Cada uno de los tres presenta una faceta distinta de la conflictiva Argelia. La envidia y la eterna crítica de los vecinos del barrio son el fiel reflejo de la incomprensión de un país entero.

Adimi centra cada uno de los capítulos en distintos personajes. Jóvenes descarriados, hijas únicas que prefieren las fantasías a los dramas de sus padres, hombres enloquecidos por amar demasiado, madres con tiránicas esperanzas puestas sobre sus vástagos.

Con una prosa limpia, honesta, que redondea en casi cada uno de estos cortos apuntes biográficos, Adimi presenta un durísimo retrato de un país del que nadie espera ya demasiado. Huye de profusas descripciones de paisajes o costumbres y, aun así, consigue sumergir al lector en un barrio argelino sin que este necesite conocer el olor de las calles o el aspecto de los edificios. Logra contar de manera profunda y contenida una sólida historia hecha de dolorosos retales. 

Sorprende esta primera novela de una joven de apenas treinta años que demuestra no haber olvidado sus raíces una vez que ella misma pudo encontrar el soñado camino a Francia. Las soledades, los desencuentros, las revoluciones personales permiten descubrir la Argelia de este siglo pero los habitantes de otros países pueden también reconocerse y encontrar en ella su sitio.


El reverso de los demás, Kaouther Adimi
Traducción: Aloma Rodríguez

Xordica, 2015