lunes, 8 de julio de 2013

Capital




Londres, principio y final de sueños, y también de infiernos. Crisol de mil nacionalidades y de aún más desgracias. Las quimeras están pasadas de moda y los castillos en el aire son territorio de locos. Es tiempo de pisar madera, con firmeza, porque si uno se descuida, mueven la alfombra y se cae de bruces en el suelo.

Desde los grandes rascacielos de Canary Wharf el mundo sigue siendo una plaga de hormigas. El orden de las cosas siempre vuelve a funcionar para los inmortales. No son siete vidas, sino siete ceros en las cuentas bancarias. Pero siempre queda una recoleta calle en la que habrá menos sol que lluvia. Allí, en la cola del paki de la esquina, cada uno rumia sus soledades. 

Dickens caminaría sin rumbo por barrios antaño obreros de los que el acento Cockney desapareció hace rato. Lanchester, tomando el relevo, retrata el desmoronamiento de la pirámide de naipes. Una colección de amenazas que bastaría para desquiciar a una idílica comunidad, si sus convecinos no hubiesen estado ocupados en esconder los escombros que han dejado las crisis religiosas, financieras y emocionales.

En época de hecatombes las prioridades cambian. El vecino se monta en el Maybach con los Chuch’s relucientes y fantasea con la niñera durante todo el viaje hasta la City. El padre de un niño soldado del fútbol mira por la ventana y desprecia los setos y las magnolias. El respeto está en África, no en un una calle de cartón piedra. Lahore se convierte en sueño y pesadilla dentro de la misma familia. Los precios y las ambiciones se disparan y la abuelita inglesa de moño erguido y chaqueta de lana muere sola, sin poder encontrar consuelo en los paisajes de su infancia.

Lanchester ha tejido una suerte de brillante Vidas cruzadas, donde no se desdeña a ningún personaje. La maquinaria funciona con precisión, envidiablemente. No hace falta ser joven e iconoclasta, ni Zadie Smith, ni un chico Granta. Lanchester, reflexivo y observador, organiza un impactante desfile, hace bailar a su son a los protagonistas sin que estos pongan resistencia.   

Los propósitos de enmienda duran lo mismo que una demoledora jaqueca. Cuando los índices de crecimiento vuelvan a retomar la senda, los vecinos dejarán de exponer las miserias. Ni rastro de la solidaridad ni de la falta de vergüenza. Espero que entonces vuelva Lanchester, imprescindible, a llamar a cada puerta.

Capital, John Lanchester
Anagrama, 2013