domingo, 28 de septiembre de 2014

Canciones de amor a quemarropa


El invierno sume gran parte de Estados Unidos, durante más tiempo del que le corresponde, en un estado casi postapocalíptico. El implacable compromiso anual de la nieve y el hielo no sólo aíslan familias y pueblos sino que desgarran sin clemencia las ya maltrechas almas de los white trash.

Cuando las tormentas desdibujan las casas de cartón piedra sus habitantes languidecen frente a pantallas monocromáticas agarrándose a la vida de la mano de cualquier botella. Chicago, vecino altivo de Wisconsin, reniega de cualquier parentesco, y en esas frágiles fronteras se agrandan las fracturas del pueblo estadounidense. 

Las familias expulsan de su seno a sus hijos al cumplir dieciocho años. Estos parten a universidades que no se pueden permitir con la ropa en cajas y sus escasos ahorros obtenidos durante infinitos veranos en Dairy Queen. Estos jóvenes casi nunca se detienen al borde del camino para mirar atrás y el regreso a casa nunca superará el puente de Acción de Gracias.

Canciones de amor a quemarropa es la historia de cuatro amigos: una estrella del rock, un exitoso agente de bolsa, un maltrecho vaquero de rodeo y un granjero que ha permanecido en Little Wing para ejercer de anfitrión de todos los que se han ido y de testigo del perpetuo declive de un mundo rural y primario. Butler ha retratado sus errores, los recuerdos que unen y separan al mismo tiempo, y los sueños, frustrados y también aquellos que una vez alcanzados se convierten en la peor condena. Los protagonistas son al mismo tiempo narradores; aunque este recurso permite conocer sus intimidades no se logran diferenciar las distintas voces.

Butler elige como escenario el estado en el que creció y en el que a día de hoy sigue viviendo. Desea transmitir el amor por una tierra dura a la que las costas de Estados Unidos miran por encima del hombro.

Consigue que el lector sienta estar presenciado una serie de televisión y que cada capítulo genere la misma ansiedad que el final de un episodio. Butler no busca reinventar el lenguaje ni escribir la gran novela americana. Como buen hombre del Medio Oeste disfruta de las cosas sencillas, nada sofisticadas. A pesar de los errores propios de una primera novela Butler alcanza su objetivo: el entretenimiento. Un libro sin pretensiones que gracias a su trama atraerá a un público diverso: lectores voraces, consumidores de novedades o seguidores de tendencias y portadas. Al fin y al cabo la nostalgia es universal, en Wisconsin o en España.

Canciones de amor a quemarropa, Nickolas Butler
Libros del Asteroide, 2014


miércoles, 24 de septiembre de 2014

El chal


Cada año scouts y editores luchan por encontrar nuevos talentos que les garanticen portadas, miles de ejemplares vendidos y con suerte posibles adaptaciones cinematográficas. Mientras el mundo editorial estadounidense piensa en los relevos de Lorrie Moore o Lydia Davis, la ceguera del presente le impide redescubrir figuras claves del pasado.

Cynthia Ozick ha escrito algunos de los mejores relatos del siglo XX y superó en su día a Cheever, Updike y Carver ganando en tres ocasiones el prestigioso Premio O’Henry.

La vigencia y fuerza de El chal es ineludible. Una breve obra compuesta por dos cuentos que forman un texto estilísticamente perfecto y que producen una sin igual perturbación. Apenas noventa páginas le bastan a Ozick para dar un impactante recital psicológico y lingüístico.

El primer relato, El chal, arranca con una frase cortante, demoledora, que enseguida sitúa al lector en un campo de concentración pero, sobre todo, en la locura. La locura de una madre que cuida además de una sobrina adolescente, Stella, que se convertirá en la mayor amenaza para la supervivencia de su hija.

La segunda parte, Rosa, recupera a la madre de Magda, quien décadas después ha de convivir con sus recuerdos y la ausencia de su hija en un asilo de Florida. La lucidez dolorosa y poética de Rosa redondea esta breve y poderosísima obra, una auténtica joya que incomprensiblemente lleva más de veinte años sin ser reeditada en España.

El chal, Cynthia Ozick
Montesinos, 1992


sábado, 20 de septiembre de 2014

Hermana muerte


La recuperación de la obra de Thomas Wolfe es sin duda uno de los mayores acontecimientos editoriales de los últimos años. Un autor relegado al olvido que influyó en escritores que hoy en día parecen libres de agradecimientos hacia hipotéticos maestros.

Faulkner hablaba de él como el mayor fracaso literario de principios del XX y de Hermana muerte como “uno de sus textos más hermosos y enigmáticos”. Thomas Wolfe deja ver en este largo relato divido en cuatro su ambivalente relación con la vida, en su caso atormentada y solitaria. Dialoga de tú a tú con Nueva York, ciudad implacable y cruel que no permite que sus muertos dejen ninguna huella sobre su terreno.

Wolfe elige la muerte de cuatro don nadies: un vendedor ambulante, un camarero, un vagabundo y un obrero, todos ellos hombres anónimos porque Nueva York no permite egos. El final de estos elegidos por la Muerte no solo redescubre la crueldad del azar, del paso del tiempo, sino también el vouyeurismo y la frialdad de todos los que caminamos por las aceras, por los andenes del metro.

Thomas Wolfe multiplica el efecto de estas cuatro historias gracias a su prosa entonces innovadora que rebosa metáforas poderosas, casi eufóricas. La fuerza de sus imágenes, de sus descripciones, de, por qué no, sus silencios hacen de sus breves obras publicadas por Periférica autenticas joyas. Y es que cuando uno lee a Wolfe desea que el olvido dé tregua a su memoria y que podamos descubrir otra novela, otro relato que permita reencontrarnos con un escritor inclasificable al que se le deben aplausos y prebendas.

Hermana muerte, Thomas Wolfe
Periférica, 2014




martes, 16 de septiembre de 2014

Los hermosos años del castigo


Las editoriales parecen ser conscientes de la necesidad de apostar sobre seguro en esta rentrée. Hasta Alpha Decay, de quien llevo años divorciada, ha hecho hueco entre tanto psicótico prepúber para escritoras mayúsculas como Lydia Davis y Fleur Jaeggy y así lograr poner un cierto orden en su catálogo.

Íntima amiga de Ingeborg Bachmann y Thomas Bernhard, Fleur Jaeggy es sin duda una de las mejores escritoras vivas. Es la voz incómoda de una Suiza despiadada, gélida y racista y su prosa, un arma implacable y certera que desnuda complejas realidades en apenas dos líneas. La brevedad de sus textos es siempre garantía de una avalancha de sentimientos, de un despertar glacial a un mundo de apariencias y secretos.

En este texto aparentemente autobiográfico Jaeggy narra la vida de una joven de catorce años en un exclusivo internado suizo. Jaeggy no da tregua al lector quien desde la primera línea se siente firmemente agarrado por el cuello pero a pesar de esto no desea ser liberado porque en la atmósfera aparentemente inocente y apacible de Los hermosos años del castigo se esconde la realidad descarnada del mundo. Las reflexiones de la protagonista nos recuerdan la lucidez despiadada de la adolescencia, época en la que todavía la salvaje inocencia no se ha visto travestida por las convenciones sociales.

La falsa quietud de los Alpes sólo hace que se multipliquen los ecos de los pasos de Robert Walser y los recuerdos, inventados o no, de Fleur Jaeggy; eso es lo de menos. Los hermosos años del castigo no sólo es un deleite literario sino un poderoso tratado sobre la sensualidad, el horror y el poder de la irresistible atracción. 

Los hermosos años del castigo, Fleur Jaeggy
Traducción: Juana Bignozzi
Tusquets, 2009

sábado, 13 de septiembre de 2014

Los pozos de la nieve


Las guerras, así como los recuerdos, reclaman el derecho de apartarse de la versión oficial de los hechos. Cuando pasan los años y ya no queda apenas rastro de quienes en ellas vivieron la ficción gana la partida a la desmemoria.

Berta Vias Mahou, artífice de las traducciones de, entre otros, muchos de los libros de Stefan Zweig y Joseph Roth, elige la historia entrelazada de dos familias, una alemana y otra española, para homenajear el silencio elegido como protesta y la fragilidad de las categorías de malos y buenos.

Los pozos de la nieve arranca con el renacer de dos bebés desahuciados y la segunda oportunidad que les regalan sus respectivos padres que retan al implacable poder de la naturaleza. Estos niños, Julio y Clara, viven minutos que no les corresponden. Julio desea compartir el destino de su padre y su hermano con la valentía que sólo dan la juventud y la ignorancia. Clara desafía a las convenciones sociales gracias a su padre, Conrado, quien decide regresar a Alemania en plena Guerra Civil y que renuncia a las palabras al descubrir la sinrazón de sus compatriotas. Samuel, descendiente del dolor de las dos familias, recorre el pasado de los Stauffer.  

Las nuevas generaciones descubren secretos que no alcanzan a comprender y que sus mayores ni siquiera desean que entiendan. La historia, su historia es así y de nada sirve volver sobre ella, aunque separe a los miembros de una familia como a dos bandos en una guerra.

Berta Vias Mahou se sirve de una prosa lírica, cuidada hasta el extremo para crear una novela distinta y poderosa y recuerda una cara oculta de una contienda de la que erróneamente creemos saberlo todo. Los pozos de la nieve aconseja una lectura lenta, de deleite ante un lenguaje hilvanado de manera sorprendente, susurrado magistralmente por una escritora en mayúsculas que merece muchos más aplausos y portadas que casi todas sus contemporáneas.

Los pozos de la nieve, Berta Vias Mahou
Acantilado, 2009