viernes, 28 de septiembre de 2012

Nueva York, París y la soledad - Berenice Abbott


Berenice Abbott, aunque profundamente estadounidense, se avergonzaba de su origen provinciano. Viajó a París con veintitrés años, sin profesión ni intereses, y volvió ocho años después en 1929. Era una nueva Berenice, cosmopolita, amiga de artistas y sobre todo convertida en una reconocida fotógrafa.
Después de un tiempo en Berlín volvió a la capital francesa. Su compatriota Man Ray la contrató como ayudante aunque Berenice no tenía ningún conocimiento de fotografía. Su relación se rompió cuando Peggy Guggenheim pidió a Berenice que le tomara un retrato. Man Ray se sintió amenazado y Abbott dimitió.
Berenice Abbott se estableció por su cuenta, su estudio fue todo un éxito. Fotografió e intimó con intelectuales de la época como Jean Cocteau (cuyas manos se hicieron famosas gracias a ella), Djuna Barnes, Edward Hopper y James Joyce.

Berenice descubrió la figura del maestro Eugène Atget en 1925 en el estudio de Man Ray. Al dejar su trabajo visitó a Atget y compró varias de sus fotografías y animó a sus amigos a hacer lo mismo. Unos años después, cuando ya tenía más confianza en su trabajo, pidió a Eugène que le dejara fotografiarlo. Murió poco tiempo después sin ver sus retratos.
Tras su muerte Berenice Abbott compró todo el archivo fotográfico de Atget y se dedicó durante cuarenta años a promocionar su obra. Gracias a Abbott, Atget es hoy considerado uno los maestros de la fotografía del siglo XX. Inspiró a artistas de todos los ámbitos como el pintor Edward Hopper.
Berenice Abbott se convirtió en una estrella, su trabajo aparecía en publicaciones serias y otras más vanidosas. En 1929 regresó a Nueva York por un viaje de trabajo, habían pasado ocho año desde su marcha y se encontró con una ciudad desconocida. Sintió lo mismo que Atget cuando fotografiaba París y decidió volver para dar fe de esa transformación.
Al poco tiempo de su vuelta la Bolsa se hundió. Aunque durante los siguientes años gozó de momentos de gloria nunca fue lo mismo que en París. Berenice descubrió que el mundo de la fotografía estaba controlado por Alfred Stieglitz, a quien no respetaba ni personal ni profesionalmente. Su vida en Estados Unidos fue una constante lucha.
Su independencia le llevó a un cierto aislamiento personal y profesional. A medida que el negocio de los retratos disminuía, incrementó su interés por fotografiar Nueva York. Entonces entendió la diferencia entre hacer fotografías y desarrollar un proyecto fotográfico.
El fotógrafo es el ser contemporáneo por excelencia; a través de su mirada el ahora se vuelve pasado.
No fue fácil para Berenice Abbott exhibir sus obras en museos y galerías de Nueva York. En 1932 finalmente el MOMA le dio una oportunidad. En esa exposición captó la atención de la crítica Elizabeth McCausland, quien fue la mayor defensora de su obra y su compañera durante el resto de su vida.
Casi de inmediato comenzó a impartir clases en la New School, donde permaneció hasta 1958. Su obra es el mejor retrato que existe de ninguna ciudad estadounidense.
El "tempo" de la metrópoli no es eterno, ni siquiera es tiempo, es un instante que se desvanece. Especialmente entonces tiene una impronta de peculiaridad documental, así como significado artístico.
Su proyecto Changing New York llegó a su fin por envidias del resto de los fotógrafos del Federal Art Project. Le había dedicado más de diez años de su vida pero lejos de darse por vencida decidió dedicarse al mundo de la fotografía científica.
Gran parte de su obra científica está expuesta de manera permanente en el Massachusetts Institute of Technology, universidad en donde investigan y enseñan algunos de los mejores científicos del mundo, con quien Abbott trabajó codo con codo.  Su carrera recobró impulso en la década de los cincuenta cuando fotografió el lanzamiento del Sputnik.
Una fotografía no es una pintura, un poema, una sinfonía, una danza. No es un cuadro bonito. Es o debe ser un documento significativo, una declaración penetrante.
En los sesenta su salud empeoró; años de respirar químicos y la contaminación de Nueva York, así como los miles de cigarrillos que había fumado habían acabado con sus pulmones. Tuvo que abandonar su amado Nueva York y reencontrarse con el mundo provinciano de Estados Unidos del que huyó con apenas veinte años. La costa de Maine fue su nuevo hogar.
En 1983 fue el primer fotógrafo en ser admitido en la Academia de las Artes y las Letras de Estados Unidos. Murió a los noventa y tres años, no podía sujetar una cámara pero aún podía componer una buena fotografía en su cabeza.
Nadie ha logrado lo que hizo Berenice Abbott. Ser una gran historiadora, descubrir y promocionar un maestro como Eugène Atget y ser una de las mejores fotógrafas de la historia.
Hacer el retrato de una ciudad es el trabajo de una vida y ninguna foto es suficiente, porque la ciudad está cambiando siempre. Todo lo que hay en la ciudad es parte de su historia: su cuerpo físico de ladrillo, piedra, acero, vidrio, madera, como su sangre vital de hombres y mujeres que viven y respiran. Las calles, los paisajes, la tragedia, la comedia, la pobreza, la riqueza. 
Las fotografías ayudan a las personas a ver.




A Cubierta recomienda - 

Berenice Abbott, Photofile
Thames & Hudson, 2012

Changing New York, Berenice Abbott
The New Press, 20




SOFÍA CASTELLANOS

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