martes, 27 de enero de 2015

También esto pasará


Existen parejas indisolubles y verdades innegables. Los grandes medios de comunicación siempre irán de la mano de las editoriales tradicionales. Pero no siempre es el dinero el responsable de inmerecidos espacios o reseñas que en un mundo verdaderamente crítico no merecerían tan siquiera quince minutos de fama. Los directores de suplementos y programas de radio eligen títulos desconociendo muchas veces su contenido y otras tantas engañando con premeditación y alevosía a sus oyentes y lectores. El declive de Babelia es tan solo un ejemplo, el perfecto reflejo de la mediocridad de un sector que parece no trabajar para la difusión de la cultura sino para su destrucción.

Jorge Herralde ha querido que en el comienzo de este 2015 no nos olvidemos del eterno reinado de Anagrama. Y para ello se ha servido de dos cartas. Por una parte, ha elegido a su sucesora, una descubridora de best sellers que parece augurar que futuros Stieg Larssons y Dolores Redondos tendrán su espacio en el nuevo catálogo de la filial de Feltrinelli.

Por otra, Herralde se hizo con el libro más buscado de la pasada Feria de Frankfurt (previamente rechazado por otras editoriales “de renombre” españolas). Milena Busquets, hija de Esther Tusquets, escribió tras la muerte de su madre una novela sobre una niña bien barcelonesa que en su cuarentena intenta librarse de la sombra de ella. Busquets dice que gracias a esta novela finalmente ha empezado a escribir en serio. Y yo no quiero ni puedo preguntarme cómo lo hacía cuando era “en broma”.

Pero a la hora de empezar la lectura intento arrinconar, al menos durante unas páginas, mis prejuicios. Al fin y al cabo no hay testimonio más sincero y difícil de exteriorizar que la pérdida, que sobrevivir al duelo.

Milena elige como su álter ego a una descendiente de la gauche divine y, comme il faut, veraneante en Cadaqués. Inútilmente se esperan confesiones hondas y sinceras, y el proceso de madurez de una huérfana. En su lugar, solo hay superficialidad, pensamientos apenas digeridos que hacen insufrible a una protagonista con la que no se puede empatizar. No tiene ni la calidad para encarnar el egoísmo o el mal. Es una caricatura de la hija de una generación que hace mucho tiempo, como Anagrama, dejó de reinar. Una generación que enseñó a sus descendientes que lo importante era aparentar.

La trama simplona, vacía, pasa a un segundo plano cuando se analiza la escritura de Milena. Hace mucho tiempo que no encontraba un texto tan burdo. Desea ser graciosa y cae en el ridículo, busca la frescura y tan solo logra una mala copia de un chick lit. No hay una sola frase que parezca haber sido trabajada, sudada como deberían hacer y hacen los verdaderos narradores.

También esto pasará es el diario de una veraneante que, al igual que en su adolescencia, lucha falsamente por dejar de ser una niña de mamá. Y este, como la mayor parte de los diarios, debería haberse quedado en un cajón olvidado sin ser leído. Ni tan siquiera por su propia dueña, ya que en el futuro correría el peligro de que la pudiera avergonzar.


También esto pasará, Milena Busquets

Anagrama, 2015

miércoles, 21 de enero de 2015

Las fuentes del afecto. Cuentos dublineses.


Maeve Brennan supo deshacerse de la alargada sombra de insignes compatriotas como Joyce, Beckett o Flann O’Brien. Estadounidense de adopción y neoyorquina en sus columnas, no dejó que el tiempo y el Nuevo Mundo desdibujaran sus recuerdos.

Maeve fue una Dorothy Parker llegada de la vieja Irlanda que descubrió a los neoyorquinos rincones y secretos desconocidos durante décadas. Su elegancia y dulce apariencia hacían imposible imaginarla de joven deambulando por sórdidos hoteles y barrios. Cuando era ya una anciana disfrutaba pasando sus últimos ratos en los lavabos de señoras de The New Yorker, revista para la que trabajó treinta años. 

Su prosa, breve, sencilla, costumbrista escondía una mirada aguda, irónica e incisiva. Las fuentes del afecto, que reúne tres ciclos de relatos protagonizados por distintos personajes que habitan en una misma calle dublinesa, es el perfecto ejemplo del talento de Brennan. Descubre una ciudad llena de mujeres que languidecen entre cuatro paredes, expulsadas de la real y exuberante Irlanda.

Las aparentemente inofensivas vidas de la señora Derdon y la señora Bagot retratan la soledad más letal. Gracias a ellas Maeve resucita a una sociedad pacata, conformista que acaba con los sueños de sus esposas y madres que asumen cada decepción con la misma sonrisa. Cada una busca su particular refugio: un hijo, un minúsculo jardín, la ilusión de un sofá nuevo. Los maridos son meros invitados a los que dan cama y comida. Pero la viudedad del señor Derdon y Bagot descubre también los proyectos fracasados y las culpas de unos hombres que malviven en un país en pelea consigo mismo. Por las calles de la ciudad se respira una envidia inconfesa hacia todos aquellos que lograron olvidar la triste Dublín en Estados Unidos.

Maeve Brennan sumerge al lector con falsa inocencia en la monotonía para luego cerrar la puerta de esas casas y obligarle a ver con sus propios ojos el daño que se hacen los que se prometieron, en lo bueno y en lo malo, todo y nada. Una Irlanda católica y cruel que imponía a todos un voto de silencio. Hasta que un día Maeve, desde el otro lado del mundo, decidió romperlo.

Las fuentes del afecto. Cuentos dublineses, de Maeve Brennan
Traducción: Isabel Núñez
Alfabia, 2012







sábado, 17 de enero de 2015

Personajes secundarios


Pocas generaciones han generado menos producción literaria y más leyendas que los beats. El término, ideado inicialmente para mofarse de ellos, fue poco después asumido por sus cabecillas para continuar su campaña en pro del escándalo en Estados Unidos. Sinónimo de rebeldía, experimentación, revolución sexual, los beats son hoy en día prostituidos por hipsters y otros grupos que buscan en Kerouac, Ginsberg o Burroughs el equivalente literario a la foto del Che de Korda o una vieja camiseta de los Ramones.

Su contra todo y contra todos no parecían esconder tras de sí una verdadera declaración de intenciones. Sí había un hermanamiento casi visceral que, como mandaba la época, arrinconó a sus mujeres que fueron casi siempre utilizadas como meras compañeras de cama y ocasionales paños de lágrimas.

Joyce Johnson fue tal vez el único verdadero amor de Jack Kerouac. La foto de la cubierta ilustra a la perfección la relación que existió entre ellos. Joyce, un paso atrás, como si fuera una reina consorte, Jack, desafiante, sabedor de su encanto e irregular administrador de su talento. Joyce reconstruye para el lector los primeros albores de ese movimiento en el Nueva York de la década de los cincuenta, un Nueva York que escondía secretos fascinantes para una adolescente judía de clase media que empezó demasiado pronto a querer descubrirlos. 

Joyce Johnson, escritora en ciernes, supo que su vida podía convertirse en su mejor novela. El relato del ascenso y la caída de Kerouac, las apariciones estelares de los personajes secundarios que quisieron ejercer de prima donnas, su propio alejamiento de ese atormentado novio de ida y vuelta. Johnson proporciona un interesante testimonio, un relato cabal y que se intuye ajustado a lo que realmente ocurrió en aquella época. Joyce sabe manejar la tensión narrativa y supera la categoría del mero volumen de memorias. La lectura se apresura por nuestra curiosidad innata, que no necesita sentir empatía hacia sus protagonistas, pero, pasado el tiempo y tras otros libros, Personajes secundarios se aproxima más a un entretenido anecdotario que a una gran “novela”.  


Personajes secundarios, Joyce Johnson
Traducción: Marta Alcaraz 

Libros del Asteroide, 2008

jueves, 8 de enero de 2015

Los Virreyes


Las familias, territorio fértil para la literatura y para la psiquiatría. Tolstói habló de las singulares desgracias de cada una de ellas. Por su parte, Thomas Mann retrató la decadencia de una saga de comerciantes de Lübeck en Los Buddenbrook, novela que escapa a cualquier intento de definición.

Si Mann se centró en la decadencia burguesa, De Roberto eligió una antigua dinastía siciliana para hablar sobre el ocaso de una forma de vida. El ocaso de los Francalanza es la penumbra en la que está sumida desde hace demasiado tiempo la isla italiana.

La muerte de la matriarca inicia las peleas que continuarán durante décadas entre los distintos miembros de la familia de los virreyes. La vieja princesa falleció a tiempo, antes de ver cómo la unificación italiana y la ideología liberal acababan con un sistema feudal y unas rígidas reglas que le habían permitido multiplicar sus rentas.

De Roberto, último representante del verismo, sabía que la línea entre la política, la religión y las pasiones humanes es casi imperceptible y por ello creó una fascinante galería de personajes que se convierten en la punta de lanza de esta mayúscula novela. Federico fue un cronista fiel de un tiempo pasado y recuperó las costumbres y los claroscuros de una época que tan solo dejó palacios en ruinas en Catania y Palermo. Pocas veces en la literatura la hipocresía, el egoísmo, la inmadurez, el clasismo han cobrado tanta vida. De Roberto no caricaturizó a los herederos y sus miserias, observó con una sonrisa de medio lado, con su habitual pesimismo, cómo ellos mismos aceleraban su caída.

Tal vez se esperen grandes amores y tragedias, golpes de estado, guerras. Pero De Roberto consiguió sin esos ingredientes una lectura compulsiva, tan solo sumergiéndonos en su día a día. Al terminar Los Virreyes es imposible no sentirse un poco huérfano y preguntarse qué ha sido de cada de uno de ellos, de esos cretinos aristócratas que encarnan muchos de los males que aún perviven en cada rincón de Italia.

El Gatopardo no es la única gran novela siciliana. Fue De Roberto quien trazó el camino a Lampedusa para que pudiera bucear entre sus propios recuerdos.

Los Virreyes, Federico de Roberto
Traducción: José Ramón Monreal

Acantilado, 2008