lunes, 25 de noviembre de 2013

Karoo



¿Quién es Karoo? O más bien, ¿quién no es Karoo?, ¿quién no tiene algo de él? Su soledad, su autoengaño, su búsqueda perpetua de la felicidad, las cuentas impagadas con el pasado, y la actuación en una función sobre una vida ideal –e irreal- para un único espectador, uno mismo.

Karoo no es Ignatius Rilley, demos gracias. Tampoco es Woody Allen en Manhattan. El paseo neoyorquino de Karoo es profundo y doloroso, y los escaparates que arrojan su derrotado reflejo, nos obligan a incluirnos en ese diseccionado retrato.

Nuestras carcajadas acompañan al bueno de Saul en esa fiesta elegante y patética de año nuevo de sus primeras páginas. Pero rápidamente, a medida que se arrancan las hojas del calendario, las carcajadas se tornan en sonrisas contenidas. Más tarde en estupor. Y al final, cuando a duras penas sobrevive Karoo, solo nos queda acostumbrarnos a una mueca gélida que nos impide reconciliarnos con la vida.

En su renacer Steve Tesich no se merecía esta cubierta desacertada e incómoda, esta viñeta de una mala novela gráfica. ¿Dónde está la mirada de Karoo? ¿Dónde está su historia? ¿Cómo se puede transmitir este puñetazo en el estómago, este golpe maestro que aturde nuestros reflejos y sacude nuestras neuronas?


Karoo, Steve Tesich
Seix Barral, 2013





domingo, 17 de noviembre de 2013

Del color de la leche


Como el silencio que precede a una gran tormenta. Así llega hasta nosotros Del color de la leche, sin ruido, con delicadeza, casi pidiendo excusas por haberse hecho hueco entre las novedades de este otoño. Quizá los lanzamientos de las grandes editoriales puedan apabullarla con sus carteles multicolores, marcapáginas y fajillas descaradamente mentirosas. Pero no hay fuego y artificio capaces de hacer de menos a esta gran novela.

Muchos querrán adivinar en su cubierta delicada y doméstica a una heredera de las grandes damas literarias inglesas. Mary no es té con pastas en una gran casa, no es bailes en parroquias ni paseos en calesa. Mary es la vida misma, la lucha a brazo partido, el campo y las inclemencias meteorológicas, el dolor por el trabajo y las palizas, el amor a cuentagotas.

Los pájaros no se posan en su ventana para darle la bienvenida a un nuevo día. Es ella quien despierta a los cuervos y también quien descubre las verdades a sus vecinos. Ella, que tan solo busca el aprendizaje del abecedario que pueda relajar en algo el peso de sus cadenas.

Y el lector es abofeteado por la realidad atemporal y por la superioridad moral e intelectual de una campesina, de una criada que aprieta los dientes y se niega a aceptar que no hay esperanza para ella.

Leyshon deslumbra con un estilo directo, sin concesiones, que no deja tiempo ni ganas de coger aliento. Pero Mary no merece nada menos. Qué historia, qué talento. 


Del color de la leche, Nell Leyshon

Sexto Piso, 2013

lunes, 11 de noviembre de 2013

El plantador de tabaco


Érase un libro inmenso, una novela épica, un protagonista quijotesco y un gallardo escritor que logró una de las más importantes gestas que se recuerdan. Su antihéroe, Ebenezer Cooke, pertenece a un mundo que ya no existe. A un olimpo de dioses literarios desde el que estos se burlan de nuestras prisas y nuestra superficialidad.

El viaje de Cooke por las colonias se convierte en una hipnótica travesía, de la que no alcanzamos nunca a recobrarnos porque su ritmo y belleza nos dejan aturdidos mucho después de que pisemos tierra. Cada aventura, cada chanza y mascarada encumbran aún más a este inigualable Poeta Laureado.

La lucha por el honor, la creación o por su desdeñada virginidad hacen de Ebenezer el protagonista total. Defiende a mujeres, viejos, negros, indios o borrachos con el maravilloso candor de quien no se sabe un salvador salvado. Maryland en el siglo XVII es su genesiaco escenario y nosotros, los afortunados invitados.

Esta obra monumental parece tan solo propia de un contemporáneo del joven Poeta Laureado. Pero no, John Barth es de los pocos escritores vivos que demuestran que la literatura necesita de dedicación y trabajo y que siempre se ha de regresar a los clásicos. Háganse un favor, regálense El plantador de tabaco

El plantador de tabaco, John Barth
Sexto Piso, 2013

P.d. Espectacular trabajo de traducción por parte de Eduardo Lago y aplaudidísima labor de reedición de Sexto Piso. 


lunes, 4 de noviembre de 2013

El sermón sobre la caída de Roma



La isla como escape. Como infinito. Sin leyes, solo la aristocracia de los forajidos. La isla como celda y como infierno.

La supervivencia del más fuerte es un fin que justifica los medios. Los elegidos de Ferrari son jóvenes y descarados. Siguiendo los dictados de los dioses.

En un pequeño bar se juega la vida y la muerte cada noche a los dados. Las mujeres, siempre traidoras, seducen, confabulan y roban. Porque en un mundo de hombres, de nuevo, el fin justica los medios.

Los euros mojados en copas y los polvos al amanecer esconden las caídas, incluso la de Roma. Las tragedias en una isla se tornan pronto en épica cuando las velas en las iglesias están todavía humeantes.

Ferrari sabe de violencia, del mal innato en los hombres, que nunca fueron de buena voluntad. La escopeta, el cuchillo y el garrote. La virilidad y sus reglas.

Donde dejé mi alma fluía, tal y como hacen los más bajos instintos cada día ante nuestros ojos. Una frase corta, certera; apenas dos palabras farfulladas por un preso que saboreaba su propia sangre y su propia derrota. Dos antagonistas unidos por el mismo odio, el que se profesaban el uno al otro. A lo largo de sus escasas doscientas páginas el estupor y la fascinación nos atenazaban por igual.

¿Pero dónde se encuentra a Ferrari en El sermón sobre la caída de Roma? Ferrari ya no fluye, ya no lanza golpes secos, precisos. Solo hay infinitas diatribas y una gran puesta en escena en la que los personajes no alcanzan a encontrar su sitio. A veces hay que retornar al punto de partida, del que Ferrari nunca debió haber salido.


El sermón sobre la caída de Roma, Jérôme Ferrari
Mondadori, 2013