jueves, 22 de agosto de 2013

Juego y distracción



El tiempo blanquea los malos recuerdos pero también imparte justicia a inmerecidos vencedores. Las tramas de los libros se desdibujan y solo sobreviven ciertos impulsos animales.  Pasión o desprecio porque la indiferencia es para los cobardes.

Pasados los días puedo decir que Juego y distracción gira en torno a un engaño, una mentira tejida por unos ingredientes falsamente aparentes. Salter promete romances tórridos, paseos por la campiña francesa y el apasionante diario de un americano en París.

Es verano y con el ánimo aletargado quién puede poner a esto algún obstáculo. En mi cabeza eran los años cincuenta y, en lugar de playas abarrotadas, quería tumbonas de infinitas rayas de colores y blancas casetas de baño.

No se puede culpar al narrador, cómplice sin vida, de ser incapaz de plasmar la inexistente profundidad de una relación que ni tan siquiera entiende. Este amago de folletín de ricos y pobres, de sofisticados neoyorquinos y campesinas bretonas que retozan en recoletos hoteles se hace mareante e interminable. No hay verborrea con fugaces brillos ni sexo excelso que pueda resucitarlo.

Es verano pero mis anhelos no han cambiado, tan solo leer buenas historias y huir de autores sobrevalorados. Después de tantos meses de espera, la decepción es lo único que Salter ha dejado tras su paso.


Juego y distracción, James Salter
Salamandra, 2013