jueves, 30 de julio de 2015

Niebla al mediodía


Los silencios y los diálogos con la propia conciencia son siempre una parte esencial de las novelas de Tomás González, pero los paisajes adquieren también, desde la maravillosa Primero estaba el mar, un papel protagonista. Y es que González concentra en frases breves y potentes la fuerza de una narrativa torrencial.

En novelas que rara vez superan las doscientas páginas crea tramas de una hondura y melancolía inigualables. La soledad, el duelo y, por qué no, el misterio se apoderan de sus personajes llenos de aristas.

En Niebla al mediodía las voces de cuatro personajes recrean el pasado y la desaparición de Julia, eterna niña bien bogotana y poeta egocéntrica. Raúl, arquitecto de la naturaleza, recuerda su idilio. Su amiga Aleja, monitora de yoga, deja entrever una vida en común llena de amor y odio a partes iguales.  Raquel, hermana de Raúl, trae a estas páginas la gélida e implacable Nueva York en la que Tomás González vivió muchos años. La propia Julia, desde el más allá, que puede ser la muerte o cualquier rincón olvidado del inmenso territorio colombiano, entona su canto a su propia muerte.

González brilla una vez más en la construcción de sus personajes. Creando con sus virtudes, defectos, logros y fracasos el retrato de una parte de la sociedad que vive alejada de una realidad que ni tan siquiera cree posible. El qué dirán, la importancia de los apellidos y los orígenes y la desconfianza que se siente hacia los que desean ir por libre.

En Niebla al mediodía juega un importantísimo papel la apabullante naturaleza colombiana. Las lluvias torrenciales que azotan muchas de sus regiones como si de un castigo divino se tratase. La asfixiante humedad crea una atmósfera fantasmagórica. El eterno cielo gris de Bogotá ahoga a sus habitantes que solo pueden vivir en barrios que son en realidad pueblos que rechazan a los forasteros. 

El estilo de Tomás González no admite comparaciones ni que se le obligue a formar parte de clasificaciones. La importancia del silencio atraviesa toda su obra. Sin ruido González se ha convertido hoy en día en uno de los mejores escritores latinoamericanos. Sin ruido escribe obras que, a pesar de su aparente sencillez y brevedad, dejan sin aliento a los lectores.

Niebla al mediodía es un ejemplo más de la maestría de González. Tal vez no esté a la altura de Primero estaba el mar o La luz difícil, pero cualquier texto de González es un feliz acontecimiento y una clara demostración de su permanente búsqueda de lo preciso, lo perfecto.


Niebla al mediodía, Tomás González

Alfaguara, 2015

jueves, 23 de julio de 2015

Viajes con Charley en busca de Estados Unidos


La lucidez de John Steinbeck no solo se demuestra en el terreno de la ficción. El viaje en busca de los descendientes de Tom Joad fue el inmejorable retrato de todo un país. Casi veinticinco años después de la publicación de Las uvas de la ira Steinbeck quiso reencontrarse con Estados Unidos, deseaba comprobar con sus propios ojos si se había formando finalmente una única nación o si era la mera y casual confluencia de distintos estados.

El autor californiano compró una roulotte y, entendiendo la magnitud e imprevisibilidad de su viaje, se lanzó a la carretera con decenas de libros, papel, alcohol para las visitas y las noches solitarias y, sobre todo, con la fiel compañía de su perro, Charley.

Steinbeck no solo admiró el majestuoso y cambiante paisaje de cada estado, desde llanuras infinitas y pronunciadas montañas hasta costas escarpadas. Los grandes protagonistas de este delicioso libro son sus conciudadanos, los habitantes de la patricia y europea Nueva Inglaterra, los ricos y orgullosos texanos, los primeros habitantes californianos -muchos de ellos descendientes de los okies- los sureños, que a principios de los años sesenta se resistían al cambio.

Steinbeck transmite un profundo amor y respeto por la naturaleza, por la magnificencia de un país recientemente poblado. Observa con agudeza y preocupación el desarrollo sin sentido de las ciudades, la pérdidas de ciertas características de cada uno de los estados. Y habla de un pensamiento único transmitido por medio de la televisión.

Es especialmente interesante su reflexión sobre el sentimiento nómada de los estadounidenses que encuentra su apogeo en el fenómeno de las casas sobre ruedas, que en las siguientes décadas se convertirían en el símbolo de la clase baja y analfabeta, los white trash que sobreviven aún hoy con pocos dólares y sin asistencia médica.

Su regreso a su pueblo natal, Salinas, cercano a San Francisco, descubre los orígenes de un chico humilde que creció junto a negros e hispanos y que se reencuentra con un inmenso territorio tomado por gente que sufrió por encontrar el inexistente El Dorado.

Su paso por Texas se convierte en una divertida y agudísima visita que hace que el lector intuya la complejidad de ese estado, el que ha defendido con más ahínco su derecho a la independencia.

En la última parte de su viaje se detiene en Nueva Orleans para observar como unas diabólicas sureñas gritan a una niña negra que tan solo desea ir a la escuela con compañeros blancos. Luisana parecía desconocer la existencia de la icónica sentencia del Tribunal Supremo, Brown vs. Board of Education, que en 1954 declaró la inconstitucionalidad de las escuelas segregadas. La experiencia de Steinbeck en esas escasas horas en Nueva Orleans le deja noqueado y, aunque sabe que la igualdad tardará en llegar, le preocupan los medios utilizados.

Steinbeck hace despliegue de un estupendo sentido del humor y convierte a Charley en un inolvidable compañero. Pero, sobre todo, le confirma como una de las voces más lúcidas de su generación. Qué necesario sería que Steinbeck pudiera emprender hoy una segunda parte de ese viaje.


Viajes con Charley en busca de Estados Unidos, John Steinbeck
Traducción: José Manuel Álvarez Flórez
Nórdica, 2014









domingo, 19 de julio de 2015

Cuando Kafka hacía furor


Después de que París intentara sobrevivir en la posguerra y que apenas quedara rastro en sus calles de la bohemia, Nueva York tomó el relevo y estuvo dispuesta a adoptar a una nueva generación. Los hipsters, padres involuntarios de los beats, hicieron del Village el centro de su nuevo mundo.

Experimentaban con la sexualidad, las drogas y la poesía a ritmo de jazz. La New School for Social Research, con personajes como Erich Fromm a la cabeza, recondujo el pensamiento de muchos de esos chicos que llegaron a la gran ciudad ávidos de emociones pero absolutamente desorientados.

Anatole Broyard, crítico literario icónico de The New York Times, cuenta varios episodios de su vida después de la guerra. Broyard demuestra en estas memorias fragmentadas que es sin duda un gran narrador. Su relato de su romance con la polifacética Sheri Donatti, protegida de Anaïs Nin, es apasionante. Hace gala de una gran lucidez además de un agudo sentido del humor.

Broyard conoce el pulso de las buenas historias y logra cautivar al lector sin ser él uno de los grandes líderes de ese nuevo movimiento generacional. Sus encuentros con Nin y Dylan Thomas son hilarantes y dan cuenta de la superficialidad que existía entre los que se definían como intelectuales.

Brilla especialmente en la descripción de los últimos días de un amigo poeta, que habla de la fugacidad de la vida, de la importancia de las apariencias. Es esa historia la que cuenta las verdades que todos ocultan, los fracasos y las mentiras.

Por culpa del cáncer Broyard dejó estas memorias inacabadas y es por ello que se disculpa la pérdida de ritmo en su última parte. Su despertar sexual –y el de sus contemporáneos-, aunque con apuntes interesantes, sale perdiendo en la comparación global. Retrato del hipster, texto publicado por Broyard en Partisan Review en 1948, es un añadido que hace que el final deje un agridulce sabor de boca. Su plan inicial era concluir sus memorias juveniles con la muerte de su padre. Sin duda habría sido muy interesante ver cómo evolucionó ese joven que solo pensaba en vivir el hoy en la nueva capital del planeta.

Pero el cáncer que condenó a este libro a permanecer inacabado permitió que Broyard escribiera la que dicen es su mejor herencia: Ebrio de enfermedad, también publicada por La uña rota.

Cuando Kafka hacía furor, Anatole Broyard
Traducción: Catalina Martínez Muñoz

La uña rota, 2015

jueves, 16 de julio de 2015

Tantos días felices


Los editores conocen qué palabras han de manejar para hacer magia y atraer la atención del lector. Las contras son anuncios en las que se cuentan las mil y una maravillas, reales o no, de un libro, y las reseñas son el mejor ejemplo de la aguda customización que llevan a cabo las editoriales. En ellas "prestigiosos periódicos" eligen cada semana “clásicos contemporáneos” sin que el lector lleve la cuenta de las repeticiones incumplidas de esas mismas promesas.

Laurie Colwyn dice describir en Tantos días felices un Nueva York que bebe del mejor Woody Allen, de Anne Beattie o Paula Fox. La trama habla de dos parejas, perfecto ejemplo de la clase patricia de Nueva Inglaterra. Pero para aquellos descreídos que desconfíen de la perfección wasp Colwyn asegura dar rienda suelta a un humor mordaz.

Las andanzas de dos primos de clase alta y su lucha por encontrar la felicidad conyugal son una mala copia de otros tantos matrimonios retratados innumerables veces en los textos de The New Yorker. Tantos días felices es un libro ramplón con poca calidad literaria. Colwyn carece de la profundidad de Fox ni de la agudeza generacional de Beattie. Tampoco se encuentra en sus páginas el humor más original e inteligente de Allen. Tan solo una de las cuatro personajes –y un par de secundarios- arrancan alguna sonrisa. Extrañamente son aquellos ajenos al mundo del Upper East Side. Esos breves lapsos en una trama manida no compensan una lectura que deja mucho que desear.

Los diez años cumplidos por Libros del Asteroide deberían servir no solo para celebrar los logros conseguidos sino también para hacer balance de lo que se debe evitar. La recuperación de Chaves Nogales, de Robertson Davies, de William Maxwell, de Miklós Bánnfy, incluso de Nancy Mitford, desluce al lado de otras obras de segunda fila. Postales de invierno, de Ann Beattie, no merece compartir catálogo con esta irregular imitadora. Un diseño cuidado y un fondo interesante no permite publicar cualquier libro que se haya llevado un breve aplauso de The New York Times.

Tantos días felices, Laurie Colwyn
Traducción: Marta Alcaraz

Libros del Asteroide, 2015

domingo, 5 de julio de 2015

Los viernes en Enrico's


La magistral Dura la lluvia que cae deja al lector extasiado ante un texto de una dureza y profundidad inusitadas. Ese embrujamiento puede hacer dudar a la hora de empezar Los viernes en Enrico’s ya que los reencuentros decepcionantes hacen tambalear el recuerdo de novelas casi perfectas.

¿Encontramos en este libro terminado por Jonathan Lethem al mejor Don Carpenter? La respuesta es rotundamente sí. Estas páginas guardan no solo la calidad de la prosa limpia y contundente de Carpenter sino un retrato parcial de su vida y de la de una generación que hubo de sobrevivir al margen de la atención de los medios de comunicación y de sesudos estudios universitarios. 

Carpenter, sin necesidad de artificios, teje un impecable vidas cruzadas con Oregón y San Francisco como telón de fondo. Las primeras páginas, que presentan sin mayor dilación a dos de sus principales personajes, agarran al lector que, desde entonces, desea conocer de manera inmediata el destino de esos aprendices de escritores.

Charlie, un antiguo combatiente en la guerra de Corea, conoce a Jaime, niña bien pequeñoburguesa en una clase de escritura creativa. Un embarazo no planeado liga sus destinos personales y creativos. En torno a la pareja surgen unos secundarios espléndidos, entre los que destaca Stan, un ladrón que sueña con convertirse en autor de novelas pulp que ha de memorizar los pasajes de estas mientras cumple condena en prisión.

En Los viernes en Enrico’s hay manuscritos inacabados y constantemente rechazados, planes de vida incumplidos, envidias, amores imposibles y otros que se resquebrajan a medida que se celebran aniversarios. No hay ascensos fulgurantes ni el glamour del escritor atormentado. El talento innato de unos se enfrenta sin descanso a la disciplina de otros.

Los personajes son un absoluto acierto; recuerdan la dureza y la inconsciencia de la juventud y cómo el paso del tiempo dulcifica hasta los más duros recuerdos. Tal vez Los viernes en Enrico’s no vaya convertirse en un clásico, pero este retrato de un grupo de escritores que buscan su propio lugar alejados de la sombra de los beats logra una lectura absorbente y compulsiva. Es sin duda uno de los libros del año.


Los viernes en Enrico’s, Don Carpenter (terminada por Jonathan Lethem)
Traducción: Javier Guerrero

Sexto Piso, 2015