martes, 29 de julio de 2014

Effi Briest


Emma Bovary, Ana Ozores o Anna Karenina aprendieron lo que era estar vivas. La sociedad, terriblemente implacable, castiga a las adúlteras; raramente verdugos, tan solo tristes víctimas. De los otros y, sobre todo, de sí mismas. Del deseo de soñar y vivir otras vidas.

Muchos han aplaudido a Effi Briest como una de las mejores novelas del romanticismo alemán y a Fontane como posible inspiración de Tolstói o Flaubert. Fontane se basó en una historia que sacudió la Prusia del siglo XIX y que mostraba la farsa sin fin que representaba esa sociedad falsamente pacata.

Fontane elige como protagonista a una inocente niña de diecisiete años que es obligada a casarse con un exitoso prefecto, antiguo admirador de su madre. Effi sustituye los juegos con sus amigas por el destierro en una gris ciudad de provincias. Effi lidia sola con un tedioso vecindario y una maternidad demasiado prematura. Tras numerosas negativas un atractivo militar encuentra un momento de debilidad de la joven. Un minúsculo desliz que desencadena la furia de su marido quien deja de ver a Effi como una niña necesitada de cuidados y cree descubrir en ella a una pecaminosa adúltera. Todos confabulan para arrinconar a la traidora, la apartan de su bebé y tan solo al final sus padres se apiadan de la tragedia de su hija.

Fontane acierta al relegar a un segundo plano al gallardo caballero que desencadena la debacle de Effi y en darle un justo protagonismo a su marido gélidamente reflexivo.

Es innegable la calidad del retrato de la sociedad prusiana, de los distintos personajes que actúan como meras comparsas en ese juicio despiadado. Se siente la asfixia de Effi en la ciudad balneario y su soledad en la cosmopolita Berlín pero aun así algo le falta a Effi Briest.

Thomas Mann dijo de esta novela que sería una de las seis obras con las que se quedaría de su inmensa biblioteca. Me cuesta discrepar con uno de mis escritores de cabecera. Mi personal lista de libros estaría encabezada por Los Buddenbrook e intentaría reivindicar la importancia de nuestra más famosa adúltera. Larga vida a La Regenta.

Effi Briest, Theodor Fontane
Traducción: Pablo Sorozábal Serrano

Alianza, 2011

jueves, 24 de julio de 2014

Los enamorados


No se necesitan interlocutores para desempolvar recuerdos. Tal vez sea mejor no oír nuestra propia voz señalando inconscientemente los errores y desmitificando los aciertos.

Un escritor en busca del éxito, una joven divorciada que persigue una nueva oportunidad en el amor. Nueva York despiadada con los frágiles pero también escenario perfecto para los sueños.

Acodado en la barra de un bar el protagonista parece dudar de la veracidad de su memoria. Como si fuera otro el que hubiera seducido a la mujer sin nombre, como si la huella del sufrimiento ya no existiera.

El lector recorre como un voyeur todos los estadios de una historia de amor; el nerviosismo ante la culminación, la emoción, la rutina, las peleas, la inevitable separación, la ceremonia del perdón y la despedida, sin olvido, porque cuánto más se anhela, éste más se aleja. El amante, tras la distancia inicial, consigue sumergirse en su propia historia y en una honesta autocrítica, enumera los golpes sufridos y propinados por uno y otro porque dicen que allí y entonces todo vale. Hayes consigue aislar a los dos protagonistas sin que el lector note la ausencia de un mundo que para ellos nada importa.

El potente comienzo ayuda al lector a vencer sus posibles reticencias iniciales. Hayes logra tomar una trama prostituida y darle otra oportunidad memorable. Con una casi desnuda construcción narrativa, pero sin renunciar a una cierta poesía,  crea el escenario perfecto para estos personajes que no esconden sus fisuras.

La editorial argentina La Bestia Equilátera rescata a Alfred Hayes, inglés de nacimiento pero hollywoodense de adopción, novelista, poeta y guionista (colaboró junto a Vittorio de Sica en el libreto de El ladrón de bicicletas) y le proporciona una merecidísima segunda vida. Con pulso cinematográfico Hayes disecciona un corazón roto como ni hubiera existido ninguno otro antes.


Los enamorados, Alfred Hayes

La Bestia Equilátera, 2010

domingo, 20 de julio de 2014

Un altar para la madre


La distancia entre el Véneto y Castilla se acorta cuando se trata de enumerar pueblos perdidos, tradiciones y recuerdos. El trazo de las autopistas impide distinguir los restos, y los caminos sin asfaltar pasan desapercibidos hasta por los descendientes de sus antiguos habitantes. El polvo y el tiempo borran lo que un día parecía eterno.

Ferdinando Camon homenajea a la mujer, campesina, analfabeta y luchadora. Una madre, insignificante para los anales de la historia, que rechazaba los espejos para no contemplar su envejecimiento. Una mujer sola en tiempos de guerra que sin hablar italiano sabía defender su dignidad ante los adversarios. Una madre que no creía en el cansancio y sí en el honor como único patrimonio.

Camon describe las consecuencias que tiene la muerte de su madre para todos ellos. Su familia descubre cómo la madre ayudó a un partisano durante la contienda. Solo entonces parece asimilar su viudo la ausencia. La muerte siempre ha sido para ellos parte del día a día pero el padre necesita erigir una altar que recuerde, en el mismo lugar donde ella salvó una vida, la permanencia de su memoria.

Las débiles manos de su marido construyen el altar mientras todos observan cómo pierde la poca energía que le queda pero gana la paz que busca desde la muerte de su esposa. Sus hijos son incapaces de frenarle porque también la sabiduría popular aconseja dejar a cada uno lidiar con sus recuerdos.

La mirada poética de Camon devuelve a su madre a la vida. La falta de fotografías le hace recuperar con una especial delicadeza y amor los momentos más triviales de su familia. Las exiguas comidas, los juegos, las jornadas eternas, las ropas remendadas, el trueque entre vecinos. El collage de una vida que destila agradecimiento, cariño y respeto.


Un altar para la madre, Ferdinando Camon
Traducción: Miquel Izquierdo 

Minúscula, 2014  

miércoles, 16 de julio de 2014

Algodoneros. Tres familias de arrendatarios.





James Agee y Walker Evans emprendieron juntos uno de los viajes más importantes para la historia del periodismo pero, sobre todo, para la esquiva conciencia de una nación que ignoraba, igual que ahora, las tragedias que tenían lugar más allá de sus rascacielos infinitos. Las distancias en 1936 no se medían en millas sino en décadas.

La revista Fortune reculó del encargo que había realizado a Agee y Evans. Sabedores de la potencia de su historia, de la narración y de las fotografías que la conformaban, buscaron una editorial dispuesta a publicar el producto de ese reportaje inicial. Publicada en 1940 Elogiemos ahora a hombres famosos se convirtió años más tarde en uno de los textos icónicos del siglo XX. En 2003, la hija de Agee descubrió el manuscrito de Algodoneros. Las más de 30.000 palabras que devuelven, como un zarpazo en la cara, la vigencia de todo lo que vivieron.

Agee estructuró Algodoneros con una precisión casi científica. Después de elegir tres familias del condado de Hale, en Alabama, con las que convivieron durante seis semanas, Agee distribuyó sus vivencias en secciones perfectamente compartimentadas: dinero, cobijo, comida, ropa, trabajo, temporada de recolección, educación, ocio y salud. A la luz de las mismas el lector no puede dudar de la fuerza y objetividad del mensaje. La disección casi forense de las miserias y la lucha sin cuartel de los Burroughs, Fields y Tingle: Niños concebidos como mano de obra extra  y condenados a convertirse en el clásico ejemplo del fracaso escolar sureño. La salud, como ahora, vista como un lujo inalcanzable. Los remedios caseros y los rezos están obligados a hacer el resto. La religión es el refugio de los que han perdido la fe en ellos mismos.


Conocedores de la experiencia única que tenían Agee y Evans eligieron tres familias tipo sin perseguir el sensacionalismo. El compromiso de Agee creó un nuevo periodismo, ya que ser fiel consigo mismo implicaba ir más allá de la fría narración de las costumbres y horarios.

La prosa de Agee es ciertamente rompedora, sincera, huye de metáforas innecesarias o de artificios que disfracen una realidad apabullante. Algodoneros es un ejercicio periodístico mayúsculo e igual de revolucionario y valiente que casi un siglo atrás. La miseria de la familias Burroughs, Fields y Tingle entroncan de manera directa con la de Tom Joad y los suyos, en Las uvas de la ira, de Steinbeck, o con la de los personajes de La parcela de Dios o El camino del tabaco, de Erskine Caldwell.

Agee completa su dolorosa visita, incómoda para los defensores del New Deal, con sendos testimonios sobre los negros y los terratenientes. Agee tuvo la valentía de hablar del odio irracional y el pavor que despertaban los negros. Agee elogió su talante artístico y la pureza casi infantil de sus sentimientos.

Mientras, los terratenientes, “padres” y “maestros” al mismo tiempo, dioses al fin y al cabo, repartían engañosas oportunidades y dudosa justicia, y despojaban a sus arrendatarios de los frutos de su trabajo y de lo que quedaba de una dignidad ya perdida.



Las imágenes que acompañan este texto tienen más fuerza que la mayor parte de ensayos y novelas que se han escrito sobre esta época. Enorme Walker Evans. Las miradas lánguidas y castigadas de los Burroughs, Fields y Tingle se clavan sin remedio en el lector que desde entonces saben cuál es la verdadera cara de la miseria.

Algodoneros es un texto eterno, como eternas son las consecuencias de la Gran Depresión. Asusta y fascina por igual la vigencia de Algodoneros, la vigencia del viaje de James Agee y Walker Evans.


Algodoneros. Tres familias de arrendatarios, James Agee y Walker Evans

Capitán Swing, 2014

Cotton Tenants. Three Families. James Agee & Walker Evans
Melville House Publishing, 2013

domingo, 13 de julio de 2014

No mires abajo




Nadie parece recordar los tiempos en los que se hablaba de William Sansom como el pariente inglés de Franz Kafka. Escritor, guionista y actor amateur, encarnó la inquietud intelectual del Londres de la posguerra. Sansom, además de brillante biógrafo de Proust, dejó como legado algunos de los mejores relatos del pasado siglo en Inglaterra.

Sansom sorprende con una inusitada versatilidad y una imaginación capaz de crear los más increíbles escenarios. El vértigo experimentado al leer La escalera vertical es insólito en literatura. Así como la asfixia causada por la terrible espera de la monja que agoniza encerrada en una celda, en Una habitación pequeña. El delirio más absoluto atenaza al lector en Pansovic y las arañas.

Sansom juega magistralmente con la angustia del lector, con el pulso de la narración. Prolonga la tensión de manera cinematográfica. Cada uno de los relatos toma posesión de nuestro cuerpo y nuestra mente. Un desafío que prohíbe lecturas superficiales.

Una escritura que reconcilia con el mundo de los detalles, de los silencios y de los sentimientos que son desechados por nimios y que, magnificados por Sansom, se convierten en catalizadores de inusitadas sensaciones.

Sansom, un cuentista mayúsculo que persiguió tan poco las luces y aplausos como Kafka hizo.  No mires abajo provoca un delicioso escalofrío.

No mires abajo, William Sansom
La Bestia Equilátera, 2012


jueves, 10 de julio de 2014

Es un decir


Es difícil acallar el estruendo de los aplausos unánimes, confiar en reseñas elogiosas que hacen creer en peligrosas comparaciones, poner un pero, o dos, a la elección de los herederos.

La lectura en diagonal de los medios (y en ella ya se ha invertido demasiado tiempo) descubre una y otra vez los mismos nombres, las mismas caras. Los escritores hablan hoy en día del legado de autores que desconocen, del tiempo o del Nasdaq.

En los últimos años el mundo literario ha buscado con escaso éxito sucesoras a Matute, Martín Gaite o, por qué no, a una Belén Gopegui ya deformada. Las campañas de marketing son el sinónimo del todo vale; pero no hay engaño alguno porque así deben tomarse.

Jenn Díaz ha acaparado infinitas columnas (escritas por ella y por otros) y muchos flashes. Es un decir, salto de la autora a Lumen, prometía un regreso a la literatura de antes. Una alternativa a Tao Lin, Viola di Grado o similares.

Díaz elige como protagonista a una niña de once años que reside con su madre y su abuela en un pequeño pueblo. Mariela es arrojada al mundo de los adultos tras el asesinato de su padre. Ha de aprender a convivir con las ausencias y  los secretos familiares.

La voz de Mariela, que debería ser el pilar fundamental de la novela, resulta repetitiva, impostada. Su monólogo se hace pesado e irreal en alguien de su edad. La trama, lejos de ser original, carece del verdadero encanto de “lo rural”. La repetición sistemática del título es un ingrediente tramposo que no hace sino restar autenticidad. Mucho me temo que, al menos para mí, el futuro de la literatura femenina en español no tiene el nombre de Jenn Díaz.

Si hay que nombrar talentos precoces, yo pienso en Thomas Mann. Manías que tiene una.

Es un decir, Jenn Díaz

Lumen, 2014