jueves, 24 de julio de 2014

Los enamorados


No se necesitan interlocutores para desempolvar recuerdos. Tal vez sea mejor no oír nuestra propia voz señalando inconscientemente los errores y desmitificando los aciertos.

Un escritor en busca del éxito, una joven divorciada que persigue una nueva oportunidad en el amor. Nueva York despiadada con los frágiles pero también escenario perfecto para los sueños.

Acodado en la barra de un bar el protagonista parece dudar de la veracidad de su memoria. Como si fuera otro el que hubiera seducido a la mujer sin nombre, como si la huella del sufrimiento ya no existiera.

El lector recorre como un voyeur todos los estadios de una historia de amor; el nerviosismo ante la culminación, la emoción, la rutina, las peleas, la inevitable separación, la ceremonia del perdón y la despedida, sin olvido, porque cuánto más se anhela, éste más se aleja. El amante, tras la distancia inicial, consigue sumergirse en su propia historia y en una honesta autocrítica, enumera los golpes sufridos y propinados por uno y otro porque dicen que allí y entonces todo vale. Hayes consigue aislar a los dos protagonistas sin que el lector note la ausencia de un mundo que para ellos nada importa.

El potente comienzo ayuda al lector a vencer sus posibles reticencias iniciales. Hayes logra tomar una trama prostituida y darle otra oportunidad memorable. Con una casi desnuda construcción narrativa, pero sin renunciar a una cierta poesía,  crea el escenario perfecto para estos personajes que no esconden sus fisuras.

La editorial argentina La Bestia Equilátera rescata a Alfred Hayes, inglés de nacimiento pero hollywoodense de adopción, novelista, poeta y guionista (colaboró junto a Vittorio de Sica en el libreto de El ladrón de bicicletas) y le proporciona una merecidísima segunda vida. Con pulso cinematográfico Hayes disecciona un corazón roto como ni hubiera existido ninguno otro antes.


Los enamorados, Alfred Hayes

La Bestia Equilátera, 2010

2 comentarios:

  1. Me he quedado pensando en la frase con la que inicias la reseña... No sé, a veces el interlocutor ayuda a objetivizar el recuerdo... En cuanto al libro, ese potente inicio me parece una excusa suficiente como para que me lo anote, que además convierta la trama en memorable y sin fisuras ya es como además para ponerlo arribita de la lista.

    Besos!

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  2. ¡Hola, Ana!

    Perdona el retraso en contestarte.

    Sí, desde luego, el interlocutor ayuda a objetivar los recuerdos pero cuando estos salen como en tromba creo que este se convierte en una excusa, en un testigo innecesario. ¡Espero que te guste!

    ¡Besos!

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