miércoles, 31 de octubre de 2012

Érase una vez un planeta triste y oscuro




Si a Pedro de Érase una vez el hombre le ponemos un bigote, nos encontramos con Stefan Zweig.

Fascinantes esos personajes de dibujos animados que recorrían la historia de la humanidad sin cambiar de nombre ni de aspecto. Qué lecciones de historia y de genética. Ahí iban generaciones y generaciones de Pedros, Pedritos, Gordos y Tiñosos viajando de la prehistoria al espacio. Siempre iguales, siempre en el sitio adecuado y siempre al lado del personaje que cambiaba el devenir de los tiempos.

Como Stefan Zweig en el siglo XX.

El mundo de ayer son las memorias de un hombre que desde que empieza a tener barba hasta que le salen las primeras canas vive un cambio de siglo, dos guerras mundiales, una gran crisis económica y un genocidio. Todo de primera mano.

Por si fuera poco, también hay historia de amor: el que Stefan Zweig siente por Europa. Amor de los truculentos. De los de mujer que más vale la peste. De pérfida que te sube en montaña rusa y te lleva de arriba muy arriba a abajo muy abajo en segundo y medio.

Arriba, en la cima de la montaña, Zweig aprende idiomas, vive y viaja por todos los rincones de su amada Europa, conoce las glorias del éxito y establece amistad con buena parte de los artistas más virtuosos del siglo: Freud, Mann, Joyce, Rilke, Gorki, Ravel, Toscanini, Strauss, Dalí y un largo etcétera. Pero en la bajada de la montaña, vértigo incluido, ve cómo las naciones europeas se dan mamporros de los serios, cómo su obra es prohibida en su propio país y cómo él mismo tiene que exiliarse para poder sobrevivir a su condición de judío.

Ajetreo aceptable para una sola vida.

Dieciséis milagros lleva Acantilado con estas memorias de Stefan Zweig, o lo que es lo mismo, dieciséis reimpresiones. A más de una por año. Mucho para cualquier libro, pero mucho más si tenemos en cuenta tres factores: El mundo de ayer no reluce en ninguna mesa de novedades, no sigue los parámetros narrativos de los libros destinados a grandes ventas y no pertenece al género mejor tratado por los lectores, la ficción. Pero, aún así, dieciséis reimpresiones pueden parecer pocas. Bueno sería que más humanos leyeran esta mirada lúcida de un hombre empecinado en tender puentes.


El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Stefan Zweig
Acantilado, 2001

LEO FALCONETTI

lunes, 29 de octubre de 2012

Las leyes de la frontera




España es patria de imposibles y entuertos y nos jactamos, aporreándonos el pecho, de que nuestra realidad supera cualquier ficción. No es este el lugar ni el momento para hacer un listado de ruinas ni enumerar los encantos de delincuentes de mucha o poca monta. Ya se ha encargado Cercas, se ha puesto nostálgico y ha resucitado a sus propios forajidos.

La transición fueron acuerdos políticos, vueltas del exilio, viejas y nuevas caras pero también destape, tirones y heroína. Las fronteras se desdibujaban, los cambios no entendieron de clases ni de regiones pero muchos de estos abrieron heridas que aún lamemos. Y sí, aunque ahora cueste creerlo, este fue un país envidiado por muchos y elogiado por otros, pero también lleno de juguetes rotos.

La juventud hizo posibles reconciliaciones que no se tornan ficticias por haber sido firmadas al humo de los porros y al ritmo del rock n’ roll. Ni rico ni pobre, ni el bien o el mal, ni norte ni sur. Y todo esto sobre el papel se convierte en un fantástico anzuelo, una cita con los amigos para recordar viejos tiempos, y para otros, la oportunidad de conocer rincones y personas que niegan lo que un día fueron.  

Las leyes de la frontera es uno de esos libros a los que uno se enfrenta con un doble sentimiento, una dualidad incómoda, desagradable. Curiosidad y también miedo a la decepción.

Es difícil sentarse a escribir cada mañana en la soledad de un despacho, una terraza, un bar, una cama sin más compañía que el éxito. La huida de las musas, inseguridad, el fracaso, pero Cercas me ha enseñado que el éxito es también un falso amigo que te palmea la espalda y que, aunque diga lo contrario, jamás ha leído por encima de tu hombro.

¿Quién o qué es su protagonista? Zarco es una mezcla de mil estereotipos sacados de interviús de las últimas décadas. No es víctima, ni verdugo. No es nadie. Zarco no lidera una banda, tan solo un problema.  

No entiendo de tiempos que nunca viví pero sí que creo que todos sabemos distinguir algo falso, un texto escrito con descuido, garabateado. En este telefilme, hasta Girona se convierte en un decorado de cartón piedra y sus calles son más grises y solitarias cuando Zarco, Tere y Gafitas las recorren. No hay mayor soledad que la de vivir rodeado de extraños.


Las leyes de la frontera, Javier Cercas
Mondadori, 2012




P.d. Si alguien busca una visita fiable por Cataluña y su tejido de extrarradios, desde A Cubierta recomendamos Paseos con mi madre de Javier Pérez Andújar (Tusquets).



miércoles, 24 de octubre de 2012

Jamás el fuego nunca




Al ritmo que se destruyen los cuerpos, parece que se desintegran los principios, y a veces de tanto acariciarlos, también se escapan los recuerdos. Diamela me engañó, o seamos justos, me engañé yo misma al imaginar que los ideales y decepciones de un Chile maldito iban a ser los protagonistas de Jamás el fuego nunca. Y solo me encontré un nudo de sábanas y de frases infinitas a las que me costaba encontrar sentido.

Nadie discute que los mejores momentos y conversaciones tienen lugar en una cama pero si se invita a ciertos voyeurs, no se puede hablar un idioma en clave, plagado de giros y secretismos.

Chile parece la patria de las confidencias de alcoba: en el cine, en el teatro, en la poesía, pero Eltit, reconocida experta en performances, debería saber que en la literatura, cuando se habla de la verdad, no se deja fuera ni una letra.

La dictadura chilena legó cadáveres de esperanzas, sueños y vidas rotas, historias que necesitan más oxígeno que el que se encuentra entre estas cuatro paredes carentes de puntos cardinales. Y si uno quiere recordar que todo tuvo un sentido, es mejor llamar a las cosas por su nombre: democracia, cambio, igualdad, lucha.

Muchos han podido buscar en Jamás el fuego nuncael rastro de sus compañeros, de dolores y viajes sin billete de vuelta o simplemente retomar el hilo de sus pensamientos de juventud. Porque pasa el tiempo, se encuentran fotografías y quien sonríe con el puño en alto siempre es otro. Y el frío del exilio de Europa o del invierno chileno se hace más intenso. No hay fuego, ni ahora, ni jamás, ni nunca.


Jamás el fuego nunca, Diamela Eltit
Periférica, 2012


SOFÍA CASTELLANOS

martes, 16 de octubre de 2012

La muerte de Virginia - Leonard Woolf



En épocas de crisis cuando falta oxígeno y, por qué no, también el norte, se busca con desesperación rostros en los que poder reconocerse o voces más graves –o quizá más agudas- que sí logren ser escuchadas.

Ojalá pudiera pasarme horas escribiendo sobre distintos personajes que merecieran nuestro recuerdo dentro de veinte años. Pero tal lista no es factible y solo encuentro una nueva enfermedad que se diagnostica después de observar la soledad de muchos.

¿Qué queda hoy en día? Las charlas de bar, las tres o cuatro palabras masculladas en un ascensor e incluso los corrillos de después de misa. Y es ahora, mientras se desempolvan los clásicos, cuando de buena gana haría nuestras, figuras como Montaigne, Voltaire, Zola o Leonard Woolf.

El renacimiento, al fin, trajo cierto respeto hacia la individualidad –no de todos, pero sí de algunos- y con ella la consciencia de la crueldad, de la lucha por la supervivencia y de la necesidad de recordar nombres y reconocer caras cuando se habla de muertos. La primera gran guerra no fue ningún pacto de caballeros pero sí se respetaron ciertas reglas que pasaron a mejor vida cuando surgieron nuevas figuras en el extremismo europeo.

Leonard Woolf fue un testigo excepcional de la historia de Europa, de dos guerras que acabaron con la esperanza de todo un continente y que él narró desde la falsa tranquilidad de su isla. Tan solo treinta años separaron dos de las peores contiendas bélicas que se recuerdan, pero sus diferencias las distanciaron durante lo que parecieron siglos.

Woolf vertió duras acusaciones que no todos tuvieron el valor o la visión de respaldar. Stalin estaba a la par de Hitler, Chamberlain jugó y perdió el destino de Inglaterra y la nación alemana asistió con los brazos cruzados y una sonrisa a modo de mueca a la muerte de muchos y el exilio de otros tantos.

El suicidio siempre irá unido al apellido de los Woolf; la muerte de Virginia se recuerda con lástima, estupor y sin el necesario respeto que merece cualquier decisión vital. El suicidio como fin de la locura o como escapatoria de una vida en la que ya no se respira libertad.

El propio Leonard se preguntó qué sucedió para que personas normales como Virginia y él y otros muchos de sus amigos de su amado círculo se plantearan acabar con sus vidas antes de ser sometidos por los nazis. Es difícil intuir el horror de aquella época –a pesar de la ingente cantidad de realidades noveladas o escenas cinematográficas que caen en nuestras manos- y poder comprender qué llevó a algunas de las voces más lúcidas de esa época a elegir su propio adiós. En una ciudad de nombre irreal, Petrópolis, Stefan Zweig dijo la última palabra en una pelea contra Hitler que comenzó muchos años atrás en una Viena que ya no existía.

Leonard no solo fue el marido de Virginia Woolf, su enfermero, su más crítico lector, su bastón, su amigo. Fue un celebrado editor, un brillante analista de la profesión de periodista, un agudo intelectual, funcionario en Ceilán, defensor de las mujeres, una de las voces más respetadas dentro del partido laboralista y un afable ancianito –él decía haber nacido viejo-, que nunca tuvo pelos en la lengua, y sí el arrojo, aunque él entendiera la cosas de otra manera, de respetar la soledad de Virginia, tanto en su vida como en su muerte.


P.d. Lumen hace una pequeña trampa con el título, y aunque avisa en la Nota del Editor, con los sentimientos y las expectativas no se juega. Pero como las reflexiones de Leonard Woolf sobre la política, la edición, la vejez, sobre toda una vida, no tienen precio, les damos tan solo un pequeño tirón de orejas.  



La muerte de Virginia, Leonard Woolf
Lumen, 2012


SOFÍA CASTELLANOS


sábado, 13 de octubre de 2012

La dama de la fotografía - Inge Morath

 Durante su infancia, Inge Morath no tuvo una casa a la que llamar hogar. Sus padres, importante científicos, la llevaron en sus viajes por el mundo, desarrollaron su inteligencia y su curiosidad. A pesar de ser austriaca de nacimiento, su educación fue francófona. La pequeña Inge se sentía más cómoda rodeada de los amigos intelectuales de sus padres que de niños de su edad.
 Curiosamente, el primer encuentro de Inge con la vanguardia se lo hubo de agradecer al partido Nazi. Habían organizado una exposición con el título "Arte degenerado", que buscaba provocar el rechazo del pueblo. Querían presentarlo como algo depravado y peligroso.
Encontré muchas de esas pinturas emocionantes, y me enamoré de "El caballo azul" de Franz Marc. Solo se permitían comentarios negativos sobre las obras, y así empezó un largo periodo de guardar silencio y esconder los propios sentimientos. 
 En la Universidad de Berlín, Inge estudió lenguas extranjeras: francés, inglés y rumano. Más tarde se familiarizó con el español, italiano, ruso y chino. Herramientas que le fueron fundamentales durante sus múltiples viajes por el mundo.
 Inge era un espíritu libre, rehuía las organizaciones estudiantes ligadas al régimen y estudiaba en los rincones solitarios de la facultad y en las estaciones de metro que servían como refugios antiaéreos.
 Logró huir a su país natal, Austria, pero la guerra no le abandonó, le dejó terribles secuelas psicológicas. Durante muchos años evitó fotografiar enfrentamientos bélicos y prefirió retratar las consecuencias.
 En Viena sobrevivió como traductora y periodista, fue corresponsal y editora de revistas estadounidenses. Gracias a su trabajo conoció a alguien que le cambió la vida, Ernst Haas. Robert Capa contactó con ambos y les propuso colaborar con la recientemente fundada Agencia Magnum.
 La fotografía no se había cruzado todavía en el camino de Inge, se limitaba a cumplir su rol de editora pero se encontró con la obra de Henri Cartier-Bresson y entonces no hubo marcha atrás.
 Creo que estudiando su manera de fotografiar aprendí a hacer fotografías por mi cuenta; mucho antes de tener una cámara en mis manos.  
 Poco tiempo más tarde se mudó a Londres por amor. Durante un viaje a Venecia con su primer marido, Lionel Brich, comenzó a hacer fotografías. A su vuelta buscó un maestro; Simon Guttman le preguntó cómo había surgido esa tardía vocación. Para Inge era una necesidad vital, en la fotografía había encontrado un nuevo lenguaje que le había sacado de la oscuridad del Nazismo.
 Inge, como en todos sus estudios anteriores, fue concienzuda y perseverante. Finalmente logró presentar su trabajo. En esta primera época se hacía llamar Egin Tharom, su nombre al revés.
Tras su divorcio volvió a París y enseñó algunas de sus obras a Capa. Este, sorprendido y deslumbrado ante el trabajo de su antigua editora, le invitó a formar parte de la Agencia Magnum.
 En un principio era la "chica para todo y para todos" en la Agencia. Cubría los reportajes que los fotógrafos consagrados no querían hacer, fue ayudante de Cartier-Bresson. Pero dos años más tarde, en 1955, se ganó por mérito propio ser elegida miembro de pleno derecho de Magnum.
 La década de los cincuenta significó el mundo para Inge. Latinoamérica, África, Oriente Medio, Estados Unidos. Lejos quedó la vieja Europa y los tristes recuerdos de la guerra.
 Era fácil encontrar a los fotógrafos de Magnum en los sets de rodaje en Hollywood. Inge Morath trabajó en numerosas películas de John Huston, quien siempre la trató con un especial cariño. Era la suprema sacerdotisa de la fotografía. Tenía una inusual habilidad para penetrar más allá de la superficie y descubrir lo que haría palpitar la fotografía.
 En el rodaje de Vidas rebeldes de John Huston que protagonizaron Marilyn Monroe y Clark Gable, conoció a su marido, el dramaturgo Arthur Miller. Para entonces Marilyn y Arthur ya se habían divorciado.
 Juntos tuvieron dos hijos, Rebecca Miller, escritora y cineasta, y un chico con síndrome de Down, al que internaron a las pocas semanas de nacer. Miller no quiso saber nada de él hasta diez años antes de su muerte.
 Inge Morath y Eve Arnold revolucionaron el mundo de la fotografía de esos años. A Inge se la conocía como "la dama de la fotografía" pero sobre todo era una superviviente. Publicó junto a su marido  varios libros, entre otros, Encuentros chinos y En Rusia. En esos viajes Inge servía de traductora a Arthur. Eran la pareja perfecta, él ponía los textos, ella las fotografías.
 Miller y Morath encontraron en Nueva York el refugio para vivir en familia. En esa época coincidió con el ilustrador y caricaturista Saul Steinberg. Un día Steinberg le abrió la puerta con una bolsa en la cabeza. Inge tuvo la idea de hacer una serie de fotografías de amigos y personalidades del mundo de la cultura con bolsas diseñadas por Steinberg.
 Presionar el disparador sigue siendo un momento feliz, comparable con la felicidad de un niño que hace equilibrios con la punta de sus pies y que a la vez estira la mano para tocar un objeto deseado.  
 Fotografió el hogar de numerosos artistas como Boris Pasternak y Antón Chéjov. Philip Roth decía de ella: es la más certera, enérgica voyeur que conozco. Es una tierna intrusa con una cámara invisible. 
 Formó un tándem perfecto con Robert Delpire. Incluyó fotografías de España -país que recorrió de norte a sur, de este a oeste- en el libro Guerre à la tristesse, también publicaron una obra sobre Irán, De la Perse à l'Iran. Visitó Las Hurdes, Jaén, el Camino de Santiago, Pamplona, referencia literaria imprescindible en esa época, y mucho más.
Me enamoré de España. Ahí viví una segunda adolescencia.
  Inge fue una fotógrafa experimental, su uso del color es prueba de ello. Jugaba con él sobre todo en sus viajes por el mundo. La cineasta Sabine Eckhard filmó en 1992 Copyright by Inge Morath, Inge aparecía en su estudio de Connecticut y en Nueva York y París junto a amigos como Elliott Erwitt y Henri Cartier-Bresson.
 Estuvo en activo hasta el final, dejó un libro póstumo sobre los ataques del 11 de septiembre, New York.
 Buscaba la mirada de los que sufrían, en ellos reconocía el dolor que el Nazismo y la guerra le habían producido. No quiero hacer tragedia, la conozco bien.
Me gusta seguir siendo en mi corazón una amateur, ya que sigo estando enamorada de lo que hago, siempre deslumbrada por las innumerables posibilidades de ver y usar la cámara como una herramienta de grabación.




A Cubierta recomienda - 

Inge Morath, Life as a Photographer, Inge Morath y Arthur Miller
Kehayoff Verlag, 1999

Saul Steinberg Masquerade, Inge Morath
Viking Studio, 2000


SOFÍA CASTELLANOS