jueves, 25 de junio de 2015

Invitación al baile


Aún perviven los prejuicios hacia escritoras como las hermanas Brontë, Jane Austen o George Eliot. Parece difícil creer que la magnífica Middlemarch pueda despertar algún tipo de recelo. A pesar que ciertos autores, como hizo Virginia Woolf en Un cuarto propio, han reconocido su papel protagónico dentro de la emancipación de la literatura femenina, muchas de sus novelas, y las de sus sucesoras, son contempladas con altanería, con desdén, como si hablaran de realidades huecas y describieran mundos ya inexistentes. Ven tan solo vestidos de fiesta, juegos de té y domingos de sacristía, y olvidan a las mujeres que, escondidas hasta entonces, luchaban por ser parte, cada una a su manera, de la vida real y masculina.

Rosamond Lehmann, quien recuerda tangencialmente a Elizabeth von Arnim, elige como inicio de Invitación al baile una escena tantas veces retratada en la narrativa inglesa. Olivia, la hija mediana de una familia burguesa, celebra con cierta angustia un año más de su adolescencia. Las comparaciones con su hermana mayor, Kate, son inevitables. Los años solo agudizan las diferencias entre esas dos hermanas tan dispares aunque ambas comparten la emoción y el nerviosismo por la fiesta organizada por unos aristócratas de la comarca. A medida que construye su yo adulto, Olivia no solo conoce sus propias inseguridades sino que también parece ver por primera vez la realidad de las vidas no tan perfectas de los que la rodean.

Los preparativos para la fiesta, aunque narrados por Lehmann con buen pulso, se convierten inevitablemente en una suerte de déjà vu. Pero es en esa gran noche, que las hermanas esperan con tantas ganas, cuando la novela adquiere su valor, cuando gana en autenticidad. Olivia y Kate toman caminos distintos; una, en busca del perfecto candidato, y la otra, dedica esa noche a sostener breves encuentros con todo tipo de personajes: una pareja de baile aburrida y estirada, un joven poeta rebelde algo acomplejado, un antiguo soldado que ha quedado ciego, un anciano con oscuras pretensiones, el atractivo hermano de la anfitriona con el que comparte la deseada soledad en medio de esa fiesta…

Lehmann hace no solo un certero retrato de la sociedad de esa época sino del final de una forma de vida. Pronto se acabaría la opulencia y muchas mujeres como ella pasarían a trabajar en las fábricas en plena guerra. Son los encuentros con esos espléndidamente bien construidos secundarios los que dotan de una encantadora modernidad a esta novela aparentemente clásica. Una trama que, in crescendo, da una vuelta de tuerca al género y que deja de lado toda frivolidad para crear una protagonista digna de cualquier buena bildungsroman.


*Una vez más hay que destacar la impecable traducción de Regina López Muñoz.


Invitación al baile, Rosamond Lehmann
Traducción: Regina López Muñoz
Errata Naturae, 2015


viernes, 19 de junio de 2015

El coleccionista


Pocas veces son las grandes editoriales las que dan con autores casi vírgenes, con aquellos que acaban de asomar la cabeza en el mundo literario. Pocas veces se atreven a apostar todo a un talento prometedor pero también presumiblemente inmaduro. Uno querría pensar que la seguridad que les proporcionan sus holgados prepuestos les permitiría tomar ciertos riesgos, concederse caprichos irresistibles para esos editores que cuentan con un infalible olfato a la hora de detectar algo valioso y distinto.

Sin embargo, uno como lector se pregunta cómo, a la hora de contratar un autor, no se bucea entre toda su producción anterior. Bucear entre los irregulares primeros intentos, entre esos olvidados textos que ayudan a conocer al futuro gran escritor, a entender qué hará distinta su obra.

Anagrama dejó pasar la maravillosa primera novela de Mauvignier, Lejos de ellos. Y tal vez también los lectores españoles se pregunten por qué no se han publicado las dos primeras novelas de Knausgaard, reverenciadas no solo en Escandinavia. Qué sucedió para que después del éxito de La mujer del teniente francés o El mago, Anagrama no quisiera recuperar esta muy lograda primera novela que confirma desde sus primeras líneas la categoría como narrador de Fowles.

En El coleccionista un joven inadaptado y repentinamente millonario logra hacer realidad todos sus sueños más macabros, logra jugar a ser Dios en un universo limitado a las paredes de una vieja mansión. Pero la soledad acaba con la llegada de un poder comprado con nuevas libras, al lograr arrebatar la libertad del objeto de su deseo.

El coleccionista ha sido siempre catalogado como thriller pero es mucho más que eso; deja atrás el género para sumergirse en un apasionante duelo psicológico narrado por los dos protagonistas. La intriga no impera en sus páginas y sí el impecable retrato de dos seres solitarios. Fowles logra crear una situación de igualdad entre los antagonistas, entre la belleza y el horror, entre la burguesía y la clase obrera, entre la aparente debilidad y una inmerecida fuerza. La frialdad de Frederick contra la inteligencia de Miranda.

Fowles consigue en esa bien armada estructura tripartita hacer creíbles las dos voces protagonistas. Cambia por completo de registro, de cadencia y logra que Frederick y Miranda convivan fantásticamente en esta novela, que cada uno trace con absoluta libertad en su parcela el retrato que desee de su coprotagonista y de sí mismo.

La crítica quiso ver en El coleccionista una reconstrucción de los convulsos años sesenta en Inglaterra, pero, sin entorpecer la trama, esta no es ni mucho menos una de sus partes más importantes. Es el recorrido apasionante por la mente de dos seres tan contrarios lo que convierte este texto en una sorprendente primera novela.

El coleccionista, John Fowles
Traducción: Andrés Barba
Sexto Piso,  2012









lunes, 15 de junio de 2015

La asesina



Los mitos nunca abandonaron por completo la literatura griega. Hoy en día estos se disfrazan con ropas más sencillas, más acordes con su realidad depauperada. El ocaso del imperio trajo consigo el castigo de los dioses. Otras deidades ajenas a esa tierra castigan en la actualidad a un pueblo al que no permiten blandir el origen de palabras como “democracia”.

Papadiamantis crea el personaje de Fragoyanú como fiel reflejo de una mujer moldeada por su salvaje paisaje natal y su permanente lucha por la supervivencia. Una madre y abuela que ha logrado sus miserables condiciones de vida preparando ungüentos, prometiendo milagros y robando a sus propios padres ínfimas partes de la dote que nunca le dieron. En la isla de Fragoyanú no hay lugar para la iglesia. La fe es depositada en la brutalidad del mar, en las escasas lluvias y un terreno demasiado yermo. La fe la garantizan mujeres como la anciana Fragoyanú, que no prometen la salvación del alma con rezos si no hay una previa entrega de contantes monedas.

En esa isla despiadada se suceden los partos, casi siempre niñas que vienen sin el ansiado pan debajo del brazo. Donde otros ven la bendición de la llegada de nuevas vidas Fragoyanú comprende la dimensión de los problemas que ocasionarán a padres que no podrán afrontar el pago de sus dotes. Como una diosa colérica Fragoyanú decide tomarse la justicia por su mano. Pero el arrepentimiento solo es signo de debilidad para ella, que encuentra continuas señales de aprobación por parte de un Dios desconocido.

Papadiamantis creó en La asesina una obra brutal, atractivamente árida con la que sedujo y escandalizó por igual al público lector de principios del pasado siglo. Eligió con acierto una prosa seca, ágil y potente, ciertamente distinta para su tiempo. Las descripciones de la isla multiplican la fuerza de los diálogos interiores de Fragoyanú.

Aunque en la segunda mitad la acción parece ralentizarse se sigue encontrando una gran carga dramática. Esta inolvidable protagonista bebe a veces de Una confesión póstuma, de Marcellus Emants. La falta de culpabilidad unen de manera diabólica a Fragoyanú y a William Terneer. La asesina se convierte en precursora de la Italia implacable y rural de Un altar para la madre, de Ferdinando Camon y de un neorrealismo cinematográfico.

La asesina, Alexandros Papadiamantis
Traducción: Laura Salas

Periférica, 2010

martes, 9 de junio de 2015

Salvar a Mozart


El ser humano logra demasiadas veces aislarse del dolor ajeno. No solo del que tiene lugar en países lejanos que parecen solo existir en los telediarios. Las tragedias que sufren amigos o vecinos reafirman en muchos la sensación de ser los elegidos, de ser inmortales. Los dramas ocurridos en el tercer mundo son imaginados en un distante blanco y negro, alejado de nosotros en el espacio y en el tiempo.

La Segunda Guerra Mundial, tal vez excesivamente explotada por la literatura, dejó como incógnita la verdadera historia de muchos europeos. Entre ellos muchos judíos que escondieron sus orígenes, que se creyeron protegidos por títulos, apellidos germanizados, por amigos que realmente nunca lo fueron. O aquellos otros que confiaron en su buena “estrella”, en no cometer los errores de sus conocidos. 

Jerusalmy elige como protagonista a Otto Steiner, miembro de la burguesía austriaca que languidece en un hospital para tuberculosos. El diario de Otto narra con una viveza originalísima la entrada del conflicto en el sanatorio. Aislados de las noticias que transmite la radio los pacientes solo viven para las escasas visitas y los alimentos de contrabando. Otto sobrevive recordando su pasión por la música que, como el resto del mundo, acabar por volverse silenciosa.

El olvido voluntario de sus orígenes por parte de Otto no implicó el abrazo de otra fe. Su fe estaba depositada en dioses como Mozart. El estilo lacónico, casi telegráfico, que economiza las sensaciones y el lenguaje potencia esta singularísima historia que pone el foco en la cultura con la que acabó el régimen nazi. El diario es de nuevo el mejor vehículo para transmitir lo que resulta indescriptible.

Otto voluntariamente se abstrae de los horrores que suceden al otro lado del sanatorio. Solamente cuando lo ve con sus propios ojos, cuando los acontecimientos dejan de sortear su puerta, entiende la dimensión diabólica de ese régimen. Es entonces cuando trama una especialísima y exquisita venganza. Un final inolvidable que busca salvar a la humanidad, salvar a Mozart.  

Salvar a Mozart, Raphaël Jerusalmy
Traducción: José Manuel Fajardo 

Navona, 2015

viernes, 5 de junio de 2015

Los niños


El frenético ritmo y la voracidad del mercado editorial ayudan a muchas novelas mediocres a ser catapultadas a lugares que no les pertenecen. Pasan rápidamente de las manos de los agentes a las de los editores, quienes parecen solo detenerse en el nombre que encabeza cada manuscrito.

Desde hace poco España ha sido finalmente consciente de que gran parte del talento de la literatura contemporánea en castellano está en Latinoamérica. Mientras Alfaguara descuida sus canteras, su hermanastro Literatura Random simplemente redondea los apellidos aparecidos en periódicos y revistas, y seduce con cheques de no muchos ceros a esas jóvenes promesas. Es entonces cuando los lectores se preguntan qué hacen hoy en día los editores; se convierten en “publishers”, meros publicadores.

El buen momento de la literatura femenina argentina o mexicana hace que otros países se apresuren en buscar sus propias Almadas, Luisellis o Schweblins. Colombia busca sin éxito una sucesora de Marvel Moreno. Margarita García Robayo es tal vez hoy en día la única esperanza, sin que ello signifique que esté a la altura de sus contemporáneas.

Carolina Sanín, más conocida por ser una polémica columnista, abre esta novela con uno de los peores comienzos que recuerdo. Desde la primera frase desea dejar claro al lector que existe una gran distancia intelectual entre ellos, que le extiende una invitación que le puede ser retirada en cualquier momento. La relectura de ese inicio no descubre virtudes ocultas o pasajes que merezcan ser subrayados. Su esfuerzo estilístico no tiene razón de ser y demuestra que no hay más que impostura. Aunque a ratos Sanín parece entender que la normalidad puede ser el mejor vehículo de transmisión de un mensaje casi siempre se esfuerza inútilmente por resultar original y rupturista.

La protagonista de este libro es una mujer bogotana en conflicto con el mundo y consigo misma que encuentra en un niño de la calle la aparente salida a su apatía y egocentrismo. Sanín destaca en las escenas que retratan la realidad colombiana, la realidad de una sociedad eternamente desigual y cruel. Pero, cuando parece que Sanín habla ya de tú a tú con los lectores, vuelve a incorporar imágenes y reflexiones caóticas. 

Leí esta novela en su edición original y entonces me consolaba pensar que esta no sería la representación de la literatura colombiana que se leería en España. Un año después no puedo entender cómo han podido colar este gol a Siruela, que podía intuir que la obra, a pesar del nombre de Sanín, había sido rechazada por todas las grandes editoriales. En Colombia, al contrario que en España, las filiales sí que saben ver el potencial de sus canteras.  

Los niños, Carolina Sanín
Siruela, 2015