lunes, 20 de enero de 2014

Canadá



Abracemos la amnesia y leamos Canadá como si de una ópera prima se tratara, como si hubiera sido escrita por un genio con huellas de acné de uno de los talleres creativos de la Universidad de Michigan. Pensemos también que sus dos partes están unidas en la búsqueda de la reducción de costes, del atractivo de vender dos novelas por el precio de una.

Dell y Berner, gemelos de quince años, asisten al desmoronamiento de la vida de dos inmaduros que dicen ser sus padres. A la sombra de una base estadounidense, idéntica a aquella en la que Elvis pasa sus años de gloria sirviendo a una patria exigente y desagradecida.

Los señores Parsons son hábilmente diseccionados por Dell, la verdadera víctima de su atraco, el único que acierta a ver en ellos una copia chapucera de Bonnie y Clyde. Dos seres perdidos y engullidos por una bandera de barras y estrellas que ni tan siquiera cubrirá el ataúd del antaño héroe de guerra.

Las luces y las sombras de una familia de los años cincuenta se esconden en ese barracón de madera. El despertar sexual, la liberación femenina, la orfandad de las generaciones que crecen entre campañas y galones, el fracaso. No está permitido soñar en el seno del glorioso ejército “americano”.

Pero el autor erra el tiro, incluye un crimen y un cruce de fronteras innecesario que conduce a Dell a la pobreza narrativa. La segunda parte de esta novela fallida alberga un maremágnum de vidas cruzadas, irreales pero sobre todo frías. Ya no están los Parsons, se busca con fruición el encanto de esa patética familia. Canadá, en este caso, no es garantía de una mejor vida.

Y descubramos al fin, al cerrar el libro, que este es uno de los grandes lanzamientos del pasado año, obra de Richard Ford, o, por qué no, de su negro literario. Los errores que podrían perdonarse a una joven promesa no pueden ser ya maquillados. Sorprende, incluso enfada, el apresuramiento con el que Ford conduce al lector al final de sus páginas. Como si ni él mismo siguiera creyendo en el pobre Dell Parsons.


Canadá, Richard Ford
Traducción: Jesús Zulaika 
Anagrama, 2013








domingo, 12 de enero de 2014

La novia de Aquiles



Las jóvenes democracias esconden entre bambalinas los cadáveres putrefactos que no lograron enterrar las falsas salidas a las dictaduras.

Hay países, como Grecia, a los que los dioses han impuesto un perpetuo castigo. La ocupación nazi, la dictadura, la crisis económica, el desmantelamiento de una civilización, el acoso de la troika. Y las miles de vidas maquilladas para la fotografía, la de una reconciliación que nunca llega.

Eleni, nombre de guerra de Dafni, recuerda desde un tren de atrezzo parisino, con la frialdad que enseña el excesivo sufrimiento, distintos episodios vitales marcados por el amor a un héroe clandestino. Un enamoramiento imberbe fraguado entre columpios. Eleni hizo una promesa de fidelidad sin apenas consciencia. Por ella renunció a su madre, al verdadero amor, a Roma, también al cariño de una hija a la que educa como apátrida. La ciudadanía del mundo impuesta es la peor de las torturas.

Alki Zei huye de la lágrima fácil y con maestría fluyen los cambios de escenario (Atenas, la Unión Soviética, París y Roma). Trescientas páginas que recorren varias vidas y un dolor tan hondamente apacible que graba en el lector una profunda huella.

La cercanía mediterránea parece convertirse en un obstáculo insalvable para que novelas como La novia de Aquiles viajen hasta mentes afines. Deberían ser objeto del boca a boca: Alki Zei ha hecho historia, no solo la de Eleni, al fin y al cabo la suya propia: ha hecho historia como lo hacen los grandes, con tiento y de manera silenciosa.

La novia de Aquiles, Alki Zei
Traducción: Coralia Pose y Pedro Guil 
Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2013


P.d. No hay mayor regalo que recomendar un gran libro. Muchas gracias, Regina.

P.d.d. Este libro pasa a formar, por derecho propio, parte de la lista de los mejores libros de 2013.