jueves, 27 de agosto de 2015

La virtud de Checchina


El adulterio siempre ha sido terreno fértil para la literatura. Effi Briest, Ana Ozores, Anna Karénina o Emma Bovary son algunas de las grandes protagonistas de la historia de la narrativa. La moral pacata de la sociedad vilipendiaba a mujeres que parecían perseguidas sobre todo por su mala suerte. Los vecinos ya las señalaban antes siquiera de que ideas perversas cruzaran sus cabezas.

Matilde Serao mediante una prosa sobria, como el hogar en el que languidece Checchina, hilvana con un cuidado exquisito una historia que en apenas cien páginas sobresale sobre otros libros con más páginas y artificios. Serao construye una protagonista de una gran viveza con la que el lector enseguida empatiza y quien desea que Checchina pueda culminar su aventura amorosa.

El inicio de esta breve novela, publicada por entregas a finales del siglo XIX en Domenica Litteraria, presenta a la servil y sumisa Checchina cuya vida gira en torno a los malabares que ha de realizar cada día con el dinero que a regañadientes le da cada mañana su avaro marido, un médico romano gris y mediocre.

La tentación llega a su hogar en forma de un aristócrata que parece jugar a las conquistas. En su angustioso intento por acudir a la cita en un lujoso apartamento la tentación no es el amante experimentado sino el mundo que se esconde lejos de su humilde casa y de la vigilancia de su marido y de su criada. A Checchina no se le permite siquiera soñar; las novelas pertenecen a un universo pecaminoso y banal.

Las austeras descripciones de Serao potencian la profundidad y melancolía de La virtud de Checchina y la convierten no solo en el testimonio de una aprendiz de adúltera sino en el certero retrato de un ama de casa abnegada que vive convencida que el joie de vivre no se detendrá nunca junto a su ventana. Un acierto por parte de Ardicia haber recuperado esta pequeña joya italiana.

La virtud de Checchina, Matilde Serao
Traducción: Pepa Linares
Ardicia, 2015






lunes, 10 de agosto de 2015

La pecera


La lenta y suicida caída de un alcohólico aleja casi siempre a los más intrépidos voyeurs. Esta rendición ante la fuerza de la gravedad es un incómodo recordatorio de nuestra fragilidad. Juan Gracia Armendáriz se enfrenta en cuatrocientas páginas a la autodestrucción de Miguel Quer, profesor universitario, amante de Ana y esclavo del alcohol. Y el resultado es francamente sorprendente.

Esa difícil y asfixiante convivencia con la autodestrucción del protagonista podría haber agotado al lector tras una continua repetición de peleas y borracheras. Pero el principal aliado de esta novela es la calidad de la prosa de Gracia Armendáriz que convierte esta involuntaria confesión en un ejercicio narrativo de un gran nivel. Su sobriedad no resta potencia a los ecos poéticos de su prosa. El lector confirma que Gracia Armendáriz es uno de los pocos escritores que puede adentrarse en una trama de semejante dureza y hacer al mismo tiempo un impecable despliegue de estilo.

Gracia Armendáriz desnuda a Miguel Quer y pone de manifiesto la crueldad del ser humano. Quer no solo arrasa con su rutina sino con el que parecía ser el gran amor de su vida: la literatura. Al flotar sus órganos en alcohol la condena a ser expulsada de su existencia. Desea desenmascarar esa gran mentira ante sus alumnos, desmitifica a los escritores que en el pasado hicieron de su alcoholismo marca de su propia obra e idea movimientos subversivos hilarantes que atacarían sin piedad el negocio editorial y a sus secuaces.

La historia de amor y destrucción con Ana ejemplifica la distancia que toman dos cuerpos que chocan con todo el impulso del que son capaces en lo que creen es el lugar más profundo de su perdición. 

El acertado diseño de la trama y el pulso narrativo redondean La pecera y la aleja a años de luz de las novelas que tan solo recogen los delirios y la verborrea sinsentido de un borracho. Un personaje incómodo que lleva de la mano al lector a su pecera y le ordena que se convierta, sin lástima por su parte, en su atónito y privilegiado espectador.


La pecera, Juan Gracia Armendáriz
Demipage, 2015