viernes, 29 de junio de 2012

Un hurra por Betibú, la chica del verano


Todos pecamos de cierto elitismo intelectual. Ya sea en el mundo de los libros, la música, el arte o la ropa. A poca gente no le avergüenza que se le vea con cierto look o con cierto libro entre las manos.

Regalado, prestado… Cualquier excusa parece brillante a la hora de disculparnos. Y también las esperamos cuando fiscalizamos a los demás y frunciendo el ceño preguntamos qué ha sucedido, cómo es posible. Tan sencillo como que todo el mundo tiene secretos, miserias, placeres que no se aventuran más allá del hall de nuestra casa. Si no, por qué son las novelas románticas las más leídos en kindle, en iPad o detrás de una hoja amarillenta de un periódico.

Tonta de mi, pero eso me pasó con mi amada Betibú. Betibú no va a cambiar el mundo, ni siquiera el mío pero es mejor literatura que novelas experimentales que celebran críticos y que muchos lectores aclaman aunque realmente piensen “será que no lo he entendido”.

Siempre me han apasionado los barrios residenciales, donde los secretos son aún más secretos, diálogos por el rabillo del ojo. Eternos aspersores de medianoche, y es también entonces, cuando el anonimato se pone el traje de baño, cuando se observa y se es observado. Uno esconde lo que hay y lo que es bajo la toalla. Ojalá fuera allí siempre verano.

Claudia Piñeiro vuelve a pasearnos por clubes privados en Argentina, exhaustivo recorrido que ya hizo en Las viudas de los jueves. Si ahí trazo un retrato de clase, aquí con soltura habla de conflictos generacionales, entre pares, entre impares, entre recuerdos. Hilvana los problemas personales de los coprotagonistas con la trama policiaca. Sin fisuras. Ninguno de los dos cobra más importancia. Algún nudo de la trama queda sin cerrar, pero nada que impida palpar un tejido colorido y bien acabado.

Betibú nos deja una sensación de agrado y ligereza. Qué mayor logro que dar con la fórmula para obtener lo que uno buscaba.

Betibú, Claudia Piñeiro
Alfaguara, 2011




jueves, 28 de junio de 2012

Mr. Elliott Erwitt

                                           Nadie como Elliott Erwitt para encontrar lo insólito en lo cotidiano...



Ladro a los perros. Esta es la razón por la que el perrito, de una de mis fotos salta en el aire. Ladré y él saltó.


                   Las ideas desempeñan un papel sumamente agradable en la conversación y en la seducción, pero no tienen mucho que ver con la fotografía. La fotografía es el instante, la síntesis de una situación, el momento en el que todo se amalgama. Es un ideal inalcanzable.  



                Me marché del sur de California porque allí no pasaba nada. En Nueva York me ayudó Steichen y conocí a Robert Capa, que dirigía una pequeña agencia fotográfica fundada por un equipo de fotógrafos de los que no había oído hablar nunca. Cuando estaba a punto de ingresar en el ejército, Capa me dijo que le visitara en París. Mientras me encontraba con la guarnición en Francia, le enseñé trabajos que había realizado para algunas revistas. En 1953, al dejar el ejército, me di cuenta que la agencia Magnum, dirigida por Capa, se había convertido en un grupo único y de gran prestigio. Unos veinte minutos después de quitarme el uniforme, me enrolé en Magnum.



             Cuando la fotografía está bien hecha, es interesante. Cuando está conseguida, se vuelve irracional incluso mágica. No tiene nada que ver con la voluntad o el deseo consciente del fotógrafo. 



              Esta fotografía fue usada para la cubierta de Los enamoramientos de Javier Marías. Me temo que la mejor parte de todo el libro. 



             Uno de los resultados más importantes que se pueden conseguir con la fotografía es hacer reír. Si además se alterna la risa con las lágrimas, como ha hecho Chaplin, se logra la conquista más importante. Yo no apunto forzosamente tan alto, pero reconozco que se trata del objetivo supremo. 


            Algunas cosas buenas nacen del ocio y de la meditación. La fotografía es el resultado de de un intenso proceso de ocio y meditación, que culmina con la realización de una imagen bonita en blanco y negro, bien fijada y lavada, para que no pierda brillo demasiado pronto. 


             Cuando la fotografia se revela, lo hace sin esfuerzo, como un regalo que no debe ser cuestionado ni analizado.  


A Cubierta recomienda - 

Personal best, Elliot Erwitt
Ed. teNeues, 2006

SOFÍA CASTELLANOS

martes, 26 de junio de 2012

Las mejores familias





Rob Gordon puso de moda hacer listas y enumerar  tiernamente el desastre en cinco momentos dramáticos, pero habló demasiado de amor y casi nada de morbo y así es imposible que una relación funcione. Puestos a sacar colores y vergüenzas está claro que mejor vosotros que yo; qué placentera es la filia a las familias disfuncionales, sobre todo si sus niñas bonitas nunca lo fueron y les tocó ser feas, retrasadas y un poquito putas, a la manera de Faulkner.

Lo que uno espera de una mujer de 90 años es que con suerte se acuerde del nombre de alguno de sus nietos y no que escriba sobre niñitas deformes que sienten asco de sí mismas. Aurora Venturini  tiene clase y mucha ironía porque Las Primas, además de ser familia, son una panda de taraditas boludas que se dejan embarazar y sacar dinero como si en vez de en los años 40 de Argentina vivieran en el Beverly Hills de los 90. Las Primas babean más de lo normal cuando les conviene y sacan provecho de sus cuerpos deformes para quedarse con todo y deshacerse de madres, tías, pervertidos y muertos. Venturini hace lo más difícil de corrido y sin signos de puntuación, que es construir vida sobre algo ruinoso, incompleto y deforme: una familia genéticamente inútil en un país económicamente enfermo.

Cuando le preguntan a la octogenaria abuelita que cuánto hay de ficción y cuánto hay de realidad en la historia se limita a reír, como si le preguntaran por qué Silvestre no ha cazado todavía a Piolín, menciona algún pariente lejano extraño e insiste en que escribió una novela impecable, sin defectos, para volver a reirse otra vez de su ocurrencia casi trágica, nauseabunda y tan sentida.



Las primas, Aurora Venturini
Caballo de Troya (2009)
Premio Nueva Novela (otorgado por el diario Página 12 de Buenos Aires)


MARTINA FRON

domingo, 24 de junio de 2012

Sa(TÁ)n Fernando




Es triste ver como yo también caigo en el mismo error que San Fernando. Malgasto un espacio en el que se habla de libros despotricando contra un sujeto al que no tolero.

En mi defensa, alegar que he leído El cuervo blanco. Mi oportunidad de reconciliarme con un escritor de un único libro, de un cascarrabias que lava los dientes a sus perros. Un ser que insulta cada mañana a su país, a cualquiera que le pone un pero.

Vallejo es un envidioso que no reconoce los logros de su odiada Colombia. No es un visionario; muchos antes que él se han enriquecido poniendo a parir a la patria. Su amado Rufino José Cuervo es también Colombia. Autodidacta, luchador, amante de la cultura que pelea contra un destino mediocre y contra la mala suerte.  

Y mientras, en la comodidad de su exilio voluntario no critica ni alerta sobre las epidemias que pueblan México. Monterrey es hoy más que nunca Medellín en los años 80. Mejor insultar a España. Mejor despreciar tu propia tierra.

La patria es esa pariente que evitas, de la que cuentas mil humillantes anécdotas a tus amigos, pero que cuyo honor estás dispuesto a defender a golpes si cualquiera osa a decir que es más puta que ninguna. Sí, lo será, pero también es tu familia.

Rufino José Cuervo fue tan cauto y recto en su vida como en el lenguaje. Vallejo todo lo contrario. Si alguien busca en El cuervo blanco al Fernando antioqueño, de sicarios, prostitutos y traquetos, este no es el libro. Si alguien busca una biografía objetiva y con distancia, tampoco lo es.

No se puede negar el ingente trabajo que ha llevado a cabo Vallejo para trazar la vida de Cuervo. Un homenaje merecido que ha tenido que esperar más de un siglo porque parece que el buen castellano no se encuentra más allá de Valladolid. Pero también es un nuevo ajuste de cuentas con el mundo. Qué más da insultar a Uribe hablando de París a principios del XX. Mezclar la Real Academia con el Vaticano.

Declara un amor poco honesto por un idioma y por una cultura a los que desprecia cada día. Animando al abandono del castellano, reclamando la adopción del inglés. Fernando, qué riqueza puedes apreciar en un idioma que tan solo chapurreas.

Quizá yo ya sea demasiado mayor o quizá demasiado joven para tolerar e incluso disfrutar con un cretino. No he podido acompañar nunca a Jiménez Losantos en los atascos ni relajarme con Intereconomía. No es lo mío. Y tampoco lo es convivir durante 379 páginas con un señor que se cree perseguido. Lamentablemente, un librito serio no le hace acreedor del respeto y aún menos merecedor del miedo que despierta. Vallejo debería saber que el público a veces también mata al enano cabreado.

El cuervo blanco, Fernando Vallejo
Alfaguara, 2012

SOFÍA CASTELLANOS

martes, 19 de junio de 2012

La pena o la nada




Querer por compasión es lo mismo que querer por conveniencia, sólo que al final el dinero es mucho mejor que la pena. Las cartas de amor ya no existen a menos que tu novia se llame Rachel Green y las confesiones a destiempo ya no las entrega un mayordomo en caballo sino Internet con unas copas de más. Atreverse a transformar el adolescente yonoquieroquemequieras en La Impaciencia del corazón fue posiblemente el único acto de chulería de Stefan Zweig antes de hacerle un corte de mangas a Hitler; los suicidas siempre han tenido un lenguaje especial. No estaría mal reconocer que el amor se parece en muchas ocasiones a una casa del terror de un parque infantil: los sentimientos cuelgan punzantes del techo de una habitación con paredes movedizas. Lo que nos salva de la devoción es la realidad pero la incertidumbre que marca ese tiempo de espera se parece mucho a lo que ocurre en las antesalas de urgencias.

                                                                           ...                                                                



Gay Talese ha vuelto a decir que el periodismo se ha muerto y todos los medios lo publican orgullosos. Los sinsentidos son divertidos.

           
                                                                                  ...
                                                               

Ser intelectual está de moda desde hace sesenta años y, quizás por eso mismo, todavía no sabemos en qué consiste. La Filosofía hace mucho tiempo que dejó de ser una niña lista.

MARTINA FRON


martes, 12 de junio de 2012

Libros para después de un rescate



Lo bueno que tiene España, además de diferente, es que es única y menos mal, porque sólo faltaba que pasara como decían en aquella película, que lo malo de que hubiera otra vida es que fuera exactamente igual a esta.

Si retrocedemos históricamente los rescates siempre comienzan de la misma forma: el príncipe le dice a la princesa que ha matado al dragón y ella termina encerrada en un matrimonio de conveniencia sin separación de bienes y en el que crecen continuamente los enanos, casi todos deformes.

Los eufemismos los carga el diablo, que es más listo y más divertido que Dios; el apoyo financiero son papá y mamá comprando ropita de bebé a su hija adolescente embarazada y no un montón de alemanes frotándose ansiosamente las manos, su gesto más característico desde 1871. 

Lo que pide ahora el cuerpo  es un poquito de violencia, con un balcón desde el que poder disfrutar las vistas y hacer fotos en blanco y negro; el fuego asusta pero hipnotiza y si La Conciergerie ardió tan bien Madrid no debe ser menos que París, sobre todo ahora que vamos empatados a puntos en la Eurocopa. Se hicieron canciones para después de una guerra, aunque no se hayan cantado nunca, y de todos es sabido que ya no hay que salvar  ni a los niños ni a las mujeres; ahora la prioridad es para los Bancos, Hacienda y la prima de riesgo, a la que siempre  imagino como a la pariente descocada del pueblo que se deja manosear por todos a la vez en el pajar, la muy guarra. 

Antes daba la sensación de que había más películas con las que sonreír cuando todo estaba demasiado oscuro, pero ahora no se pueden recomendar libros como quien receta Valium para dormir con calma; el papel no es la solución para evadirse sino uno de los pocos frenos que nos impiden encadenar personas  en plazas pública. Hablar de libros en épocas de crisis es una ofensa a los que leen, es repugnante que el dinero también esté hecho de papel. El cosquilleo de los tiempos convulsos debería  tener  banda sonora de comedia romántica americana mezclada con película apocalíptica, pero aquí en España suena más a chundarata de las fiestas de la Virgen de agosto. Salvar dinero es rentable pero nada heroico y muy poco romántico, quizás por eso Portugal sigue estando tan solo; prefirió parar una dictadura con claveles antes que hacer amigos que le invitaran a fiestas de postín.

Entre tanta guerra y tanto caníbal es posible que el fin del mundo esté cerca, y casi que deberíamos alegrarnos, porque además de poder recuperar  la lista de los cinco discos que nos llevaríamos a una isla desierta, en cuanto los coches se queden aparcados en la calle y no haya gasolina el dinero no valdrá nada, no se rescatará a nadie, no habrá que tenerle miedo a Alemania y con un poco de suerte, antes de que estalle todo, podremos escribir en los muros que fuimos  los últimos campeones del mundo. 


Foto: Biblioteca de Sarajevo, Gervasio Sánchez

MARTINA FRON

sábado, 9 de junio de 2012

Acero






Una vuelta al realismo italiano, a las películas de Rossellini y de Sica con la actual crisis económica y social como telón de fondo.

Su literatura recuerda a Erri de Luca; las mujeres fuertes, los hombres enraizados en tradiciones arcaicas, barrios obreros en los que la juventud lucha por vivir sus emociones y su libertad, sin pensar en el mañana.

Silvia Avallone no quiere hacer una radiografía distante. Quiere analizar el descubrimiento de la sensualidad y sexualidad por los adolescentes. La indefinición de los impulsos, la necesidad de la experimentación y a la vez el miedo a la soledad afectiva, la búsqueda de la compresión y aceptación de las propias inclinaciones. 

Retrata el ambiente claustrofóbico de una sociedad hermética sin miras sociales ni culturales y con precisión da fe del alto precio a pagar por la diferencia de las opciones sexuales y por la asunción de la primacía del hombre.

Siempre la violencia de género y la soledad de las mujeres maltratadas que se dejan dominar por el afecto, las carencias económicas y la baja autoestima. Todo De Acero rezuma pesimismo, fruto de un malestar social que si bien ocurre en Italia podría extrapolarse a todo el sur de Europa. Falta oxígeno.

El mar, siempre el mar, que juega un importante papel como posibilidad de huida y a la vez, comienzo de una nueva vida en paraísos lejanos. Pero al final parece no haber escapatoria y las ansias de experiencias vitales de la juventud se apagan rápidamente al entrelazarse las generaciones en la cadencia de la subsistencia material.

El cine y la literatura italiana de siempre. De Aceroes un prometedor comienzo, una interesante película en la que a veces han debido acercar un poco más la cámara.

De Acero, Silvia Avallone
Alfaguara, 2011

SOFÍA CASTELLANOS

viernes, 8 de junio de 2012

El hombre más fuerte del mundo


Imaginemos un superhéroe con superfuerza. Uno que va por el mundo haciendo el bien gracias a sus bíceps hercúleos y a sus abdominales hormigonados. Imaginemos que impide atracos, evita que descarrilen trenes y desbarata uno tras otro todos los planes de aniquilación del mundo. Imaginemos que, encima, es guapo, de dientes brillantes y entrepierna de gurruño de calcetín pero sin gurruño de calcetín. Imaginemos también que el superhéroe, cada noche, después de su dura jornada de salvamento planetario, en vez de irse de cervezas o beneficiarse a alguna de las muchachas en flor que ha socorrido, tiene por costumbre volver a casa. Allí le espera su amada. Bella e inteligente, por supuesto. Y he aquí que el superhéroe la abraza enamorado y, crack, le rompe tres costillas.

Esto es lo que le pasa a Antonio Orejudo.

Orejudo es un escritor con talento. Y va por el mundo literario haciendo el bien. Narra igual que vuelan los superhéroes, sin aparente esfuerzo; domina los diálogos como un chino los palillos y emplea con buen criterio un sentido del humor que, cosa nada fácil, funciona. Por si fuera poco, semiocultas entre la maleza de la comedia y el tono aparentemente ligero, afloran las reflexiones inteligentes. Y todo enriquecido por los portentosos bíceps de su ingenio.

Bravo.

El problema es que, al igual que el héroe fornido, hay momentos en los que Orejudo no controla su superpoder. A veces el ingenio se le dispara, lo arrasa todo y la novela sufre. Los personajes se vuelven exagerados y la trama da ese peligroso paso hacia lo inverosímil. Trama que, por otro lado, parece seguir esquemas y giros ya vistos en entregas anteriores, donde, como recurso, lo cierto camina una y otra vez por el alambre de un funambulista. Ahora se cae, ahora no se cae. Ahora lo contado es verdad, ahora no lo es.

Resumiendo: en Un momento de descanso, Orejudo presenta una vez más la proeza de esa imaginación digna de festejo, pero también deja en el aire esa sensación de que su talento debería desembocar ya en una novela sin fisuras.

Quizás baste con que al llegar a casa no le rompa las costillas a su amada.

Un momento de descanso, Antonio Orejudo
Tusquets, 2011


LEO FALCONETTI

jueves, 7 de junio de 2012

A quién quieres más


Estirar las sábanas de la cama concienzudamente, las arrugas dejarán de notarse, pasar la mano, palmearlas, chafarlas, convencerse delante del espejo de que se puede dormir cómodamente así, qué contradicción, cómo se puede arrugar tanto una cama que siempre está vacía.

A Andrés Barba también le gusta aplastar arrugas y los cuatro cuentos de Ha dejado de llover estrujan sentimientos y vergüenzas familiares; qué difícil es querer de forma obligada y a la vez bien, era más sencillo cuando los trapos sucios se lavaban matando a papá y acostándote con mamá.

Los personajes de Barba están descompuestos, su seguridad se resquebraja cuando se ven a sí mismos en los ojos de los demás; la herencia genética es una hipoteca con un Euribor demasiado alto. Al final de cada cuento, siempre la redención: Barba no se atreve a explicar que a veces no se quiere tanto a los hijos y que la infidelidad no se soluciona en la cama conyugal. Tan valiente Barba y a la vez tan cauto, ¿a quién quieres más, a mamá o a papá? A Madrid, la respuesta es Madrid, siempre resistiendo, siempre estoica, bonita a pesar de la contaminación, como los personajes de Ha dejado de llover, tan frágiles pero a la vez tan fuertes; la ciudad no les deja romperse.

La lectura termina casi dulce y sin estrépitos, y lo que queda es una conocida opresión en el pecho, una angustia a contrarreloj, la necesidad de limpiarse, purgar los pecados, arrodillarse ante un altar que sólo existe en los momentos difíciles y gritar: «Perdóname Madre, por todo lo que no te he contado».



Ha dejado de llover, Andrés Barba
Anagrama (2012)

MARTINA FRON

miércoles, 6 de junio de 2012

Cuando ya no quede papel



«Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo lowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía».

«Peace, Montag. Give the people contest they win by remembering the words to more popular songs or the names of state capitals or how much corn Iowa grew last year. Cram them full of noncombustible data, chock them so damned full of 'facts' they feel stuffed, but absolutely 'brilliant' with information. Then they'll feel they're thinking, they'll get a sense of motion without moving. And they'll be happy, because facts of that sort don't change. Don't give them any slippery stuff like philosophy or sociology to tie things up with. That way lies melancholy».


Fharenheit 451, Ray Bradbury
Ediciones 451 (2010), España
Simon & Schuster (First edition 1951, last edition 2012), USA

 

Cerrado por derribo




Muchos me tildarán de ingenua, inocente. En qué cabeza cabe que los premios los den con criterio, sin chanchullos, sin pseudónimos ideados por padrinos. Pues oye, una a veces piensa que sí, que esas cosas a veces existen. 

Qué por qué me indigno. Pues porque me ofende profundamente que puedan incluir a Alice Munro y a Haruki Murakami en la misma lista. Muchos dirán que el mundo de los libros le debe mucho, que gracias a él la cultura japonesa se ha popularizado, que se sienten más profundos. Muy bien, muy bien. Pues si es así que le den el Príncipe de Asturias a Federico Moccia, a Anne Gavalda y algún otro fenómeno que por mi estrechez de miras no sé apreciar. Poca visión la mía. 

Esos pseudo-nada que venden filosofía barata, momentos zen y un par de lagrimillas fáciles que nos hacen sentir más humanos y más cultos antes de apagar la luz. Así todos podemos hablar a la hora del café de 1Q84 y siempre, siempre, siempre de La sombra del viento

Al escribir estas líneas no se había fallado todavía el Premio Príncipe de Asturias. La foto de Philip Roth flota en todos los medios. A Cubierta respira.

SOFÍA CASTELLANOS

lunes, 4 de junio de 2012

Georgina y sus Maia




A Cubierta tiene autores de referencia, libros de cabecera, pero ante todo y sobre todo, tiene compañeros de librería y de barra de bar. 


Los Maia es EL LIBRO. Georgina Barrie es LA LECTORA. Todo lo que se pueda decir sobre él en solo dos líneas es no hacerle justicia; un insulto, insuficiente. Por eso mejor que sea la propia Georgina quien os cuente que pasó entre ella y Eça de Queirós. 


Adelante, Georgina:


Quizá en un exceso de simplismo, me gusta pensar que un libro es bueno cuando llego a conocer tan a fondo a sus personajes, llego a participar tanto de sus problemas y alegrías, que sus vidas y sus historias me acompañan mucho después de la última página.

Aplicar este criterio a Los Maia -esa joya de la literatura portuguesa, no siempre bien conocida en España- es, sencillamente, romper el molde. Eça de Queirós, con su pluma brillante, no se limita a describir, sino que conduce al lector hasta el epicentro de la sociedad lisboeta de finales del siglo XIX, decadente y asfixiante. Con una crítica afilada, apenas velada por la amarga ironía de quien sufre por la tierra patria, describe al Portugal decimonónico, burgués y diletante, incapaz de seguir al ritmo que marca la batuta del progreso europeo. Dirá uno de sus personajes, «hemos tratado de ponernos un traje que no está hecho a nuestra medida y las mangas nos quedan largas». ¿Cómo no sonreír ahora, cuando 120 años después, estas palabras parecen apuntarnos con dedo acusador?

Sus descripciones de la ciudad, las quintas, Sintra, la ópera o las carreras de caballos son tan plásticas que a ratos resulta difícil no imaginar un cuadro impresionista de colores brillantes. La profunda mirada que dirige al alma humana, la cuidadosa y compleja construcción de la personalidad y sentimientos de cada uno de sus protagonistas es, sencillamente, un trozo de vida reflejada en papel.

A Eça de Queirós se le ha comparado con Balzac, Flaubert o Zola. Realista, naturalista, «el Camões de su siglo»; siempre esta manía nuestra de estropearlo todo con etiquetas. El propio autor ironiza sobre ello en las discusiones literarias que sus personajes mantienen en el Grémio, La Casa Havanesa o en El Ramalhete: ¿fondo o forma? ¿naturalismo o ideal? ¿es menos realista la rosa que la letrina? João da Ega -¿el mismo Queirós?- se sonríe: probablemente nada haya cambiado, es el amor que tenemos los meridionales por las palabras bonitas; la literatura, como el fado y el flamenco, es composición y sentimiento.

Por eso, para resumir Los Maia, nada mejor que una de las frases más famosas de Eça de Queirós: «El arte es un compendio de la naturaleza formado por la imaginación».

Georgina Barrie

Los Maia, José María Eça de Queirós
Pre-Textos, 2009









domingo, 3 de junio de 2012

Joyce Carol Oates, S.A.




Joyce Carol de cerca es una mujercilla espigada con cara de susto, de otro siglo, a la que provoca tirarle del moño y robarle el guante de cabritilla. Pero también de cerca, cuando abre su pintarrajeada boca se descubre una mujer lista, ingeniosa y que se toma menos en serio de lo que parece. Ya no veo a Oates como una multicopista con tacones. Sin embargo pasadas las décadas y con decenas de libros a sus espaldas, lo más amable que puede decirse de ella es que fue en su día una joven promesa.

Mudwoman es su última novela en la que la rectora de una universidad de la Ivy League (con claros parecidos a la realidad de Joyce Carol) se enfrenta a demonios pasados y presentes. M.R. es una intelectual, trabajadora infatigable, que decide expresar su rechazo a la guerra de Iraq. Un chico conflictivo de tendencias políticas opuestas a las suyas la coloca en una posición incómoda en la que debe elegir entre el deber o sus principios.

Desde ese momento Joyce Carol Oates sume a M.R. en una espiral de autodestrucción, en un relato de terror, que quiere (y no logra) recordar a Poe. Una infancia de abusos, sectas religiosas, amenazas de suicidios. Mil frentes que abre y no lograr cerrar. Una protagonista histriónica, irreal. Una atención excesiva a una guerra que ya no es ni actual, a la astronomía. Y un anti-protagonista que no pasa de ser de una mala caricatura de un chico WASP.

¿Qué problemas tiene la novela? Todos. Uno no se cree nada. Es un relato forzado, inconexo. Prefiero pensar que es una obra colectiva y no de una señora con la cabeza bien amueblada pero con una pluma que ha perdido todo pulso.

Mala decisión de Joyce Carol; hubiera debido publicar este totum revolutum en tres libros. Mejor tres libros malos, que uno infame. Y de paso cumple con ese ratio que le conduce al Guinness y a la palmada en la espalda de Alfaguara. Pobre Joyce Carol, fue abandonar Lumen y los chicos de Pilar Reyes le dieron el golpe de gracia.

Mudwoman, Joyce Carol Oates
Ecco/Harper Collins Publishers, 2012

A pesar de todo esto, A Cubierta recomienda y mucho su único gran libro, Qué fue de los Mulvaney (Lumen, 2003).


SOFÍA CASTELLANOS

sábado, 2 de junio de 2012

¿Preparada, Venezuela?





Aunque nos repitan por activa y por pasiva que estamos en un mundo globalizado, lamentablemente para las cosas más importantes no es así. Los libros no viajan tanto como quisiéramos.

Venezuela sufre un aislamiento cultural impuesto por esa mal llamada república del pueblo. Las editoriales difícilmente se las ingenian para poder importar ejemplares y el pueblo venezolano recibe cada evento, feria, convocatoria como una bombona de oxígeno.

A menos de cinco meses de las elecciones, la oposición por primera vez aparece unida en torno a un candidato sólido, Henrique Capriles y Chávez cada vez está más cerca de la mitología. Por eso, no hay mejor momento para leer dos novelas recientes que hablan de episodios históricos venezolanos. ¿Es la república bolivariana hija del Caracazo o sus orígenes se remontan a los años cuarenta, episodio fallido en la historia de su democracia?

Valle Zamuro está protagonizada por Alejandro Roca, un joven publicista que decide romper con todo como negación a la madurez que de él se espera. Bastarán pocas horas para acabar con sus sueños y la temida madurez atropelladamente irrumpe en su vida. Alejandro Roca es un Leopoldo Bloom caribeño, insensato, cabal, aguerrido, cobarde. Todos esos matices tienen cabida en su personal Caracazo, revolución social que sacudió la ciudad del 27 al 28 de febrero de 1989.

La complejidad y las contradicciones de Alejandro podrían haber creado un personaje distante y forzado, pero son estas especiales circunstancias y conflictos y la singularidad de su espacio y tiempo que hacen que la figura de Alejandro Roca sea profundamente creíble. Acompañan a Alejandro soldados ciegos, nuevos ricos revolucionarios, jóvenes buenos para nada, un vodevil venezolano. Vodevil de 1989 pero también de 2012.

El rápido ritmo de Valle Zamuro hace pensar en un Andrés Caicedo más político; Caracas por Cali. No hay que perder de vista a Camilo Pino.

Por su parte El Pasajero de Truman nos transporta a la década de los cuarenta. Al trágico destino de Diógenes Escalante, candidato elegido para llevar a cabo reformas fundamentales para la democratización de Venezuela.

El Pasajero de Truman es una brillante reflexión sobre el peso de la ambición y la soledad del poder. En esta crónica periodística narrada a golpe de confidencias de diván Román Velandia y Hugo Orozco hablan no solo de historia, de política, sino de la vejez, de la locura, de los sueños inalcanzados y de los que una vez alcanzados hacen la vida más difícil de lo que ya era. Suniaga entreteje magistralmente el ayer con el hoy, las voces de Diógenes, Velandia y Orozco y no olvida la dimensión de otros personajes (inolvidable el episodio con el Presidente Harry Truman) y también retrata con maestría al pueblo venezolano de entonces, con el que muchos hoy en día, creo, se sentirían identificados. Imprescindible la historia del anti-Maquiavelo criollo.

Valle Zamuro, Camilo Pino (Pre-Textos, 2011)

El pasajero de Truman, Francisco Suniaga (Mondadori, 2008)



A Cubierta recomienda el blog de José Alfredo de Bastos, joven periodista venezolano, agudo cronista de lo que ocurre en Caracas y lejos de ella.



SOFÍA CASTELLANOS