miércoles, 23 de abril de 2014

Los extraños


Las fotografías que se encuentran en el fondo de los cajones encierran mayores secretos que aquellas que presiden los lugares de honor en cualquier casa. Las historias que merecen la pena son susurradas en los pasillos y de sus protagonistas no se desea recordar ni tan siquiera sus nombres. Pero pocas familias tienen en su seno a un guardián de estas censuradas memorias.

Vicente Valero desgrana la vida, a base de realidades y conjeturas, de cuatro secundarios de su genealogía. El abuelo muerto demasiado joven, el único hijo varón destinado a ser abogado y que prefiere trazar nuevas rutas en el aire. El tío que vuelve tras una larga ausencia para hacer las paces con su hermano, con su pasado y con la propia muerte. Dos tío abuelos: un militar republicano que frecuenta el Ateneo y un artista que se refugia en México en busca de los aplausos que nunca recibió en Ibiza y de un amor prohibido en una isla que dista todavía de ser abierta.

Vicente Valero es la verdadera Ibiza, cuando supera la resaca y se despoja de las lentejuelas. La casa en la muralla, las playas desiertas en invierno, los cultivos y la pesca. Valero, como hacen los grandes poetas, susurra estas cuatro historias con una prosa envolvente y certera. Sin necesidad de luces de neón y grandes artificios. Una prosa seca, delicada y respetuosa con los personajes que viven en ella.

En este Día del Libro no hay mayor acierto que comprar o regalar Los extraños.

Los extraños, Vicente Valero
Periférica, 2014



lunes, 21 de abril de 2014

Americanah


África se despoja lentamente de mitos tribales, diamantes de sangre y paternalismos colonialistas. Los países del primer mundo celebran cada logro de estos hijos díscolos con una media sonrisa escéptica. Las editoriales y revistas literarias hablan de modas y se apresuran a colocar en fila a varias escritoras del continente tildándolas de “hermanas”. Se opacan sus logros y talentos individuales por culpa de la incultura y del maldito afán de crear listas y generaciones.

Chimamanda Ngozi Adichie elige como protagonista de Americanah a Ifemelu, una joven de Lagos que consigue estudiar en Estados Unidos y dejar detrás una vida de clase media y un amor adolescente que no parece ser suficientemente fuerte para atarla a África. Tras su inicial deslumbramiento Ifemelu se convierte en una suerte de Tocqueville moderna y pone nombre a los miedos y rencores de los afroamericanos y a la torpeza de los liberales blancos, adalides de lo políticamente correcto. Las miserias del país de las barras y estrellas se adivinan por igual en las barriadas neoyorquinas o en los rincones de Yale, Princeton o Harvard.

Americanah no es la emigración económica, ni pateras ni polizones, sino la emigración emocional, intelectual de los compañeros de aquellos que solo vuelan en Business y compran en petrodólares. Un viaje que busca alejar a las nuevas generaciones de una África consumista y fanática, falsamente igualitaria y democrática. 

Pero Chimamanda, con un pulso ágil, no solo ha dado voz a una mujer nigeriana. Por Americanah desfilan personajes inolvidables con tanto o más brillo que Ifemelu. El novio abandonado, Obinze, es un nuevo hombre africano, cultivado, sensible y que lucha impotentemente, y casi siempre en silencio, contra unas convenciones que se perpetúan sobre todo por el inmovilismo de los no emigrantes. Curt, un WASP fascinado por las mujeres exóticas. Blaine, un intelectual afroamericano, almibarado descendiente de las Panteras Negras. La tía Uju y su hijo ilegítimo, fruto de una historia de amor que habla de dictaduras y generales.

Sin embargo, Chimamanda se deja vencer por los finales felices y de manera apresurada pone una mordaza a unos secundarios que tejían deliciosas subtramas. Un cierre en falso que resta un poco de brillo a la inolvidable Americanah.


Americanah, Chimamanda Ngozi Adichie
Literatura Random House, 2014





miércoles, 16 de abril de 2014

El jilguero


El estruendo de los aplausos a El jilguero acobarda a los que desean poner un pero. La unanimidad acarrea numerosos riesgos, como el miedo a disentir y la ceguera autoimpuesta.

Theodore, el joven protagonista, pierde a su madre en un atentado terrorista en un museo. Durante la confusion de los primeros momentos aprovecha para llevarse un cuadro, El jilguero, de Fabritius. El pequeño lienzo se convertirá en su salvavidas y también en su condena.

Thedore ha de vivir sin la luminosidad de su madre, una mujer que convertía Nueva York en un acogedor escondite para su hijo. Tras su muerte encuentra refugio en la casa de la disfuncional familia de su único amigo. Pero Central Park no es lugar para Theodore, su padre ausente regresa para encerrarle en el peor de los desiertos. En Las Vegas se despoja de su uniforme de colegio privado y junto a un aprendiz de delincuente juvenil crea una suerte de república ácrata y peligrosa. Las drogas no mitigarán el peso de los recuerdos ni impedirán que Theodore siga huyendo.

Tartt desarrolla con acierto la soledad y la orfandad de Theodore en la primera mitad de la novela pero pierde el control al añadir un suspense impostado. Precipita unos acontecimientos mal construidos que añaden un ritmo desenfrenado que deshace el equilibrio del principio y da la bienvenida a un cierto caos. Controlado pero caos al fin y al cabo.

Después de casi mil doscientas páginas los buenos recuerdos del principio quedan desdibujados por el extenuante sprint final que deja a un lector agotado.

Los editores que tan bien diseñaron su campaña de marketing deberían haber cumplido con su tradicional trabajo. No es tan difícil ponerle puertas al campo.


El jilguero, Donna Tartt

Lumen, 2014

sábado, 5 de abril de 2014

El reparador



El fin último de Bernard Malamud no fue nunca convertirse en el retratista de los judíos en Estados Unidos. Su viaje literario trascendió las fronteras y adoptó también a los gentiles como personajes. El reparador, reverenciado por, entre otros, Philip Roth, narra las desventuras de Yakov, un judío ucraniano que malvive haciendo pequeñas chapuzas en un pueblo gris y agonizante. Kiev encarna su particular el Dorado donde al final descubrirá que la perfidia y la mala suerte persiguen sin descanso a los más pobres.

Malamud, a diferencia de otros autores como Bellow o Roth, se aleja de la comodidad del sueño americano y regresa a sus orígenes para narrar la implacable injusticia del viejo continente.

El periplo de Yakov desde su aldea natal hasta Kiev es un duro pero delicioso viaje migratorio que empareja a los lectores con los cadáveres que deja a su paso. La prosa de Malamud es seca, certera y con una cadencia que encaja con la densidad de la mentira que vive Yakov.

Sin embargo, su encarcelamiento sumerge al protagonista en un amargura que aunque esclarecedora se hace eterna y que hace desear escapar de sus páginas. El reparador es una interesante inmersión pero que corre el riesgo de acabar con nuestro oxígeno y nuestras fuerzas.

El reparador, Bernando Malamud

El Aleph, 2011

miércoles, 2 de abril de 2014

Una confesión póstuma


William Termeer hace partícipe al lector en las primeras páginas de Una confesión póstuma de su crimen perfecto, el asesinato de su esposa. Pero esta confesión la entona sin la pasión que se le presupone a un psicópata o el arrepentimiento de un pusilánime.

Termeer, compañero de correrías de protagonistas de Rousseau y Dostoievski, retrata su infancia como niño neurasténico despreciado por, entre otros, un padre adicto a la pornografía. Su temprana orfandad e inesperada riqueza le permiten viajar por el viejo continente en busca de las experiencias que siempre se le han negado por su oscuro y agrio carácter.

William genera antipatía y desprecio, las mismas sensaciones que experimenta él mismo cuando se contempla en el espejo. Pero William alcanza su objetivo, alejar la lástima de su lado. Consigue que la convivencia con él resulte asfixiante e insoportable. También para un lector que se enfrenta a las bajezas del ser humano. Las suyas propias. Un descenso a los infiernos que el sobrevalorado amor acelera.

Una introspección de mano del dramaturgo más importante de la historia de los Países Bajos que marcó el camino para Musil, Kafka o Svevo. Un testimonio literariamente único que es en realidad una de las primeras sesiones de psicoanálisis.

Una confesión póstuma, Marcellus Emants
Sajalín, 2013