martes, 30 de abril de 2013

Donde dejé mi alma



Hay países que no cuentan muertos, ni propios ni ajenos. Hacerlo resta empaque a las relucientes medallas o a los gélidos desfiles parisinos. Francia estudia un mapa con nostalgia: un imperio en el que se pone demasiado el sol y la miseria, y claman los xenófobos y los intolerantes porque ya no hay ilustración. No hay paseos en calesa ni salones de intelectuales, ahora se sobrevive en un banlieue y se esnifan rayas sobre los capós de la mano de Houllebecq y Beigbeder.

Los hijos de aquellas guerras cargan las maletas en sus coches y cuentan al otro lado del estrecho falsos sueños que mantienen una ilusión que ya a casi nadie importa. Los Pied-Noir susurran que todo tiempo pasado fue mejor pero aún les queda la satisfacción de saber que todavía les sirven los de siempre.

Ferrari ha bordado impresionantemente falsas gallardías que recuerdan que nunca dos personas han vivido la misma guerra. El capitán Degorce y el teniente Andreani unidos por el mismo odio, el que se profesan el uno al otro, vestigio de un amor que sólo la sangre y los crímenes, disfrazados de hazañas, oscurecieron. Degorce, Andreani y Tahar son Camus. Jérôme Ferrari es Dino Buzzatti. Y Argelia es el mundo entero, no solo la repetición de Vietnam. La salida por la puerta de atrás y una casa revuelta que nadie se atreve a limpiar.

Cualquier premio sabe a poco para estas 192 páginas infinitas. Y es que el mal se ha puesto en Donde dejé mi alma sus mejores galas. 


Donde dejé mi alma, Jérôme Ferrari
Demipage, 2013