martes, 25 de junio de 2013

La verdad sobre el caso Harry Quebert




Mucho antes de que Joël Dicker sorprendiera a propios y extraños con un certero pero fácil retrato de la costa este de Estados Unidos, Kazuo Ishiguro era un invitado de postín en las grandes mansiones inglesas. Mucho antes de que desde la orilla izquierda del Sena juraran ver en Dicker al legítimo heredero de Philip Roth, Ishiguro hablaba de tú a tú con Evelyn Waugh. Tristemente las hipérboles han ganado terreno en este siglo de miserias y mentiras.

Intriga metaliteraria, cruce entre John Irving, Larsson y Nabokov… Digerir esta campaña de marketing es difícil de hacer sin un tranquimazín bajo la lengua y un whisky doble en la mano.

Marcus Goldman no es una versión 2.0 del joven Bartleby. Su crisis de fe ante la palabra escrita se reduce a un empacho de canapés en la Quinta Avenida. La disputa de egos entre el discípulo y el maestro Harry Quebert, por mucho que pretendan los críticos, no establece inamovibles máximas sobre la escritura.

Aurora, Maine es la hermana pequeña y liberal de Twin Peaks y la Lolita local, Nolla, una fotocopia en 3D de la señorita Palmer. No hay lugar para metáforas sobre boxeo y literatura cuando los cadáveres pudren las petunias.

La verdad sobre el caso Harry Quebert, esa falsa superstar, ni tan alta, ni tan guapa, ni tan rubia. Sí un lucido ligue de verano, coqueta y bastante llamativa. Pero llega el invierno y se cuentan los días para que llegue agosto y con él la nueva chica bonita.


La verdad sobre el caso Harry Quebert, Joël Dicker
Alfaguara, 2013 

martes, 18 de junio de 2013

Limónov



Barriadas, guetos, banlieues. La miseria globalizada no muda de piel y enseña los mismos dientes comidos por la droga y el hollín de las fábricas. En cualquier descampado hay un niño que se jura a sí mismo que él será diferente. Limónov no hay más que uno o tal vez cientos de ellos. La incredulidad aconseja desconfiar de la omnipresencia de cualquier testigo. Moscú, Nueva York, París y Sarajevo. Demasiados papeles para un solo cretino.

Limónov vomitó su única verdad tras una borrachera sobre la nieve soviética. El diablo despiadado y gélido ya no se vende ni por vodka ni un Kaláshnikov ni por un fogoso polvo con un sudoroso negro. Las pasiones literarias y la política sólo le interesan si le proporcionan prostitutos de todo tipo.

Camino de los Balcanes, el voyeur, cansado ya de tanto viaje y artificio, abandona a Eduard. Quizá no quiera presenciar cómo Carrère acaba siendo devorado por su propio personaje. Limónov, henchido de orgullo y de ego, arrincona a Emmanuel e impone su orden. 

La road movie languidece hasta convertirse en una telenovela falta de picos de audiencia e irresistibles malvados. El lector no perdona que el antihéroe quiera deshacerse de él gracias a falsas coordenadas históricas. Pero tras esa bruma, Limónov desaparece, a pesar de todo lo que Carrère pueda hacer para esconder esa huida. El único recuerdo de esa aristocracia de canallas son sus cenizas.

Limónov, Emmanuel Carrère
Anagrama, 2013

martes, 11 de junio de 2013

El arte de la defensa




Es ya casi época de fichajes y de organizar difíciles convivencias entre viejas glorias y nuevas promesas. Ojeadores avezados como Jonathan Franzen o John Irving han considerado que Chad Harbach merece estar en su nueve inicial. Los lectores del país de las barras y estrellas han vestido de nuevo sus raquíticos y ajados uniformes y las gorras del equipo de su pueblo. El beisbol como metáfora de la vida, pero más del sexo.

Chad no ha querido darse cuenta de que los ecos de su deporte rey no van más allá de Venezuela. Las visitas a los colleges dan más juego si los cicerones son nerds o deportistas de élite que se ponen de esteroides hasta las cejas.

Los constantes guiños de Harbach a Melville, Emerson o Thoreau chirrían por deshonestos. Henry David hubiera salido enfurecido de su cabaña en Walden, escopeta en mano, para liarse a tiros con todos los hipsters que quieren hacer de él su dios.

Harbach quizá pensó que cualquier tiempo pasado fue mejor. Los reinados en Harvard no admiten despedidas y los recuerdos, aunque se travistan para transitar por las calles de Nueva York, siempre serán edulcorados. No hay sesiones de estudio nocturnas, entre porro y porro, en un community college ni graduaciones en los parkings de un Best Buy. Sólo camisetas de deporte almidonadas y fuentes con agua de sabores.

Ni Henry ni los suyos escupen sobre la tierra y, como mucho, farfullan cáspita como muestra de su incorregible rebeldía. Los amores prohibidos suenan a confesionario de Oprah. Tal vez por eso a la Winfrey le han hecho este año honorable doctora.

Quizá sea mejor chupar banquillo en una universidad de tercera, donde Ray Pollock ejerza de entrenador y repita, antes de cada partido, “Esto es agua” de Foster Wallace.


El arte de la defensa, Chad Harbach
Salamandra, 2013






martes, 4 de junio de 2013

La invención del amor




Las buhardillas y los áticos presumen de tener acceso directo a un mundo mejor, quizá no más feliz pero sí más libre. Desde minúsculos balcones, el infinito, hecho de tejados, promete redibujar la realidad al gusto del mejor postor. Los solitarios juegan a un perpetuo escondite y cualquier melancolía que no sea la propia, sobra.

Hace pocos veranos, los descorches de botellas y los gritos de borrachos poblaban las azoteas; hoy, desde ellas sólo caen colillas de tabaco de contrabando; la ceniza de aquellas fiestas. 

Observar el horizonte con una copa en la mano no es el pasaporte a la lucidez ni la garantía de una salida. En vez de arrojarse al vacío, muchos prefieren sembrar de cristales rotos las aceras. La desgracia hace tiempo que quiso de dejar estar sola y para ello grita a los cuatro vientos que es inútil cerrar puertas y ventanas, se colará dónde mejor le parezca.

Samuel es un secundario de Treinta y tantos. Las series envejecen y los estereotipos, una vez desempolvados, pueden viajar de una a otra década. La soltería elegida, la alergia al compromiso, la muerte de una planta, el fregadero a rebosar. Déjàs vus que obstaculizan la ficción que, con razón, a veces es intolerante con las grandes dosis de irrealidad.

Samuel experimenta gracias a Clara, una amante accidental e imaginaria, la catarsis que viene de la mano de una crisis global. Pero las coincidencias absurdas y excesivas necesitan brillantes ventrílocuos para funcionar. Ovejero, audaz en su planteamiento, no parece entender que lo que se busca en esas azoteas es dar la espalda a los rascacielos. Samuel y sus reflexiones nos alejan, contra nuestra voluntad, de un Madrid castizo y nos abandonan en una suerte de irreal Upper West Side.


La invención del amor, José Ovejero (Premio Alfaguara de Novela 2013)
Alfaguara, 2013