viernes, 28 de noviembre de 2014

Indigno de ser humano


La Segunda Guerra Mundial sumió a Japón en la pobreza y en la vergüenza. Mientras Tokio era objeto de humillaciones y saqueos una melancolía endémica se enraizó en sus diminutas casas. Su literatura también hubo de adaptarse a una nueva realidad y distintas voces que renegaban de ese nuevo orden pusieron por escrito lo que muchos no se atrevían a denunciar.

La máscara de Yukio Mishima entronca con el descenso a los infiernos de Yoko, protagonista de Indigno de ser humano, uno de los principales exponentes de la narrativa de la posguerra. Tanto Mishima como Osamu Dazai desnudan a sus personajes y a una sociedad pacata y permanentemente travestida. Ese Japón occidentalizado y temeroso del qué dirán acelera la caída de sus herederos.

Dazai alterna los tres cuadernos de Yozo con un prólogo y un epílogo que redondean este durísimo recorrido por el camino elegido por un joven dolorosamente lúcido que considera el mal una de las piedras angulares de la humanidad. La introspección de Yozo hace recordar a Musil, Kafka o Marcellus Emants.

Yozo enumera los pecados de sus semejantes y decide abandonar la casa paterna para, en la gran ciudad, entregarse a una vida de alcohol, morfina y perdición, una existencia suicida pero consecuente. Gracias a ese aislamiento, Yozo se encuentra al fin a salvo de todos aquellos que cree se burlan de él, y puede relajar sus defensas y deshacerse de las expectativas de su familia.

Yozo no es un personaje único en Tokio o en la literatura japonesa pero aun así Dazai consigue con un estilo descarnado y directo dejar al lector fascinado y exhausto quien pocas veces se encuentra con un protagonista tan vulnerable. Indigno de ser humano es sin duda una novela pionera e imprescindible en la narrativa nipona del siglo pasado.


Indigno de ser humano, Osamu Dazai
Traducción: Montse Watkins
Sajalín, 2013




domingo, 23 de noviembre de 2014

Lo que no aprendí


Los recuerdos de épocas turbulentas se prostituyen cuando saltan sin ton ni son de una novela a otra. Los lectores, descreídos ante tantas falsas promesas, dejamos de vez en cuando de lado nuestra reticencias. Ya nadie cuenta nada nuevo sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre la Guerra Civil, sobre los años sesenta. Tal vez muchas historias ganarían en fuerza si se despojaran de marcos temporales que hacen sobreactuar a los protagonistas que deben acompasar sus vidas a las más importantes fechas. 

Margarita García Robayo toma su ciudad natal y la Colombia de principios de la década de los noventa para narrar la historia de una niña que en 1990 tenía diez años. Catalina vive fascinada por los secretos de su padre, para unos un brujo, para otros un sabio especialista en ciencias ocultas. El misterio, la magia que se respira en esa casa en decadencia son los mismos que desde hace siglos pueblan las calles de Cartagena, donde las negras en cada esquina prometen bondades eternas.

Margarita disecciona la sociedad de aquella época pero a veces se echa de menos mayores detalles de una historia que aún marca a la Colombia contemporánea. El M-19, Pablo Escobar, las FARC son meros nombres que resuenan en la cabeza de Catalina que, como es lógico debido a su corta edad, parece vivir más preocupada por lo que sucede en su familia y en su barrio. Pero también es ese aislamiento voluntario el que impide arrancar a la novela. La huella cartagenera no es suficientemente intensa.

Margarita García Robayo juega con los recuerdos, con los verdaderos y los inventados, y hace que el lector la acompañe en su difícil peregrinación por una escritura que a veces duda demasiado.

En sus últimas páginas, cuando Catalina le da el relevo a Margarita, cuando Buenos Aires engulle a Cartagena, se intuye un brillo distinto. Margarita toma las riendas de su propia historia, reconstruida, como en todos los casos, al antojo del narrador, y redondea un final más sincero y logrado.  

Después de un periodo de sequía la literatura colombiana parece haber encontrado al fin una digna heredera. Pero al mismo tiempo que aplaudo, con algunos peros, la llegada de García Robayo no puedo dejar de pensar en la valentía de la obra de Marvel Moreno, antigua miss y más tarde escritora maldita quien sí supo plasmar la inquietante realidad de la costa del Caribe colombiano.

Lo que no aprendí, Margarita García Robayo
Malpaso, 2014




miércoles, 19 de noviembre de 2014

Un héroe de nuestro tiempo


Mijaíl Lérmontov se adelantó a la absurda maldición de las estrellas del rock. Su prematura muerte dejó a su público, presente y pasado, con la incógnita de qué hubiera sido capaz si hubiera vivido más años.

Dibujante y pintor, poeta romántico, admirador de Pushkin y Byron, Un héroe de nuestro tiempo no solo es la obra fundamental de Lérmontov sino también la primera novela psicológica rusa y piedra angular de la transición literaria desde el Romanticismo al Realismo.

Lérmontov toma a un joven militar destinado en el Cáucaso, Pechorin, como presencia constante en estos cinco relatos que, a pesar de su disparidad, funcionan como un mecanismo perfectamente engrasado. Gracias a Pechorin, descreído y superfluo hombre romántico, Lérmontov conduce al lector por un apasionante cuaderno de viajes, una trepidante novela de aventuras y una trágica historia de amor.

El Cáucaso adquiere el mismo protagonismo que Pechorin, Maksim Maksímych, compañero y testigo de algunos de sus secretos, y que el agudo narrador, tal vez el mismo Lérmontov. Brillan las descripciones de sus parajes montañosos, de las costumbres tribales y de la tradición guerrera de un pueblo que luchó contra el dominio ruso hasta la extenuación.

El retrato poliédrico de Pechorin presenta a un hombre contradictorio, ejemplo de una época y una nación que oscilaban entre el esplendor de su corte y la creciente profundidad de sus intelectuales. Las cinco caras de esta historia deslumbran con un poderoso juego de luces y sombras.

Lérmontov crea un protagonista único que está a la altura de Eugenio Oneguin u Oblómov y se convierte por derecho propio en maestro de Tolstói, Dostoievski y Chéjov.

Nabokov, grandísimo conocedor de la literatura rusa, prologó Un héroe de nuestro tiempo y catalogó estos perfectos relatos como “cinco cimas montañosas que acompañarán a un viajero por los meandros de un cañón del Cáucaso”. No dejen de hacer esta peregrinación.

Un héroe de nuestro tiempo, Míjail Y. Lérmontov
Traducción: Víctor Gallego
Alba, 2014








jueves, 13 de noviembre de 2014

Lydia Davis y "El final de la historia"




Lo mejor que le pasó a Paul Auster fue casarse con Lydia Davis. Tal vez fue el fin de su matrimonio lo que le transformó en un falso pope de las letras estadounidenses. Mientras Auster acaparaba flashes y portadas Davis se convertía de manera silenciosa en una de las mejores cuentistas norteamericanas. En sus relatos hay lugar para el humor más incisivo, para un agudo retrato de la clase media, para la filosofía y para un estilo minimalista, brillante, poético. La variedad de registros de Davis hace de cualquier de sus antologías una obra fascinante.

La publicación de sus cuentos completos por Seix Barral, espléndidamente traducidos por Justo Navarro, fue todo un acontecimiento literario para todos aquellos que esperaban con ansia la llegada de esa autora, maestra en el relato, de la que el resto del mundo hablaba. Davis siempre ha tenido un público fiel pero minoritario. El género elegido la ha alejado de la pelea por escribir la gran novela americana.

El cuento es considerado muchas veces el hermano menor y feo. La aparente sencillez del relato no es tal y así lo han demostrado muchos novelistas que fracasaron en su intento. Pero la maestría de autoras como Lorrie Moore, Alice Munro o la propia Davis tampoco garantiza el éxito en la transición a un texto más largo.

La única novela de Davis narra la relación tormentosa entre la narradora, escritora, profesora universitaria y traductora, con un hombre doce años más joven. Davis parece perderse en su propia historia; los recuerdos, reflexiones y saltos en el tiempo desordenan incluso su escritura. Las primeras páginas dejan a un lector titubeante que espera que Davis recupere de nuevo el pulso. No existe una trama sino tan solo un batiburrillo que recuerda a las entradas de un diario descuidado en el que el que escribe oculta sus carencias y pecados.

A pesar de ello se desea entrar una y otra vez en la novela. Es Lydia Davis, qué diablos. Pero es la propia narradora, que acaba por resultar odiosa, la que expulsa del final de esta historia. Y uno no puede evitar preguntarse si tal vez ese romance nunca debería haber siquiera comenzado.   


El final de la historia, Lydia Davis
Traducción: Justo Navarro 

Alpha Decay, 2014

martes, 11 de noviembre de 2014

El vigilante




Distopía, thriller psicológico, ciencia ficción, etiquetas que inútilmente intentan poner límites a la fuerza expansiva de esta obra inclasificable. El vigilante, Premio de Literatura de la Unión Europea, sumerge al lector en una atmósfera opresiva, claustrofóbica, pero a medida que su final se aproxima es el aire exterior lo que sobra.

Dos vigilantes trabajan y duermen en un aparcamiento de un edificio de lujo los trescientos sesenta y cinco días del año. Su “organización” ni tan siquiera les permite dirigir la palabra a los vecinos. El calendario está marcado por la rara llegada de víveres, de sobras que reciben del servicio y por la escasa luz que se cuela entre las rendijas.

Peter Terrin crea imágenes poderosísimas: los protagonistas comen restos de un tarro de mermelada roto en mil pedazos sobre el suelo, lavan su ropa de trabajo con un cuidado casi monástico, persiguen sin descanso una mosca que ha osado violar su intimidad, su espacio.

Los vigilantes descubren que los vecinos han huido de sus apartamentos y ese abandono redobla su empeño en defender el que creen ser el último bastión de una ciudad tomada. Desaparecen las coordenadas, los recuerdos, las nociones del bien y el mal, del ayer y el mañana.

La llegada de un tercer vigilante hace tambalear ese minúsculo ejército que tan solo debe proteger su rutina y un hipotético ascenso. El mundo exterior trae consigo la paranoia y Terrin redondea esta hipnótica obra con un final que oscila entre la realidad y el delirio.

El autor flamenco despliega una prosa potente, certera, disparada casi a ráfagas y crea además un narrador formidable que agarra al lector de la mano y no lo suelta. El vigilante es un territorio único, anárquico, con una vitalidad impresionante. Peter Terrin está libre de la alargada sombra de Danielewski y Cormac McCarthy. 

El vigilante, Peter Terrin
Traducción: María Rosich 
Rayo Verde, 2014