sábado, 21 de febrero de 2015

Pregúntale al polvo


Bukowski resucitó al guionista John Fante cuando nadie parecía recordar su faceta como narrador en la ciudad de Los Ángeles. El autor de Factótum describió su primera lectura de Pregúntale al polvo como su primer encuentro con la magia y desde entonces decidió, tal y como gritaba a una de sus amantes, que él no era un hijo de puta; “¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!” repetía.

La meca del cine reparte éxitos y fracasos en cuotas desiguales. Ciudad ingrata y desmemoriada siempre ha tratado con dureza a los soñadores, a los que rápidamente monta en un autobús de regreso a sus pueblos natales.

La tetralogía protagonizada por Bandini tuvo que esperar más de cuarenta años para recuperar el lugar que le correspondía en la literatura estadounidense. Heredero de la América dura y sucia de Saroyan, Caldwell o Steinbeck Fante emparenta a este superviviente y escritor en ciernes con el protagonista de Hambre, de Knut Hamsun o con los secundarios de El día de la langosta, de Nathanael West.

Bandini sueña con ser un autor de éxito en una pensión de mala muerte en Bunker Hill. No espera con ansia la inspiración sino tan solo una nueva carta de su editor o un cheque de su sufrida madre. El cinismo de Bandini es el de toda una generación y el de otras posteriores que rescataron sus libros para nunca más dejarlos morir de nuevo. La escritura de Fante permite conocerle, a él, al genuino Bandini. Descarnado, agudo, cargado de un cruel humor, cruel con los perdedores y por ende consigo mismo.

El amor platónico de Arturo hacia Camila, una camarera mexicana, crea sus mejores momentos y redondea un potente final que hace que el lector solo desee dejar el desierto y regresar con Bandini a Los Ángeles. Tras haber “vivido” Arturo ya está listo para convertir su dolor y su rabia en inspiración y así lograr contar su mejor obra, su verdadera historia.


Pregúntale al polvo, John Fante
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Anagrama, 2001

miércoles, 11 de febrero de 2015

Ánima



Wajdi Mouawad, heredero del espíritu de Rejean Ducharme, sacudió los cimientos de la escena literaria y teatral de Quebec que permanecía apaciblemente aletargada desde la aparición de El valle de los avasallados.  Si Ducharme refundió el lenguaje y creó a la incatalogable Bérénice Einberg, Mouawad sorprende en Ánima con su peculiar corte de narradores.

Mouawad abre este electrizante thriller con el brutal crimen de una mujer embarazada. Su marido, perturbado por su salvaje pérdida, decide “cazar” al asesino. Para ello se adentra en una reserva de indios y cruza la frontera con Estados Unidos para continuar con una búsqueda en la que se mezclan el western y la historia libanesa.

Mouawad, tal y como hace en sus obras teatrales, deja patente su condición de exiliado. Su incursión en la reserva redescubre al lector la marginalidad de unas tribus explotadas hasta la vergüenza, una historia que se repite en los cuatro puntos cardinales.

Los personajes de Ánima son almas solitarias y crueles que ya no creen en nada ni en nadie. Los animales, domésticos y salvajes, más allá de ser un recurso estético proporcionan un punto de vista lúcido y distanciado sobre la brutalidad del ser humano. Mouawad, habilísimo dramaturgo también en esta novela, cambia acertadamente de registro en la segunda parte del libro y permite que sea ya más fuerte la voz del protagonista que concluye de manera suicida un road trip que le enterrará aún más en el fango de su pasado.

Tal vez esta no sea la mejor obra de Mouawad, pero Ánima sin duda se encuentra por encima de la media de la mayor parte de los thrillers, de la ficción de los últimos años. Este descenso a los infiernos deja al lector noqueado quien no puede arrancar a Wahhch Dech de su cabeza. Entre tanta lectura superficial y talentos falsamente engordados se agradece su experimentación y su visceralidad. Mouawad nos coloca frente a un incómodo espejo y nos obliga a mantener la mirada aunque no nos guste lo que observamos.


Ánima, Wajdi Mouawad
Traducción: Pablo Martín Sánchez
Destino, 2014