martes, 26 de marzo de 2013

Amistad de juventud




Cuando uno no sabe qué hacer, lo mejor es dar dos pasos atrás y volver a la casilla de salida. Algo parecido debió de pensar Amy Winehouse cuando tituló su primer disco con un Back to Black, un premonitorio epitafio que cinco años después la prensa no supo aprovechar.

Crecer conlleva comprobar que casi nunca se conservan los amigos de primero de carrera y gestionar las crisis venideras, que no suelen solucionarse bebiendo antes del mediodía; la euforia da una resaca que puede durar toda la vida y las peleas de bar sólo le sientan bien a Edward Norton en los 90.

En una semana en la que miramos todos al cielo como esperando a que Dios baje de una vez para pedirle explicaciones, Alice Munro sube a las alturas con su último libro, Mi vida querida, y con poca intención de volver al barullo terrenal después de esta publicación. Qué tendrán las Alicias en la literatura que ponen todo patas arriba. La de Carroll por preguntona, la de Homes por pervertida, la propia Munro por catártica: mi indiscutible Trinidad.

Hace mucho que mantengo que las obsesiones son las que te condicionan y que las librerías, al igual que las amistades o las familias, se van consolidando conforme a las manías compartidas y a los desequilibrios comunes, que es uno de los pocos trucos que sirven para olvidar lo tristes que estamos todos realmente. 

Compré hace más tiempo del que parece Amistad de juventud dejando de lado conscientemente Demasiada felicidad, porque sobre eso uno nunca está de acuerdo. Munro publicó los relatos del primero a los 61 años y entre mis obsesiones está el de saber si realmente hay una advertencia en lo que escribe, o, como dijo recientemente en una entrevista, “esto no es cuento, esto es la vida”. Las mujeres de este libro vienen derrotadas de serie y la mediocridad decora sus casas canadienses. Si las protagonistas de Las lunas de Júpiter vivían constantemente al borde del acantilado pero manteniendo una esperanza, las de Amistad de juventud aceptan el comienzo del fin como cuando en cualquier película de serie B se mira el fuego que quema la casa sin hacer nada por evitarlo. Acaso un leve encogimiento de hombros y una soda en la parte de atrás del jardín, impregnado del mismo color que el de los videoclips de la no tan niñita Lana del Rey. Qué esperabas, encanto. Dos bofetadas bien dadas y empieza a decir adiós a la vida ideada, a la hipoteca compartida y al sexo pactado de después de comer. Se acabó el llevar con orgullo la banda de la más guapa de la región. Todo es resignación (y cansancio, hastío, duda, desprecio) en el Sur.

Lo malo de despertarse es que uno casi nunca lo hace cuando está preparado. Mucho menos las princesas de los cuentos, que jamás se enteran de que se han quedado dormidas y de que el príncipe, probablemente, esté desnudando a otras. Inevitablemente pero sin ninguna conexión aparente, cada vez que pienso en las protagonistas de Amistad de juventud, me viene a la mente la dedicatoria de Saint Exupéry al comienzo de El Principito y la pongo entera, porque es importante:

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor.

Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños.

Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan).

Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:
A LEÓN WERTH, cuando era un niño.


Es importante porque yo también tengo que dejar un mensaje y no quería que hubiera confusión. 
Preciso, por si un día me despierto y no me acuerdo de nada:

A mis muy pocos amigos de juventud, que sé que lo fueron.


Amistad de juventud, Alice Munro
Debolsillo, 2010


MARTINA FRON

domingo, 10 de marzo de 2013

Las poseídas




La adolescencia tiene nombre de mujer y como tal, se la jura extenuante y tormentosa. No se discute que la perversión incrementa al mismo ritmo que se muestran los leotardos  pero estas chicas de faldas plisadas muchas veces saben cómo domarla. Y quitan caretas, llaman las cosas por su nombre e intentan destruir espejos en los que los reflejos no pasan de ser malos sueños o caricaturas.

Hay hormonas, prohibición, despertares pero todavía más dolor. Y también el recuerdo de la vida, tal y como es antes de que se travista.

Los muros de Santa Clara, lejos de su homónimo blytoniano de cervezas de jengibre y partidos de lacrosse, recuerda que no hay refugio seguro en el mundo. Ni un árbol, ni una capilla, ni un polvo furtivo en una excursión. Las emociones se multiplican y los secretos más inocentes son letales al ser revelados.

En Santa Clara los desaparecidos no claman contra la dictadura sino contra monjas sin inocencia y familias de cartón piedra. La adolescencia siempre será adolescencia, no importa la época, el lugar ni el conflicto.

El año pasado Fernando Aramburu era galardonado con una novela sobre el terrorismo y el País Vasco. Un tema, que a todas luces, parece más profundo y desgarrador pero en mi opinión, Betina González, desde una aparente liviandad pero con gran soltura, recuerda que los últimos raptos de sinceridad y lucidez nos dejaron cuando aún forrábamos carpetas.

Quizá el señor Herralde y la señora Beatriz de Moura se hayan puesto de acuerdo en que las grandes verdades en tiempos de crisis las cuentan los niños, los borrachos y los locos.



Las poseídas, Betina González
Tusquets, 2013


SOFÍA CASTELLANOS

miércoles, 6 de marzo de 2013

35 muertos




Las plumas y las armas las carga el diablo. A base de rencores, durante más de diez años, Sergio Álvarez escribió 35 muertos. Siguiendo la estela de Fernando Vallejo, el colombiano prefirió el exilio como fuente de inspiración en lugar de malvivir con una realidad de idiosincrasias criollas que tanto criticaba. Con algo de razón o quizá con ninguna.

Álvarez ha querido concentrar en un solo protagonista la intensidad de un país que necesitaría de decenas de cronistas de Indias. Narcotráfico, guerrilla, paramilitares, sicarios, Europa como fin y principio de un sueño. Y cada capítulo, que narra el calvario de un hombre, que no deja de ser el de un pueblo, despierta ira, incredulidad y también elogio ante un ingrato talento.

La década de Álvarez dista mucho de un retiro monacal. Cada palabra es fuego de metralla, sin objetivos definidos y demasiados heridos posibles. Después del desconcierto inicial, cuando se recuperan las coordenadas, se desea menos ímpetu y más táctica. Y es que quizá la rabia no sea el mejor aliado, ni la violencia colombiana la novia a la que se haya de llorar siempre.

Álvarez se jacta de tener calle pero le falta dar el estirón y ganar en temple para medirse con algún grande. Tal vez haya llegado el momento de que el realismo mágico y el realismo sucio se emancipen al fin de Nueva Granada.

35 muertos, Sergio Álvarez
Alfaguara, 2013


SOFÍA CASTELLANOS

viernes, 1 de marzo de 2013

El canto de la alondra



La caída de los mitos duele igual o más que en la infancia. Sobreviven a ataques de acné, botellones universitarios y hasta crisis de los cuarenta. Pero hay mitos que son así de ingratos y deciden abandonar de improviso nuestro Olimpo doméstico. Y es que no son conscientes de que sus arranques de autodeterminación ocasionan dolores de cabeza, lloros o cabreos.

Aún recuerdo cuando en época de Cobi, Mi Antonia me trasplantaba a un mundo lejano en el espacio y en el tiempo, como a su lado me ajustaba el mandil, subía a un desvencijado carro y sentía un compromiso con una tierra que años después me generó rechazo. Willa Cather se me presentaba como una madre fundadora, a cuyos pies aprendieron renombradas damas sureñas. Willa se retrataba en mujeres luchadoras e incomprendidas porque estas no habrían podido ser de otra manera.

Cather escribiría la breve gran novela americanapero cuando se aventuró en mayores extensiones, el peso de las páginas se convirtió en un folletín de diligencia. Ya se sabe que demasiados ingredientes rara vez hacen buenas recetas. Hija de un pastor, amiga de los pobres, una huida en un tren a través de un desierto, la gran ciudad, los grandes amores y los grandes éxitos.

Las dulces muchachas de pueblo se despojaban de sus castos velos y con el cuchillo en la liga se apeaban en Grand Central Station.  Thea pulió sus colmillos al mismo tiempo que clareaba la voz y escondía entre las cortinas sus botines sin lustre. Pero cuando se convirtió en la Kronborg apareció el desprecio de la Castafiore. Los fieles admiradores de Thea dieron cuenta de ese frío mundo, que no tendría por qué haber estado lleno de artificio.

Hay que amar hasta a los personajes odiosos, pero hay algunos que no merecen ni una bajada de telón ni un aplauso ni un silbido.

Theodore Dreiser dibujó a Carrie, la prima bonita de Thea. El público de su tiempo también le premió con grandes ventas pero a la hora de elegir diva, Nuestra Carrie le dio un codazo a Thea.


P.d. Gracias a la vida por conservar mi memoria. Si no la tuviera, dudaría si compré esta edición de El canto de la alondraen un top manta o en fotocopias por entregas. Qué malo es acostumbrarse a lo bueno y esta vez Pre-Textos no merece un tirón de orejas, sino estar cara a la pared lo que queda de invierno.

La traducción es irregular pero qué corrección, señores. Qué maravilla. Venga a volar tildes, puntos y comas. Qué creatividad, qué derroche. Puestos a hacerlo mal, hagámoslo peor incluso. Un consejo de amiga y compradora, que eso hoy en día puntúa doble: Quemen la edición y a ser posible, desháganse de las cenizas.

El canto de la alondra, Willa Cather
Pre-textos, 2012


SOFÍA CASTELLANOS