lunes, 30 de julio de 2012

Formas de volver a casa






Érase una vez una revista que dijo tú, tú y tú sois la esperanza de la literatura británica. Pasaron las novelas y algunas de esas promesas se convirtieron en Martin Amis, Ian McEwan o Julian Barnes. También en Salman Rushdie.

Más tarde, los señores de la revista se adentraron en los prados de la lengua castellana, echaron un vistazo a todos los potrillos, escogieron a los que veían más lustrosos y los marcaron a fuego entre relinchos. Seréis caballos majestuosos. Los focos los iluminaron, sus crines lucieron en las revistas especializadas y sus galopes ganaron presencia en críticas y librerías.

Y así quedaron distinguidos entre todas las manadas con el hierro de los elegidos. 

¿Pero qué pasa? Que su trote ya es vigilado. Curiosos y profesionales ya les miden la cruz, les observan la dentadura y les inspeccionan los cascos. Quieran o no, los pesan y les exigen. ¿Son dignos del hierro?

Formas de volver a casa es la primera (y, hasta la fecha, única) novela publicada por Alejandro Zambra después de la distinción.

Chile, años ochenta. Dictadura. Un niño de nueve años y una niña de doce se conocen en una noche de terremoto. La niña, con la sartén por el mango, le encarga una misión, que espíe a Raúl, un enigmático adulto que vive al lado de su casa. Y el niño, obediente, espía. La historia promete (¿qué está dispuesto a hacer un niño de nueve por una niña de doce?, ¿cuándo se manifestará el amor?, ¿calabaza o beso?, ¿por qué una niña quiere información sobre ese tal Raúl?, ¿qué consecuencias tendrá este juego aparentemente infantil en la vida de un adulto en plena dictadura militar?...). Sí, pero Zambra corta las expectativas de raíz para adentrarse en la metaliteratura. Y nos dice, eh, que todo esto no es real, es una novela que estoy escribiendo. Y los personajes están inspirados en esto y en aquello. Y ni siquiera estoy seguro de que la niña se tenga que llamar Claudia.

Y quieras que no, al enseñar el truco la magia se rompe.

A partir de entonces, con el pacto de credibilidad resquebrajado, dos historias, la de los niños (ya crecidos) y la del escritor. Más interesante la primera que la segunda, pero en las dos se echa en falta recorrido. La novela y los personajes ganarían con más tiempo, más páginas y más desarrollo de trama. Lo contado no basta porque es mucho más lo no contado. Sobre todo si tenemos en cuenta que todo eso que se omite estaba anunciado en el menú.

Alejandro Zambra tiene aires de buen potro, pero haría mal en quedarse ahí. Sería bueno que reposase, que se alimentase de buen heno y que trotase salvaje por la pampa chilena para ganar músculo. El tiempo pasa para todos. Pronto llegarán más listas con nuevas promesas y serán otras las juveniles crines que atraigan las miradas. Para entonces, Zambra debería estar jugando ya en la liga de los purasangres. Veremos qué tal da el estirón.

Formas de volver a casa, Alejandro Zambra
Anagrama, 2011

LEO FALCONETTI

sábado, 28 de julio de 2012

Sobre la felicidad a ultranza




No todo son atascos camino del apartamento en la playa o el chalet de la sierra. También uno puede vacacionarse en sus recuerdos. Sacar la silla de casa, colocarla sobre el camino de tierra y ver desfilar con envidia a los muertos.

Ugo Cornia no deja que un lenguaje enrevesado dificulte el acceso al territorio de la memoria; la solitaria y la compartida. Cada capítulo es una cerveza en la barra del bar, un cigarro compartido en un portal o simplemente una larga respuesta a una pregunta no formulada.

Sobre la felicidad a ultranza no es un intento de reconciliación, un desfile de personajes disfrazados de colores chillones y con tacones imposibles. Ugo Cornia vacía los bolsillos y deja las miserias sobre la mesa.  A la vista de todos, en un pasen y vean.

Cuando se habla de familias que más da España que Italia.

En esta galería de rincones y personajes, unos sobreviven mejor que otros al paso del tiempo pero no por ello merecen ser expulsados del álbum. Al fin y al cabo la familia es una fotografía donde siempre se cuela un pariente estrábico.

Un paseo por un cementerio que te deja con ganas de irte de copas con tus amigos y primos a la plaza del pueblo.


Sobre la felicidad a ultranza, Ugo Cornia
Periférica, 2011

SOFÍA CASTELLANOS

jueves, 26 de julio de 2012

La vida por encima de la fotografía - Ferdinando Scianna


Podemos mentir con una fotografía. Podemos incluso decir la verdad, aunque esto es extremadamente difícil. Me gustaría invertir el lugar común que considera que la fotografía es el espejo del mundo: el mundo es el espejo del fotógrafo. 
Me marché de Sicilia a los veintidós años. Pero para mí, Sicilia no es únicamente nostalgia, mar, sol, calidez de un dialecto que continua caldeándome el espíritu. Es también la tierra de la mafia, de las injusticias, de los vínculos familiares sofocantes, de la locura, de un sentimiento de superioridad "gatopardesco" estúpido y destructor. Sicilia constituye la unidad de medida de las contradicciones de nuestro mundo, de lo humano y de lo inhumano. 
No pretendo -ya no lo pretendo- cambiar el mundo con mis imágenes. Pero me obstino en creer que las malas fotografías lo empeoran, lo afean.
Mi oficio es hacer fotografías, y las fotografías no son herramientas para construir metáforas o conceptos. Las imágenes muestran, no demuestran.
Hacer fotos es un modo de vida. Pero lo importante es la vida, no la fotografía. Lo que cuenta es relatar cualquier cosa. Si partimos de la fotografía, solo podemos llegar a un punto: la fotografía. 
Después de cuarenta años de trabajo y reflexión, he llegado a la conclusión de que la ambición más audaz de un fotógrafo es observarse en un álbum de familia. 
Fotógrafo de la Agencia Magnum, ha recorrido el mundo con su cámara. Hace más de cuarenta años que dejó Sicilia pero no por ello ha olvidado sus valores campesinos y tradiciones ancestrales. Forman parte de su profunda conciencia política. 

A Cubierta recomienda - 
              
            To sleep, Perchance to dream, Ferdinando Scianna
            Phaidon, 1997

           
 SOFÍA CASTELLANOS


miércoles, 25 de julio de 2012

Memorias de un hombre en pijama





El ser humano nace, crece, en un porcentaje alto de ocasiones se reproduce, y muere.

Y durante todo el proceso, acostumbra a hacer el ridículo.

Ángel Gónzalez poetizó sobre las estaciones propicias al amor. Decía que la primavera estaba muy prestigiada, pero que él prefería el verano. En realidad cualquier momento le gustaba, pero el verano le parecía el mejor por aquello de que facilita los arrumacos en los quicios de las puertas orientadas al norte, en las orillas de los ríos y en los bancos públicos.

Con el ridículo pasa más o menos lo mismo. Cualquier momento es bueno, pero los hay especialmente propicios. La adolescencia, por ejemplo, con sus hormonas, sus rubores y sus días a vida o muerte. Pero pasa que ahí uno es un cachorro hermoso y en aprendizaje, y se le perdona todo. La vejez es otro momento glorioso, pero a esas alturas del camino uno es ya un abuelito que lo ha dado todo en la vida y que bastante tiene con los escapes de pis, el espejo y la programación televisiva. Así que también hay perdón.

Queda un tercer momento estelar: el de ese ejemplar (generalmente macho) que se enfrenta (generalmente asombrado) a su cuarta década de vida.

Ahí no eres cachorro ni abuelito. Solo eres ridículo.

Y, obviamente, no hay perdón.

Es a este hombre desorientado al que Paco Roca le dedica las páginas de Memorias de un hombre en pijama, una recopilación de las tiras publicadas durante año y medio en el diario Las Provincias.

Roca hace bien bastantes cosas. Las fundamentales, dibujar y guionizar. Y en este caso también escogerse a sí mismo como personaje, como blanco de la parodia. Pocas veces falla reírse de uno mismo.

Paco Roca personaje ha cumplido su sueño de niño: quedarse en casa y pasar los días en pijama. Así trabaja y así afronta la vida. Y mientras tanto le van sucediendo (a él o a sus amigos) esas cosas que le pasan a los hombres de su edad. Que si el gimnasio para ponerse en forma, que si dejarse el pelo largo y hacerse un tatuaje, que si intentar ligar con chicas más jóvenes, que si el primer tacto rectal, que si los amigos que te dan el turrón para que seas padre... Página a página se van deslizando con sentido del humor estas situaciones propias de los que fueron jóvenes ayer, quieren seguir siéndolo hoy, y miran aterrorizados al calendario para ver cuánto falta para el próximo cumpleaños.

Memorable: ese encuentro entre el Paco Roca de cuarenta años y el Paco Roca de quince.

Una pega: a veces se echa de menos algo inesperado en la elección de los temas.

Paco Roca tiene cuarenta y pocos años. Y con crisis o sin crisis, en pijama o vestido, lo que también tiene es el futuro artístico asegurado.

Difícil imaginar un gatillazo en los próximos años.


Memorias de un hombre en pijama, Paco Roca
Astiberri, 2011

LEO FALCONETTI

lunes, 23 de julio de 2012

Setenta acrílico treinta lana




Ojalá tuviera de nuevo trece años. Trece años para recordar cómo Ray Loriga me parecía pura poesía -sin comentarios-, Historias del Kronen un himno generacional -siempre- y un poco más tarde que Olmos, sí, nuestro Alberto Olmos, escribía para alguien como yo. Ayyyy…

Ojalá tuviera trece años de nuevo para que me la pudieran colar. Digamos que me ha abandonado la poesía. Que ya no entiendo la mutilación de prendas de ropa como alegorías ni el intimismo de los caracteres chinos.

Desde la solapa esta jovencita salida de un televisivo concurso de talentos parece perdonarme la vida y de paso -a mi modesto entender- tomarme un poquito el pelo. Durante las diez primeras páginas agarro con fuerza el libro, con una concentración del 200% para no perderme ni un solo adjetivo, ninguna imagen reveladora que esta promesísima experimentó antes de que yo supiera decir Pola Oloixarac. Me concentré un 200% porque con la edad y la huida de la poesía llegan los prejuicios.

No escribe del todo mal esta Viola, pero para un rato. Es decir, tres paginitas. Revista del cole, concurso del pueblo y hasta una entrada semestral en un diario online modernísimo.

Viola ha sabido, al menos, dar con una ciudad que puede transmitirte sus ganas de automutilación con un cutter. Leeds hace todo el trabajo, no necesita la descripción de cielos imposibles ni calles clonadas llenas de rubios y sonrojados vándalos. Cuando quiero familias disfuncionales, vuelvo a Los Buddenbrook. Viola, querida, Thomas Mann la escribió con veintiséis años.

Está muy bien eso de ser joven, leída, viajada y brillante. Pero a esta Viola le falta calle y le sobra cierta arrogancia y ciertapoesía. Nunca ser atormentado ha sido garantía de buena rima ni de buena prosa. No necesito frases absurdas plagadas de metáforas imposibles que me convenzan de mi irreal profundidad.

Lo mejor del libro, la dedicatoria: To someone else. Pues eso, que ese someone else le lea la siguiente novela porque a menos que me entre demencia senil, a mí ya no me la cuela.

P.d. Y a modo de recordatorio para mí misma, dejar escrito el nombre de Richard Yates porque Alpha Decay tampoco me la juega. No son los euros; que me devuelvan los minutos de mi vida, que son escasos, y pude haberlos dedicado a ver teletienda.


Setenta acrílico treinta lana, Viola Di Grado
Alpha Decay, 2011

SOFÍA CASTELLANOS

sábado, 21 de julio de 2012

Luz de noviembre, por la tarde


Los trenes ya no traquetean y casi nadie se duerme ya con un libro en el regazo. La nostalgia, como los sentimientos, como los muertos, incordia siempre a traición, sobre todo si uno lleva un registro detallado de todas sus apariciones.

Antonio Muñoz Molina habría hecho una columna perfecta de sábado y de lugares comunes si hubiera sido yo al terminar de leer Luz de noviembre, por la tarde. Tendría lluvia, vistas desde las murallas, una borrachera en San Nicolás, hijos que tienen que reñir a los padres y un final con bruma, mucha bruma, de pasos alejados y habitaciones en penumbra. Pero escribir sobre Nueva York es mucho más fácil que escribir sobre Pamplona y sobre padres; todo el mundo sabe que es imposible equivocarse al escribir sobre Nueva York.

Eduardo Laporte decidió desnudarse en público y lo imagino diciendo fuera jersey, fuera vaqueros, fuera pijama viejo, ignorando a un público desconfiado y a la vez exigente con su historia, pidiendo permiso a la sombra de unos padres desparecidos demasiado pronto. Moisés lo tuvo infinitamente más fácil: Dios era su guardaespaldas y sólo tenía que enseñar diez normas. Laporte, en cambio, no quiso convencer a nadie de nada ni elevar la voz para contar su historia. Mucho más educado que Moisés e infinitamente más valiente que Muñoz Molina, que ya sólo escribe de lo fácil.

Escribir sobre la muerte es escribir en parte sobre lo peor de uno mismo y de los demás, no hay gestos épicos ni frases para enmarcar. Hay susurros y cinturones que ya no cinchen, ojeras, pastillas y una suspensión del tiempo que amenaza constantemente con recuperar los minutos de tregua. Luz de noviembre, por la tarde es tierna y a la vez descarnada, es una novelita apresurada a pesar de que el argumento sea una eterna espera anunciada porque está escrita desde la nostalgia; y la nostalgia, la memoria, los sentimientos y las rupturas nunca llevan orden, porque no se hicieron jamás para entenderse.

De la misma forma que Laporte cuenta que las madres sorprenden a los hijos cuando vuelven a hacer cosas de madre, Luz de noviembre, por la tarde es mucho mejor que su propio argumento gracias a su banda sonora, los fragmentos de otros libros, el frío de Pamplona, la resistencia y la calidez de algunos de sus recuerdos. Laporte consigue en su primera y autobiográfica novela, sin trucos, sin lamentos, sin imposturas, explicar lo tristes que estamos todos a veces, y aunque parezca justo lo contrario, es lo único que consigue hacer olvidar cómo nos vamos muriendo todos por dentro.


Luz de noviembre, por la tarde, Eduardo Laporte
Demipage, 2011

(Este libro se leyó en noviembre de 2011 pero en esa época A cubierta no existía. El motivo de que se publique ahora es, como se habrá adivinado, un ataque de nostalgia)

MARTINA FRON

viernes, 20 de julio de 2012

Georgina Barrie - This land is your land, this land is my land





Georgina Barrie nos visita de nuevo y cómo no, muy bien acompañada. Steinbeck, siempre. Ahora más que nunca. 


Perdonad que empiece de esta manera, pero tengo que decirlo: leer hoy Las uvas de la ira, de John Steinbeck, es, más que una recomendación, una verdadera obligación.

Hoy, que vemos cómo la plutocracia triunfa sobre la democracia, la prima de riesgo sobre todos los demás riesgos, quizá sea conveniente volver la mirada a esa otra gran época de crisis que fue la Gran Depresión y mirarnos en el espejo de aquellos hombres de los años 30.

En el libro sorprenden, de entrada, la crueldad y la descarnada simpleza con que arranca la trama: «vuestras tierras ya no son vuestras»; ahora son de los bancos. Generaciones de Sooners que colonizaron esos territorios, que lucharon contra los indios, contra el calor y las tormentas; generaciones de agricultores que llevan en sus corazones y en su piel la tierra roja de Oklahoma, que ahora se levanta en aterradora tormenta; todos obligados a marcharse. No hay cosecha, no hay dinero, no hay tierra, no hay trabajo.

Impactante caracterización de la angustia y la miseria de los polvorientos Okies en la frondosa California. En un campamento cualquiera una madre acuna a su hijo moribundo mientras a unos metros las frutas maduras caen al suelo sin que nadie las recoja. Es lo que conviene al negocio, ¿qué le vamos a hacer? Una visión cruda del capitalismo salvaje en la que queda claro que nadie, hambriento o necesitado, puede traspasar las fronteras del sacrosanto derecho de propiedad.

La dureza de muchas de sus escenas enlaza con la belleza casi lírica de otros pasajes. Llama especialmente la atención la capacidad de Steinbeck para integrar al «hombre masa», con sus diálogos y sus acciones, en las descripciones de la carretera, el paisaje o los Hoovervilles. Cualquiera puede ser «Ma» o «Pa». Ni tan siquiera Tom Joad y su familia parecen dotados de una especial singularidad. Es como si el autor hubiera dejado caer su dedo aleatoriamente sobre uno de los camiones de la Route 66 para contarnos su historia. Sus problemas son los problemas de todos porque la injusticia no hace distinciones.

Dos últimas recomendaciones -ahora sí- : primera, si puede ser, leerlo en el inglés original. Imposible lograr una traducción exacta del acento sureño, los giros lingüísticos o esa forma de hablar con el continuo empleo del «she». Y segunda, tener preparado un buen libro para después de acabarlo, porque el final es tan sublime que se corre el riesgo de despreciar después todo lo demás.

Georgina Barrie


Las uvas de la ira, John Steinbeck
Tusquets, 2010

The grapes of wrath, John Steinbeck
Penguin Books, 2002




jueves, 19 de julio de 2012

Sacudiendo conciencias - Susan Meiselas

 
La cámara fotográfica es una excusa para estar en alguna parte a la que tú no perteneces de otra manera. Y me da un punto de conexión y un punto de separación.

Creo que siempre descubrimos gracias al azar y a las oportunidades las metas que deseamos perseguir. Algunos grandes momentos nacen del hecho de que, por casualidad, hemos doblado la esquina de la calle y, simplemente, estamos allí.
Cada imagen cuenta una historia y contiene otra historia además de esa: ¿quién es fotografiado? ¿Quién ha hecho la foto? ¿Quién la ha conseguido? ¿De qué manera ha sobrevivido? Me pregunto cómo podemos comprender las cosas mirando estas imágenes actualmente. Poseemos el objeto físico, pero está separado del relato, de la manera en que ha sido realizado. 
La gente habla de un sexto sentido: ¿por qué hago la maleta y tomo un avión para encontrarme en un lugar lejano del que no sé nada? … Habitualmente prefiero no viajar para realizar un reportaje por encargo. Parto solamente cuando creo que todo lo que ocurre en un lugar determinado puede ser importante. Es cuestión de testimoniar, documentar y registrar. 
No deseo que la fotografía hable de mi relación con el sujeto. Lo que me interesa es que la fotografía trate del sujeto y de lo que ocurre alrededor. No es lo mismo. Por eso, prefiero no construir una fotografía: jamás pido a nadie que repita algo que acaba de hacer y que, por desgracia, ha dejado escapar y no he podido fotografiar. Deseo realmente captar la imagen del natural.
Nunca se sabe cuando un proyecto va a agarrarte. Pero lo que más importa no es el inicio sino lo que sigue, la profundización de un tema. Eso es algo particular y especial.
Miembro de pleno derecho de la Agencia Magnum desde la publicación de su trabajo sobre Carnival Strippers. Fue la mejor testigo de la insurrección de los sandinistas en Nicaragua. Ya nada pudo separar a Susan Meiselas de Latinoamérica y los derechos humanos. 


       
A Cubierta recomienda - 
              
            Carnival Strippers, Susan Meiselas
            Steidl, Gotinga, 2003

            Nicaragua, Susan Meiselas
            Pantheon Books, 1981 (Reedición 2008)




SOFÍA CASTELLANOS


martes, 17 de julio de 2012

El tiempo es un canalla



El tiempo es un canalla es un vidas cruzadas literario que recorre Estados Unidos de este a oeste, del pasado al presente, del futuro al pasado y de nuevo al presente. Un innovador intento de gran novela americana (si es que se puede escribir este término sin que a uno le rechinen los dientes) que ha dejado a muchos con la boca abierta; entre los que me incluyo.

La novela arranca en los convulsos setenta de la mano de un grupo de adolescentes californianos (de dónde si no), visita la industria discográfica en Nueva York, las adicciones de glorias pasadas en L.A., vive relaciones de alto voltaje en los excesivos ochenta y cierra inmejorablemente en el apocalíptico desierto californiano.

Pero este no es un libro sobre música, sobre rockeros trasnochados, ni sobre generaciones perdidas. Es una novela sobre el paso del tiempo, sobre la memoria, la narrativa en si misma, sobre los lazos de los que no nos podemos deshacer y sobre la desconexión. Un homenaje literario a sujetos tan dispares como Hemingway, Pynchon, Foster Wallace y hasta al enrevesado Henry James.

Muchos se han preguntado si puede considerarse El tiempo es un canalla como una colección de historias, de cuentos cortos. Desde luego. Cada capítulo (o casi todos) puede sobrevivir por si solo (el capítulo del safari… me quito el sombrero y me lo vuelvo a quitar) de la misma manera que un buen episodio puede ser cine en mayúsculas. 

El tiempo es un canalla es televisión en estado puro. La televisión de Los Soprano, de The Wire, del mejor Aaron Sorkin; que habla de pausas en la música, pero que en realidad son las pausas de las series; los anuncios, las semanas entre episodios, la dura espera entre temporadas. Pausas que juegan con el espectador. ¿Y qué no somos nosotros en El tiempo es un canalla sino espectadores de una potente memoria colectiva televisada?

P.d. Flaco favor han hecho las editoriales que han publicado El tiempo es un canalla en diferentes idiomas. Ninguna ha sabido/podido plasmar en sus cubiertas la fuerza de esta novela. Es mucho más que cuatro cassettes o discos vintage rodeados de letras chillonas. Tampoco en el caso español (Minúscula - acertadísima elección editorial) el libro merece su diseño. He visto varias miradas de rechazo (incluida la mía) cuando se recomienda este libro. No se sabe si es un best seller o la apuesta de un sello juvenil buscando nuevas modas lejos de los vampiros. HBO ha anunciado que va a rodar una serie basada en la novela. Miedo, mucho miedo…


El tiempo es un canalla ha sido galardonada con el National Book Critics Circle Award (2011) y el Premio Pulitzer de Ficción (2010).

El tiempo es un canalla, Jennifer Egan
Editorial Minúscula, 2011


SOFÍA CASTELLANOS



domingo, 15 de julio de 2012

La excusa se llamaba Kath



Las fotos de grupo no existen, no hay una orquesta perfecta que no toque una nota más alta que otra. Hay fotografías que reúnen retazos de vidas que si se tiene suerte, coindicen en algo más que en un mismo tiempo y espacio. Una mirada perdida, un gesto discordante y nadie es como parece. Ni tan alto, ni tan rubio, ni tan feliz. 

Una caja, un secreto, alguien que no está. Material suficiente para muchas tardes de telenovela, pero la señora Lively lejos de imponernos un forzado retrato grupal, nos invita a un photocall de estrellas inmaduras y egoístas pero no por ello menos próximas o reales.

La novela, esa orquesta imperfecta, poco a poco lleva un mejor ritmo. Penélope Lively sorteó el peligro de los clichés. Sus invitados saben mantener una agradable e interesante compostura. Lively logró armonizar un egoísmo colectivo y solitario y construir una Kath sorprendente y viva, pero que carece de la profundidad que requiere su peculiar historia. Nick es el intruso, un aficionado que se cuela por la puerta de atrás del escenario. Un personaje que incordia, al que querría borrar de esta fotografía o al menos retocar con un movimiento de ratón.

A vuestra derecha. No, un poco más a la izquierda. Perfecto. Sonreíd. Una mentira más para la posteridad.

P.d. Un pero. La traducción hubiera necesitado un poco más de cuidado. En ocasiones me parecía escuchar cáspita mientras comía galletas de jengibre junto a la pérfida Enid Blyton y en otras me daban vahídos cada vez que encontraba un Por los clavos de Cristo. Y un aplauso, un fuerte aplauso para el diseño.


La fotografía, Penelope Lively
Editorial Contraseña, 2012

SOFÍA CASTELLANOS

jueves, 12 de julio de 2012

Bienvenidos, esto es España. Con ustedes, Francesc Català-Roca.




Al contrario de lo que se acostumbra a decir, creo que la fotografía se parece más a la literatura que a la pintura.


Fotógrafo de la postguerra, de cadáveres, de arquitectura industrial. 


Nunca he tenido problemas con la gente que he fotografiado; he tenido la intuición, sabía cuándo lo tenía que pedir y cuándo no.


El fotógrafo siempre duda: qué ángulo hay que tomar, qué diafragma y qué velocidad hay que elegir, qué película hay que preferir... no debe dudar nunca a la hora de disparar.


Nadie como él para dignificar la pobreza.


Hay que visitar el lugar, luego pensar y, finalmente, buscarlo de nuevo y encontrar el ángulo o la visión que lo resume y lo exprese de la forma más elocuente posible.


¿España, 1956 o 2012?


Retrató a Tàpies y a Dalí, trabajó con Chillida. Y Joan Miró solo le permitía a él que le retratara cuando trabajaba. 




             A Cubierta recomienda - 
              
             Català-Roca, Obras Maestras
             La Fábrica, 2010



SOFÍA CASTELLANOS




martes, 10 de julio de 2012

México D(emocracia). F(allida). - Las muertas de Jorge Ibargüengoitia



Jorge Ibargüengoitia bien pudo imaginarse una primera dama reina de las telenovelas, una candidata de otro siglo que sufrió la misoginia de todo un país, un millonario que rompió la hegemonía del PRI y que tras poco más de una década traicionó a su propio partido para pedir el voto para el enemigo, y quizá también una maestra malvada, rica y poderosa. Sí, bien pudo Ibargüengoitia imaginarse esta singular opereta.

Sinaloa, Ciudad Juárez o miles de espaldas mojadasque aún sueñan con abandonar un país que nunca será el suyo. México se mira en el espejo colombiano de los años ochenta. Yo soy 1, 3, 2, ¿otra noche de Tlatelolco? Votos que nunca fueron, votos a miles de pesos.

López Obrador ya intentó una vez pelear contra monstruos de mil cabezas y llevó su colérica lucha más allá del límite de lo razonable. ¿Es hoy de nuevo AMLO la solución para un país desencantado?

Ibargüengoitia transcribió la historia de los crímenes de las PoquianchisAlgunos de los acontecimientos que aquí se relatan son reales. Todos los personajes son imaginarios. Y tal y como hizo Capote, retrató las tristezas y miserias de las acusadas pero sobre todo individualizó a cada una de las prostitutas. Habló de sueños, disputas. Un grupo de niñas encerradas en un perverso colegio; porque nunca dejaron de ser niñas.

Es una novela breve a la que nada falta. Carece de diálogos pero se escuchan mil voces totalmente reconocibles; las descripciones no son adornos innecesarios. La sensación de asfixia convierte su escondite en el burdel, en su día ejemplo de la opulencia y del poder de la corrupción, en una tumba en vida en la que se oculta, como siempre, a las que venden ciertas cosas por dinero. Leer Las muertas es entender mejor México y reconocer a un genio.

Ibargüengoitia no pudo ser testigo del fin de la “dictadura perfecta”. Murió demasiado joven en un accidente de avión cerca de Madrid. Aún hoy México necesita su crítica y su humor, el humor que se encuentra en Las muertas, para poder mirarse en el espejo y negar un reflejo que no quiere y no debe reconocer como suyo.

Las muertas, Jorge Ibargüengoitia
RBA, 2009

SOFÍA CASTELLANOS

domingo, 8 de julio de 2012

Otra vez el mismo verano






Si hay que hablar del verano, si realmente es necesario, el único que sabe lo que ocurre cuando hace calor es David Trueba. Agosto y sus amores deberían estar prohibidos; todo está condenado a morir si hay playa y piel morena de por medio.

Cuando ya se le había nombrado mucho en páginas de suplementos y su flequillo de chico serio e interesante ya se reconocía en las solapas de los libros, Andrés Barba soltó encima de la mesa una novelita de adolescencia, sexo y muerte como si no hubierámos tenido suficiente con todas las que ya se habían escrito.

Ya nos pusimos de acuerdo en que a Barba siempre se le ha dado muy bien diseccionar sentimientos, personajes y culpas, pero en Agosto, octubre todo ese análisis psicológico resulta lejano, indefinido y previsible: nos han contado infinidad de veces qué pasa en las hogueras de las playas en verano, sobre todo si hay chicos duros del pueblo incordiando a todos los demás.

Los actos de los catorce años de Tomás, el protagonista, no se corresponden con esa supuesta rabia que nos presentan en las primeras páginas. Tomás es un quiero y no puedo hormonal y sentimental, una caja hermética pero a la vez influenciable por actitudes y personas que le atraen y repugnan a la vez: sus padres, su tía enferma y su cuadrilla de verano. No hay sexo ni camadería que valga; todo cae en saco roto al no ser posible romper el prejuicio del lector al volver a leer algo que se sabe desde hace mucho.

Tiene que llegar la segunda parte del libro y en concreto las últimas quince páginas para despertar en el lector el sentimiento de querer conmoverse. Pero Barba llega tarde y a la vez apresurado, como si aceptara el otoño a regañadientes, como si a él mismo le hubiera quemado escribir la conclusión final. Las dos frases finales, tan emotivas, tan enternecedoras, es lo único que se queda en la memoria al terminarlo.

Trueba tenía razón cuando en Cuatro amigos dijo que agosto debería estar prohibido. Tanta adolescencia a los catorce años también.

Agosto, octubre, Andrés Barba
Anagrama, 2010

MARTINA FRON