viernes, 31 de mayo de 2013

Doctor Glas




Suecia es tierra de crímenes desde antes de que Kurt Wallander aprendiese a decir su propio nombre. Llegó el estado del bienestar y la víctima de esa pantomima fue Olof Palme. Los mafiosos y racistas no dejaron que la sangre del presidente muerto se secara en las calles de Estocolmo.

A pesar de este catálogo de miserias, que ya no encuentran rincón donde esconderse, el sur, retaco y moreno, mira al norte como hace un niño a su hermano mayor. Qué alto, qué tías más buenas se liga, menudo cabrón. Pero tristemente, el pelo rubio y los brazos hercúleos a veces cumplen los estereotipos. La desgracia, implacable juzgadora, ha decidido prescindir de intocables y de paraísos.

Mucho antes de que Maj Sjöwall y Per Wahlöö, Henning Mankell o Stieg Larsson se llevaran méritos que no les correspondían, Strindberg y Söderberg demostraron que Suecia no era más que un gran teatro. Un decorado de calles inmaculadas y casas de cuento que no podían tenerse en pie por la cantidad de sucios secretos que guardaban.

El doctor Glas, ciudadano intachable, pañuelo doblado, bastón con puño de plata. Pensamientos puros y actos a la altura. Pero qué sucede cuando algo rompe este gris y falso equilibrio. El doctor Glas no pudo decir que fuera el amor lo que cambiara todo. Fue él mismo, el saber que él, ser anodino, podía jugar con la vida de los demás como vulgares piezas de ajedrez. Poco importaba la felicidad de los protagonistas. Excusas que ni siquiera él quería creer. Una vez iniciado el paseo por la mente de Glas, ningún lector podrá ni querrá dejar recodo por explorar.

Söderberg fue tachado de cínico y pesimista. Ojalá que a todos nos pudieran acusar de lo mismo. Colocar a un país delante de un espejo siempre ha pasado factura y convierte al sociólogo involuntario en un suicida.


Doctor Glas, Hjalmar Söderberg
Ediciones Alfabia, 2011







miércoles, 29 de mayo de 2013

Knockemstiff




A Ray Pollock se le puede acusar de muchas cosas pero, ante todo y sobre todo, de incitar al sadomasoquismo. Y es que uno termina Knockemstiff y quiere más. Más suciedad, más horror, más violencia, más desorientación en esa maldita hondonada sin brújula ni calendario. En ese pedazo de infierno sobre la tierra que no merece ni una cruz en un mapa de carretera. Pero hoy, a Knockemstiff se le debe un monumento con luces y mármoles varios gracias a su más insigne ciudadano.

Parece imposible creer que un talento tan inmenso viviera recluido más de cincuenta años en una fábrica de Ohio. Pero tampoco cuesta imaginar a Donald arrastrando las botas por las polvorientos senderos, liándose un cigarrillo, mientras observa las sombras de sus vecinos tras las ventanas de caravanas, gasolineras y hasta bares clandestinos.

Ray Pollock recordó dentro y fuera de Estados Unidos que entre las costas no hay tan solo un infinito desierto. Se acabó el glamour neoyorquino y la falsa libertad californiana, vuelve Steinbeck de la mano de sus herederos, de los que en busca de El Dorado se quedaron a mitad de camino.

Knockemstiff es el patio trasero de Detroit, donde descansan esqueletos de coches y carteles de casas en venta. Rodríguez y Ray Pollock, compañeros de turno y vecinos de taquilla. La dureza del día a día no se exterioriza. Al caer la noche, con una cerveza en la mano y sentados en los escalones de un desvencijado porche, no se encuentra más refugio que en la música o en la palabra escrita. 



Knockemstiff, Donald Ray Pollock
Libros del silencio, 2011

viernes, 24 de mayo de 2013

La naturaleza de las lágrimas



Hoy en día ya no se admite cualquier tarjeta de presentación. Sin embargo, los apellidos siguen siendo moneda de curso legal y la burbuja universitaria está más cerca de explotar.

Los premios y doctorados honoris causa rellenan espacio en Wikipedia pero, a la hora de la verdad, son insorteables obstáculos en el viaje que une la librería con el corazón del lector. Los prejuicios buscan cualquier recodo y, por arte de magia, empiezan a leer por encima de nuestro hombro.

Todos –que levante la mano quien no- nos identificamos con los paisanos que gritan a los tuercebotas en el estadio de fútbol, asegurando que, si bajaran al campo con sus ciento cuenta kilos, sin duda lo harían infinitamente mejor. Pero también hay autores que se juran Mourinho y que creen que un nombre y un devaluado prestigio garantizan cualquier éxito.

Peter Carey es un nómada de la imaginación. Lo mismo acompaña a Tocqueville en su viaje por América como destripa autómatas en Alemania. Pero. a veces, la brújula se estropea y de nada sirve en tierras extrañas la orientación.

Carey mezcla dos tiempos -el Londres contemporáneo y la Sajonia de fines del XVIII-como excusa para hacer su particular homenaje al amor: el filial y el romántico. Me gustaría pensar que este dúo no funciona por su extraño emparejamiento. Pero ni Londres es cosmopolita y lluviosa por sí sola ni Alemania lo suficientemente gris y melancólica. Y al final, parece haber menos vida en los protagonistas que en el autómata.

Ojalá los intocables afrontaran con gallardía no sólo el cambio de liga sino también de división.

La naturaleza de las lagrimas, Peter Carey
Alfaguara, 2001

lunes, 20 de mayo de 2013

Un paraíso inalcanzable




Hace ya mucho tiempo que los diez mandamientos parecen ser papel mojado que no interesa a nadie. No honrarás ni a tu padre ni a tu madre, como mucho te honrarás a ti mismo. Sin titubear un instante.

Mortimer, con la seguridad que da haberlo visto casi todo, trazó una caricatura que se trasformó en el más certero retrato. Los baby boomers -derecha, izquierda y centro- pasaron de sonrosados infantes a maquiavélicos traidores. A las ideas, a sus mujeres, incluso a sus amantes. Sólo el dinero salió reforzado de ese romance.

Llámese neoliberalismo, thatcherismo, o cultura del pelotazo. La demagogia barata y la gomina en el pelo sonreían desde los cuatro puntos cardinales en todos los telediarios. El mito del esfuerzo escondía, entre bambalinas, pacatas zancadillas y la codicia carecía de espacio en el carnet de baile para todos los que querían cinco minutos con ella.

Mortimer había lidiado ya con la BBC y los Sex Pistols, poco le podía asustar la falta de escrúpulos de sus coetáneos. John huyó de la risa fácil y constante, una socarronería demasiado territorial que hubiera impedido a Un paraíso inalcanzable viajar hasta rincones más distantes.

Con las gafas caídas y la sonrisa flemática, Mortimer ideó un inocente paseo por provincias de la mano de los descendientes de las damas de Jane Austen. Y así, con la sencillez que sólo poseen los grandes, lo que podía haber sido un recuento de reuniones parroquiales y tés de domingo se convirtió en un clásico contemporáneo. Sin estruendos, sin algarabías, sin traiciones.


Un paraíso inalcanzable, John Mortimer
Libros del Asteroide, 2012



jueves, 16 de mayo de 2013

La puerta



Hungría decidía cuándo y para quién abría su puerta y también a quién dejaba fuera. Sin necesidad de varias vueltas en la cerradura, con un cartel claro y conciso anunciaba Ya no eres de los nuestros. Dentro y fuera de esa casa en ruinas, muchas escritoras sufrieron la misma suerte.

Agota Kristof atravesó a pie fronteras hasta llegar a Suiza, remanso de paz para los elegidos e infierno edulcorado para el resto. Ahí trabajó en fábricas y aprovechó los turnos para olvidar el idioma que la había expulsado y para imaginar los primeros y diabólicos pasos de los GEMELOS de la literatura.

Magda Szabó, sin embargo, decidió seguir cruzando con falsa libertad de Buda a Pest. Pero ya no había tiempo para miradas perdidas ni para cigarros entre los labios mientras se aporreaba la máquina de escribir. La inspiración era un lujo que sólo se compraba con petrodólares. Y en esa Hungría, Szabó ahogó su propia voz traduciendo la de muchos otros hasta que el poder decidió quitar el polvo a sus intelectuales para que la pantomima frente al oeste fuera más esplendorosa. Y entonces, Magda cogió carrerilla.

La puerta, más allá de retratar una desigual amistad, homenajea a la libertad y la individualidad. Una portera, una vulgar fregona, que resguardó a cal y canto sus decisiones. No era salvajismo lo que escondía sino una posición coherente y honesta, al menos con su propia vida. Temperamental, intransigente pero generosa y sobre todo, libre, Emerenc encarnaba la resistencia, como si de una moderna Thoreau se tratase, a cualquier tipo de régimen.

La narradora es su antítesis, una mujer ilustrada que, tras la parafernalia del saber, dicta órdenes sobre la moral. Entona odiosos mea culpas; un victimismo que irrita al lector, que le gustaría recordar a la señora de la casa que la única sabia dentro de esas cuatro paredes es la lunática Emerenc.

Magda y su limpiadora, Emerenc y su ama. El exceso tiene una vez más nombre de mujer.


La puerta, Magda Szabó
Debolsillo, 2008