lunes, 27 de octubre de 2014

El idioma materno


Desde la primera frase de El idioma materno Morábito se despoja de ese disfraz que es una lengua adoptada. Y ese desnudo trae consigo el descubrimiento de realidades que casi siempre aparecen rodeadas de artificio. Morábito bucea entre sus recuerdos infantiles para buscar el origen de su vocación de escritor, una elección vital que implica cercanía con la traición. 

El idioma materno no permite abandonos, el punto final de cada ensayo agarra al lector de la mano y le conduce por los mil senderos de la imaginación y la memoria de Morábito, quien despliega ante sí una variedad asombrosa de virtudes y pecados. Construye sobre cimientos sencillos y sólidos un edificio portentoso que homenajea a la vida, la literatura y la historia.

Morábito reivindica el poder de la coma, del texto en blanco como sinónimo de silencio, recogimiento y pureza, del subrayado de nuestros libros que conforma a lo largo de los años una biblioteca paralela ya que son esos pasajes los que narran nuestra verdadera biografía.

Morábito también invita a su peculiar reflexión a Kafka, Vallejo o Dostoievski. Su primer encuentro con Ana Karenina hace parte de un ritual en honor a la vida. Trata con igual mimo a la poesía y a la prosa, al cuento y a la novela, siendo todos herederos de su esfuerzo y fruto de extenuantes viajes creativos emprendidos con la misma ilusión pero con distinto equipaje.

El idioma materno confirma a Morábito como un escritor exquisito, contenido, que invita al disfrute lento de su verdad externa e interna. Es una lección magistral, una invitación a mil rincones fascinantes.

Morábito concluye reflexionando sobre su otro idioma, el que ha destronado al materno, este en el que todo el mundo llora y se muestra desvalido como un recién nacido. Pero Morábito, consciente de su compromiso con la palabra escrita, no se permite flaqueza alguna ya que sabe que llorar está reñido con la escritura. Pero así no termina realmente El idioma materno ya que, como hacen las piedras angulares de nuestra bibliotecas, tras su última página continúa aún con vida.

El idioma materno, Fabio Morábito
Sexto Piso, 2014



viernes, 24 de octubre de 2014

Las dos señoras Grenville




Capote se despojó del esmoquin, devolvió la vida a Truman Streckfus Persons y de la mano de su fiel amiga de la infancia, Harper Lee, puso rumbo a Kansas. Se podía sacar a Truman de Nueva York pero no a Nueva York de Capote.

En la gran ciudad este dejó toda una corte de admiradores e imitadores. Dominick Dunne tomó el testigo y se convirtió en el invitado incómodo pero indispensable de toda fiesta de quien dijese ser alguien. Dunne escribió durante décadas una columna en Vanity Fair donde quiso hacer la realidad la frase del creador del nuevo periodismo estadounidense de que “toda la literatura es cotilleo”.

El asesinato de su hija Dominique forzó un giro de 180 grados en la vida profesional y personal de Dunne. Vanity Fair supo impulsar de nuevo la carrera del reinventado Dunne quien se sirvió del crimen de los Woodward, cometido en 1955, para crear Las dos señoras Grenville. Aunque en Estados Unidos todavía se le recuerda por sus crónicas sobre uno de los procesos judiciales más polémicos del pasado siglo, el juicio a O.J. Simpson

Ann, joven de extracción humilde con aspiraciones en la meca del cine, cae deslumbrada ante los millones de William Grenville II. Y Junior ve en ella una Eva, una mujer que encarna todo lo que está prohibido en los terrenos de Park Avenue. Ann logra embaucar al heredero, y su madre, la señora Grenville, observa cómo su inmaculado linaje WASP queda mancillado para siempre. Los diamantes no garantizan nada y menos paces duraderas.

Billy muere a manos de su esposa y las mujeres del clan Grenville, capitaneadas por la anciana Alice, deciden proteger su apellido y salvar del escarnio a la despiadada Ann, quien desde entonces es enterrada en vida por una sociedad que puede perdonar asesinatos pero no infancias en Kansas.

Dunne parece no tomar en serio a sus propios protagonistas y les observa con una sonrisa de medio lado mientras pasan las noches en lujosos salones luciendo pieles y joyas que en un futuro no tan lejano acabarán siendo subastadas. Ann es la suma de tantas mujeres que en la vida real y la historia literaria de Estados Unidos han demostrado que hay poca verdad en el sueño americano.

Dunne quiere hacer un guiño al lector y convertirse él mismo en el narrador de esta caída desde las alturas. Pero se le olvida que las comparaciones son odiosas. Describe el Upper East Side y los Hamptons como si se tratase de una larga crónica: divertida, superficial y mordaz. Solo cuando se comete el crimen Dunne da una verdadera oportunidad a Ann.

Las dos señoras Grenville es un viaje en el tiempo a un Nueva York desaparecido. Una invitación a una fiesta glamurosa y alocada llena de corrillos; pero a la mañana siguiente, tras la resaca, uno es consciente de que aunque de vez en cuando los excesos son necesarios se ha de volver a las costumbres de siempre.

Las dos señoras Grenville, Domick Dumme
Traducción: Eva Millet
Libros del Asteroide, 2014

lunes, 20 de octubre de 2014

Anton Reiser


Las decepciones que producen las compras apresuradas, casi compulsivas en esta época de continuo alud de novedades hacen despertar la nostalgia. Entre tanta novela generacional revolucionaria o política que busca despertar inútilmente conciencias uno no puede dejar de preguntarse dónde se encuentran en ellas los verdaderos personajes. Tanta angustia contemporánea queda deslucida ante el salvaje proceso de aprendizaje del joven Anton Reiser.

La introspección de la que hace gala Karl Phillip Moritz en la primera Bildungsroman haría ruborizar al mismísimo Freud. Moritz toma bajo su protección a Anton y le acompaña en su difícil infancia en la Alemania de finales del siglo XVIII. Hijo de una familia humilde Reiser ha de confiar tan solo en su astucia y en una suerte tantas veces esquiva para poder continuar con su formación. Se beneficia de la ayuda que proporcionan las órdenes religiosas y aún más de las dádivas de los regentes.

Anton se refugia en el teatro, vocación para la que tiene un dudoso talento, tal vez con la intención de escapar de ese rincón donde pasa toda su infancia escrutado por todos y cuidado por nadie.

La soledad, el hambre, los abusos de los que es objeto Anton son plasmados con una profundidad y una belleza estremecedoras. Moritz conduce al lector hasta el último recoveco de la mente del niño. Un viaje doloroso y fascinante no solo por su interior sino por la sociedad de una Alemania que ya entonces era despiadada con los no elegidos.

Anton pasa de la alegría a la tristeza casi mortal, de la fortuna a la miseria, del sueño a la pesadilla… Moritz no esconde sus debilidades, sus secretos. Huye de convertir a Reiser en un héroe involuntario. Pero Karl Phillip también presenta sin artificios la decadencia moral de un país y redescubre la estrechez de miras de una sociedad supuestamente avanzada.

Moritz publicó esta obra inclasificable, este festín literario antes de cumplir los treinta años. Recordar Los Buddenbrook y Anton Reiser acrecienta mis ganas de encerrar a todas las “dudosas” jóvenes promesas dentro de una biblioteca. Menos espejos y más historia de la novela.

Anton Reiser, Karl Phillip Moritz
Traducción: Carmen Gauger 
Pre-Textos, 1998




miércoles, 15 de octubre de 2014

Perú


Después de atribuírsele la “paternidad” del realismo sucio de Raymond Carver, los innumerables méritos como editor de Gordon Lish podrían haberse convertido en sus principales obstáculos en su carrera como novelista. Pero Lish supo deshacerse de la sombra de Richard Ford, Cynthia Ozick o DeLillo y sorprender a propios y extraños con la solidez del camino elegido.

Las imágenes de un motín carcelario despiertan la memoria del protagonista quien recuerda con una sorprendente claridad el crimen que supuestamente cometió hace más de cuatro décadas. Cuando apenas era un niño de seis años atacó al invitado de un vecino en un cajón de arena. Gordon narrador regresa a las calles de su antiguo barrio, a su casa, fría y modesta, vuelve a conversar con la despiadada niñera de su amigo rico, escucha de nuevo cómo irrumpe la muerte y se sorprende al comprobar otra vez que la sangre tan solo hace una discreta aparición. El narrador retoma ese terrible suceso con el mismo candor y continúa siendo un recuerdo no prostituido en el que no han hecho mella ni la culpa ni la moral.

Gordon Lish juega con un estilo seco, en ocasiones casi hipnótico y que sume al lector en una espiral de dudas y repeticiones que hace plantearse la veracidad del crimen. Pero la trama queda en un segundo plano y son los personajes, retratados cuarenta años después, los que toman las riendas de este inquietante viaje al pasado.

El rencor, la diferencia de clases y la envidia infantil perviven en la mente de Gordon. Lish inventa un sorprendente mecanismo de narración que deja al lector aturdido y fascinado por igual y plenamente consciente de su incapacidad para emitir un juicio.

Lish supo marcar una frontera infranqueable entre su yo Captain Fiction y su yo creador de historias. Perú es una lectura extenuante, obsesiva pero altamente recomendable. Un viaje caóticamente libre por la memoria que afortunadamente no persigue la expiación.


Perú, Gordon Lish
Traducción: Israel Centeno 
Periférica, 2009











domingo, 12 de octubre de 2014

La felicidad de los pececillos


En esta época turbulenta de novelas experimentales, micropoesía y textos compuestos a golpe de tuits crónicas como las que forman La felicidad de los pececillos se disfrutan más si cabe.

Belga de nacimiento, Pierre Ryckmans cambió su nombre en 1971 por Simon Leys tras escribir The Chairman’s new clothes: Mao and the cultural revolution y convertirse en unos de los primeros occidentales en denunciar al mundo la barbarie de Mao y su revolución cultural. Leys, fallecido este pasado mes de agosto, fue un hombre valiente y comprometido hasta el final que demostró que los humanistas no están todavía en peligro de extinción.

En La felicidad de los pececillos Leys invita a figuras clave de la historia y literatura china y a personajes como Proust, Simone Weil, Conrad, Steinbeck, Edmund Wilson o Gastón Gallimard. Leys da muestras de genialidad gracias a una prosa breve, siempre certera, libre de artificios materiales y pseudointelectuales. Su filosofía de vida reivindica el amor por la observación, por la literatura como salvación. En sus páginas los historiadores se convierten en novelistas del pasado y estos en testigos de lo que hay o está por llegar. La historia se reformula y se libera de la caótica avalancha del ayer.

También se burla con cariño del ego de editores y autores, especies peleadas desde el inicio de los tiempos pero condenadas a entenderse. Leys les recuerda quiénes resultarán ganadores de esa lucha sin cuartel: la imaginación de los lectores.

Durante el paseo, con el mar siempre de fondo, que se emprende junto a Leys se recorren terrenos como la clarividencia y la sátira. Leys, gran conocedor de la cultura china, retrata brillantemente el camino que siguieron las culturas occidental y oriental hasta que no hace tanto llegaron a cruzarse. Emplea toda su capacidad de comprensión y sensibilidad en aprender de una civilización en la que primaba una calma y una reflexión que hoy hacen tanta falta.

Un libro lleno de amor al conocimiento, pero sobre todo a la vida, que recoge pensamientos y anécdotas que hoy más que nunca se deberían tener siempre cerca.

La felicidad de los pececillos, Simon Leys
Acantilado, 2011